Con Anthony Quinn muere la imagen del latino recio que forjó el Hollywood de otros tiempos. Artista completo (fue actor, escritor y escultor) aunque, vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos, donde pasó de unos primeros tiempos como carnicero o predicador callejero a ganar tres Oscar y acumular una espléndida filmografía, nunca dejó de considerarse una "mezcla de indio e irlandés", con acento en lo primero.
La muerte de Anthony Quinn, por causas cardiorrespiratorias, ayer a los 86 años, en Providence, Rhode Island, da término a la historia de una verdadera estrella de Hollywood, cuyos papeles mundialmente más recordados los tuvo, sin embargo, en el exterior, y cuya vitalidad fue también legendaria: a lo largo de su vida tuvo 13 hijos, el último de los cuales lo engendró a los 81 años.
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Nacido el 21 de abril de 1915 en Chihuahua, donde empezó a actuar y boxear prácticamente al mismo tiempo, Anthony Quinn venía de dos razas fuertes: padre irlandés y madre mexicana. Es decir, fuerza, vitalidad, orgullo, capacidad para saber apreciar y expresar los placeres primarios, y un sólido sentido de la amistad y de la hombría, todo ello manifestado a través de un cuerpo alto y macizo, y un rostro que parecía tallado en madera dura, de mirada intensa y vozarrón gruñoso. Un vozarrón que podía sonar algo despectivo, pero que sonaba igualmente romántico, cuando le tocaba grabar poemas como «I love you», un hit de los '60.
Comportamiento
Quinn se inició en Hollywood en 1936, como partiquino de «Parole» (de Lew Landers), encasillado en roles de indios, pistoleros, extranjeros traidores, etc., de las cintas de aventuras o vaqueros. Paulatinamente impuso en aquella ciudad un tipo de hombre latino, pero no como los de ahora -amables, ambiguos, serviciales-, sino como los de antes: tosco, viril, peligroso. Ello no le impedía, por supuesto, comportarse de un modo altamente civilizado y encantador, como que rápidamente llegó a casarse con la hija de uno de los mayores tycoons de la época, el director y productor Cecil B. De Mille. Fue éste quien le dio las primeras buenas oportunidades, sobre todo con «Los bucaneros» (1938) y «Unión Pacífico» (1940). A partir de ahí, sería un favorito de Edward Dmytryk, Robert Rossen, Raoul Walsh, Budd Boeticher y otros cineastas cultores de un cine recio, típicamente americano.
De todos modos, Quinn tardó varios años hasta empezar a destacarse realmente, con personajes bien atractivos y llenos de matices, como aquellos que le dieron el Oscar: en 1952, como el hermano de Marlon Brando en «¡Viva Zapata!», de Elia Kazan; en 1956, como el pintor Paul Gauguin, amigo del Vincent Van Gogh que componía Kirk Douglas, en «Sed de vivir», de Vincent Minnelli, y en 1962 como el jefe beduino aliado a Peter O'Toole en «Lawrence de Arabia», de David Lean. Agreguemos que además, en 1952 reemplazó a Marlon Brando en la puesta original de «Un tranvía llamado deseo», en Broadway.
Pero sus mejores personajes, aquellos que lo harían eterno, los obtuvo en la Europa mediterránea. Primero, en 1954, cuando Federico Fellini le otorgó el papel del bruto Zampanó, un forzudo de circo que desdeña la sensibilidad de Gelsomina en «La strada», película que, dicho sea de paso, es motivo de homenaje en el reciente «Dulce y melancólico» de Woody Allen, con Sean Penn. Y luego, en 1964, cuando el griego Michael Cacoyannis supo mostrarlo como el mejor representante de la lucidez y el gusto por la vida de los pueblos mediterráneos, en «Zorba el griego», papel que además le valió su Oscar más aplaudido.
Es decir, mundialmente, el actor, Zorba y Zampanó son sinónimos inmediatos, y símbolos de un cine de gran nivel artístico y humano. Pero en Hollywood, el actor siguió siendo símbolo del cine de acción de la Paramount, la Warner, y la Fox, como «Los cañones de Navarone», o «El secreto de Santa Victoria», o de melos donde sobreactuaba como gran patriarca, tipo «El magnate griego», o «Un paseo por las nubes», aun cuando tuvo también sus momentos especiales, por ejemplo en «Heller in Pink Tights», del refinado director de damas George Cukor, o haciendo de esquimal en «Salvajes inocentes», de Nicholas Ray, o como el primer Papa ruso en «Las sandalias del pescador», de Michael Anderson. Pero él mismo lo dijo: «En Europa un actor es siempre un artista. En Hollywood, si no rinde, es un zángano». Y sus películas más rendidoras siempre fueron las de acción, aun cuando también se lució en la francesa «El jorobado de Notre Dame» (1957, Jean Delannoy), el drama de Friedrich Dürrenmatt «La visita» (1963, Bernhard Wicki), y «La herencia Ferramonti» (1976, Mauro Bolognini).
Oferta
La Argentina lo tentó en tres oportunidades: a comienzos de los '70, Leo Fleider quiso convertirlo en un indio ona, defendiendo su territorio fueguino, y Hugo del Carril lo pensó como protagonista de una biografía sobre el general Perón, y a comienzos de los '90 Oscar Barney Finn lo interesó para actuar en la pieza de teatro «Cartas de amor». Con esta última oferta, Quinn al menos se sintió motivado para venir en 1992 a Buenos Aires, y mostrar sus esculturas, y su propia presencia en un escenario, donde, ante un público fascinado, recitó algunos clásicos, partes de sus films y habló de sí mismo. Ya para entonces se había sometido a una operación de desvío coronario, de la que se recuperó evidentemente bien. La prueba es que en 1994 tuvo a su hija Antonia, y en 1996 a su hijo Ryan, ambos con su secretaria, Kathy Benvin, que en 1997 se convertiría legalmente en su tercera esposa (las anteriores fueron Katherine De Mille, de la que se divorció en 1963, y Iolanda Quinn, fallecida precisamente en 1997). Este tipo de excesos también evidencian, de algún modo, su calidad latina.
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