Son muchas las Argentinas: la urbana, la gringa, la indígena, la mestiza. Multitud de sangres, orígenes, niveles, culturas. Pero hay una doble y nítida Argentina, las dos Argentinas que se reconocen por valores más que por descripción. Una, silenciosa, anónima y hasta oscura, de esforzado trabajo cotidiano, limitada, humilde, a veces vapuleada, ahorrativa, con recónditas esperanzas casi siempre perdidas. La otra: engreída, suficiente, dilapidadora, la de los «campeones morales», supuestamente millonaria y endeudada hasta los dientes, provocadora, rutilante, la de los «mejores» sin premios porque Dios no es justo. Si se expresan por el fútbol actual, la primera es Merlo; la segunda, Ramón Díaz. Si se quiere más: una es Racing, la otra River.
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Este Merlo no es el de antaño. Para cambiar, copió la conducta Bianchi y se amparó en el «paso a paso». Evitó hablar, quizá porque no está dotado para esa función, sólo hizo de obrero silente. Díaz, en cambio, lejos de la modestia descontaba el triunfo globalizado, planetario, como si el local no le alcanzara. Por supuesto, no alcanzó ninguno. Racing, por su parte, luego de 35 años de catástrofes económicas, se ordenó mínimamente y hasta decidió gastar lo que ganaba. Nada más. Mientras, River -el club más importante del país- aumentaba su deuda sin pensar en los ingresos, sus dirigentes competían en corrupción y esperan un maná anual, un yacimiento desconocido, riquísimo que tal vez pueda ser el salvador D'Alessandro. Patética realidad y minúsculo destino: que una institución flote apenas por la venta de un chico de 19 años.
Finalmente, uno con pocos talentos pero de impresionante tesón, logró el título; el otro, que debía ganar con holgura, quedó segundo, vacilante y rencoroso porque nada hay peor que perder ante quien se imagina inferior. Al margen de cracks y azar, tan importantes en el deporte y en la vida, esas dos Argentinas -como las Españas de Vallejo- explican el último campeonato de fútbol. También explican al país.
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