En tiempos de expansión, la fuerza dominante es una mentalidad de optimismo respecto al futuro, lo que lleva a la sociedad a decisiones en igual sentido en materia de planes de inversión y gasto familiar y, por lo tanto, se produce un aumento en los índices de producción, ingresos y ocupación.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
• Esto desenvuelve un proceso de tipo acumulativo que sólo se interrumpe cuando las expectativas optimistas llegan a estar tan sobrevaloradas, que terminan por enfrentar una realidad muy por debajo de sus cálculos. Este shock entre expectativas y realidades, está en la esencia misma de los fenómenos deflacionistas.
• Lo que caracteriza a éstos es la predominancia de un clima social de profundo y extendido pesimismo en virtud del cual los protagonistas del accionar económico esperan un futuro de menores ganancias, ingresos, empleos y producción. Las decisiones que toman en materia de invertir y consumir son negativas y, en consecuencia, se crean las condiciones para la entrada en un ciclo contractivo.
• En este contexto de predominio de una mentalidad colectiva de pesimismo, temor y desconfianza en el futuro, las bajas de las tasas de interés carecen de eficacia para revertir ese clima, como lo prueban la experiencia de Japón con tasas cero, y la de los EE.UU., que va en la misma dirección. La causa es simple pero parece ser ignorada por la mayoría de los economistas: nadie quiere endeudarse si prevé una caída de sus ingresos o teme perder el empleo.
• Esto lleva a que las empresas no tomen crédito suplementario dado que la magnitud del mismo está en relación directa con la dimensión de la demanda esperada, y como ésta es percibida como declinante, las menores tasas se traducen en una estructura de endeudamiento más barata, pero no en mayores volúmenes de inversión y producción.
• La tesis de muchos economistas, de que la clave de la recuperación pasa por la aplicación de medidas de ajuste para mejorar la confianza externa y lograr de ese modo la entrada de capitales, carece de lógica, porque la suba de impuestos y la reducción de ingresos lleva a procesos recesivos graves con todas sus secuelas, que hacen de las economías que practican esta política los lugares menos atractivos para invertir y también para conceder préstamos o invertir en títulos y acciones.
• Japón subió el gasto en obras públicas en una magnitud tal que su deuda pública pasó de 70% a 140% del PIB, (el segundo del mundo por su magnitud) y, sin embargo, el clima de pesimismo, el desempleo, y las perspectivas económicas han continuado mostrando signos incrementales de deterioro, con lo cual esa fantástica inyección de dinero no ha sido capaz de revertir las expectativas depresivas.
• ¿Por qué estos fracasos reiterados cuando se están aplicando medidas keynesianas para combatir las fuerzas deflacionistas en las dos mayores economías del mundo? La respuesta es que las mismas no tienen la fuerza para transformar las expectativas sociales respecto a sus ingresos futuros, y éste es el factor absolutamente decisivo para salir de una depresión. El temor de los agentes económicos, sea como productores, consumidores, o ambos al mismo tiempo, tiene la intensidad suficiente como para contrarrestar los efectos de políticas expansivas en el ámbito fiscal y monetario.
• En principio se advierten tres factores para que se manifieste esta brecha entre las políticas estimulantes y respuesta social «fría»: a) las medidas padecen del vicio capital de ser todas de carácter gradualista; b) también son de carácter parcial faltando una acción totalizante c) como consecuencia de lo mencionado esas medidas carecen de poder movilizador de las energías sociales, faltándoles la intensidad capaz de superar el pesimismo, que es la psicología social dominante.
• Un shock negativo como fueron el estallido de la «burbuja» japonesa en 1990, la del NASDAQ en 2000, los hechos trágicos del 11 de setiembre, tienen el poder de transformar el clima social por la fuerza de su impacto.
La conclusión es evidente: no se combate la recesión con medidas económicas que carecen de la suficiente influencia sobre la mentalidad social. Es necesario generar un shock de la suficiente entidad como para producir ese efecto en el ánimo colectivo ¿En qué consiste ese shock? ¿Qué características debe tener? ¿Cuáles serían sus ingredientes esenciales? No hay una fórmula universal para responder a estas preguntas, por lo que cada nación deberá encontrar la solución que responda a su situación específica.
Dejá tu comentario