6 de agosto 2001 - 00:00

Por la crisis, surge en Japón el fenómeno de los sin techo

Nunca se había visto en Japón gente durmiendo en las calles
Nunca se había visto en Japón gente durmiendo en las calles
Tokio - El hombre que está sentado en un banco del parque de Shinjuku, en pleno centro de Tokio, se llama Ando. Eso dice él. También dicen llamarse Ando los colegas con los que comparte el pico de una botella y las colillas de cigarrillo que protegen con sus manos tratando de aprovechar bien el humo y sentir, quizá, algo de calor.

Antes de que se celebrara la reunión del G-8 del pasado verano en Tokio, los bancos de la ciudad eran bancos convencionales en los que uno podía recostarse. Pero la Municipalidad decidió poner apoyabrazos, de modo que cada persona ocupe una única plaza y nadie pueda dormitar. Se trataba de no dar una mala imagen a los invitados del G-8, los grandes del mundo, y es posible que algunos de los ciudadanos que por las mañanas acuden al parque para leer el periódico, pasear al perro o tomar aire lo agradezcan.

Para Ando y sus amigos -«todos nos llamamos Ando», dicen-representa, sin embargo, un nuevo fastidio. Ahora, si quieren recostarse, no existe madera que los proteja de la humedad y deben hacerlo sobre los cartones extendidos en el césped.

De día se esconden bajo los matorrales espesos, donde han habilitado un ordenado campamento de casas construidas con cartón, cordeles y plástico azul. De noche, salen a la luz de la luna, se sientan ordenadamente en el banco y charlan hasta altas horas de la madrugada, bajo el resplandor artificial de un cielo iluminado por la constelación de ventanas de unos rascacielos que encarnan la sociedad de la que ellos han sido expulsados.

Muchos de estos indigentes, gente sin techo, sin familia, sin identidad, construyeron estos enormes bloques de oficinas. Otros hicieron puentes, autopistas, o trabajaron en el ferrocarril, una imponente obra de ingeniería que cruza el país con una eficacia inimaginable y una velocidad que marea: cada quince minutos un tren bala sale de la estación central de Tokio en dirección a Osaka; cuando el tren sale del andén, uno puede poner el reloj en hora. Al llegar al destino, tendrá la oportunidad de comprobar si su reloj funciona bien.

• Dura tarea

Carlos González Cique, jesuita, obrero, trabajó como peón de albañil durante aquellos productivos años sesenta y setenta. Levantar el país fue una tarea dura. «A primera hora de la mañana --recuerda-nos reuníamos en una plaza y el capataz nos repartía por las obras. Un sábado me dijo: 'Mañana trabajás'. El director intervino: 'Mañana es domingo, debe ir a la iglesia'. Yo dije: 'No, lo que ocurre es que mañana quiero descansar. Estoy cansado'. Al cabo de unas semanas, uno dijo: 'Somos tontos, trabajamos todos los domingos y no como Cique'. Y empezaron a descansar. Uno, dos, tres, cuatro. Hasta que la empresa decidió que se libraban los domingos.»

Cique tuvo una lesión en la columna vertebral y cambió la construcción por una fábrica de zapatos. A las ocho había «chore» (reunión). El director decía: hay que producir tantos zapatos. Todos estaban agradecidos al director y todos hacían dos o tres horas extra al día. «Hubo uno -recuerda-que se vino abajo y dejó de trabajar durante un tiempo. Al regresar, a la hora del 'chore' pidió perdón a los demás por haber estado enfermo y repartió regalos. Le dije: '¡Pero si no hiciste nada malo!'.» Así es el sistema: uno forma parte del colectivo y si fallas, la culpa es tuya. Ni se puede fallar ni se puede sobresalir. «Hay que remachar el clavo que sobresale», dice un refrán. Una idea que comparten también los indigentes del parque.

Nunca se había visto en Japón, todavía uno de los países más justos del mundo, a un solo hombre viviendo en la calle, pero ahora la crisis económica y la recesión han provocado numerosas reestructuraciones. Las primeras víctimas son la gente mayor. Los que no tienen familia quedan abandonados. Incluso algunos que la tienen, al no ingresar dinero, también van a la calle.

• Huida

Muchos de estos sin techo huyen de sus deudas. Deben dinero a prestamistas y no lo pueden devolver. La mafia los busca para que paguen. Por eso no quieren fotos. Por eso todos se llaman Ando.

Ando Uno, el hombre del banco, explica su caso: tiene 63 años, vivía en Hiroshima. El día que explotó la bomba, toda su familia murió; su padre, médico, lo hizo agarrado a su mano. Las autoridades lo educaron en un internado. Llegó a Tokio. Se casó. Tiene dos hijos. Trabajaba en un hotel de lujo de la ciudad. Al cumplir los sesenta, lo despidieron. Lo echaron de casa.

Ando enseña su carnet médico de Hiroshima, sus piernas quemadas por la radiactividad. A veces, dice, tiene pesadillas: aquella llamarada de fuego, el viento abrasante, la lluvia negra, los niños que muertos de sed bebían el agua y morían, los ahogados en el río...

Ando Dos explica su caso: tiene 59 años, a veces encuentra un trabajo esporádico, a veces vende restos que recoge en los tachos de basura. No puede pagar el alquiler. Así son las cosas, dice. En Tokio, explica Tetuo Iwata, debe de haber unos seis mil sin techo, cifra que es de más de treinta mil en todo Japón y que aumenta todos los meses. Tetuo Iwata pertenece a la asociación Ytsuya -Bola de Arroz-, que una vez a la semana reparte arroz y té entre estos nuevos pobres. «La mayoría -dice-se siente culpable. Piensan que han fallado. Y los otros piensan de ellos: son perezosos, no han ahorrado, no trabajan bien. Algunos se suicidan. Nosotros les llevamos los alimentos sólo para que sepan que hay alguien que se interesa por sus vidas.»

Tetuo Iwata es un ejecutivo. Tiene 59 años y un nieto, y forma parte de este gran Japón de la sociedad civil que busca valores allí donde la política está totalmente desprestigiada y la economía está perdiendo su rostro humano.

-¿Por qué lo hace? -Cuando era estudiante -dice-vivía en el barrio obrero de Sanya. Todos los días veía a aquellos obreros trabajar como animales. No sentía nada por ellos. Ahora que soy mayor quiero resarcirme de aquella indiferencia. Quiero recuperar los sentimientos que no tuve.

De momento, Ando no protesta. Tampoco dicen nada los que trabajan doce horas al día. «Pero por la noche -explica Cisque-, en el subte podés verlos regresar a casa borrachos, echando pestes de la empresa.» Dice que vayamos a echar un vistazo, la noche de los viernes, a la borrachera de los ejecutivos.

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