No se fue del partido cuando su ejército radical impulsó la Obediencia Debida y el Punto Final para ocultar, por razones de fuerza mayor, el juzgamiento sobre los tormentos y desapariciones ocurridos durante el Proceso Militar. Tampoco se exilió de la UCR cuando Raúl Alfonsín -en una negociación tan sospechosa como la atribuida a los sobornos en el Senado- se prestó para modificar la Constitución incorporando portentos jurídicos como la reelección o el tercer senador. No sólo continuó en la estructura partidaria y mantuvo una adhesión a pie juntillas al liderazgo alfonsinista, sino que ascendió -seguramente por méritos propios y no por docilidad-, fue promovida y hasta soñó con transformarse en la vice de Fernando de la Rúa para las elecciones pasadas (de ahí su cerril rencor con Carlos Chacho Alvarez, su efímero reemplazante del cargo que nunca alcanzó). Ahora se va del bloque partidario por mucho menos, renuncia a sus mandos, por la entrega de poderes especiales al Presidente (o a Domingo Cavallo si se quiere la desviación), cesión justamente contemplada y expresada en el artículo 76 de la misma Constitución que ella rehízo. Pero ahora entiende, al decir de su prosa exagerada, que se concede la suma del poder público. Y si esto es una cuestión de conciencia en la diputada Elisa Carrió, habrá que justificar su partida del radicalismo: nunca es tarde para reencontrarse con la dignidad perdida.
Razones
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Dijo que abandona el actual oficialismo -»porque yo nunca dejaré de ser radical», como si esa inclinación fuera como abdicar de Racing o Boca, divisas que jamás cambiarán, al revés de los partidos políticos- y enumeró, entre el momento de su dimisión y las explicaciones por radio y TV, una lista de razones: 1) ya no considera a Fernando de la Rúa con «reservas morales»; 2) le molesta además que lo asesoren su hijo Antonio y Fernando de Santibañes y 3) lo que más parece irritarla es que converse determinadas cuestiones con Inés Pertiné y algunos amigos. Todo esto no es inferencia periodística sin fundamento, son los fundamentos de la Carrió. Juzgue el lector. Además, ella agregó que se separaba del bloque porque no lo quería a Chrystian Colombo, tampoco a Horacio Liendo -los considera vinculados al mundo bancario y financiero, lo cual parece una actividad truculenta según su versión- y, mucho menos, claro, a Domingo Cavallo, el que para ella es un neurótico puesto en el cargo por la UIA. Sugiere que es inconveniente cederle a un neurótico la conducción de la economía y determinados poderes especiales. En verdad, le niega al nuevo ministro lo que sí exigía para ella: el juzgamiento personal, único e irrestricto, de Pedro Pou y de múltiples operaciones de dinero que ella calificó casi en totalidad de lavado, tráfico de drogas y otras bellezas. Con buena parte de ese material, en alguna medida irrelevante a pesar del escándalo desatado, sus colegas del Senado quizás -si sancionan al titular del Banco Central- lo condenarán apenas por alguna anomalía discutible en el cierre de una entidad financiera. Un fiasco del reality show.
Hoy la Carrió es la diputada más asediada por el periodismo, con proyección orbital quizás, por un tentador discurso cargado de palabras insultantes («cómplices», «secuaces», etc.), bien administrado, brillante en ocasiones, pero en muchas casos equivocado («si se quita la estabilidad al empleado público se fortalece el Estado mafioso»). No es casual su último enfrentamiento con un radical: confrontó con Raúl Baglini, el único orador con el que tal vez se la pueda parangonar en la Cámara. Era un conflicto obvio entre dos egos. Aunque la legisladora presume de una doble vía oral, de una falla no atribuible a Baglini: casi perfecta para componer sus mensajes, tropieza a la hora de formular sus declaraciones radiales, en muchas ocasiones imperfectas, ya que siempre concluye afirmando, pero interrogándose con unapregunta retórica, el tic verbal ¿no? Igual que cuando doña Petrona de Gandulfo presentaba las recetas de cocina por TV.
Pero no son estas peculiaridades lo que sorprende de la Carrió, sino su tremendismo, la instalación maniquea de los «buenos» (donde está ella) y los «malos» (donde se encuentran todos a los que decide enfocar con su verba inflamada). Tal vez esa estrategia le resulte eficaz en la consideración pública a la hora de buscar votos: una mujer indómita, postergada -ella misma se dice «gorda, periférica y provinciana»- que siente que la querían usar en el partido. Una mujer usada, no golpeada, según su nueva definición de los radicales misóginos. Hay público para eso en la clase media porteña.
Moralista, creyente, religiosa, quizás fanática, inquisidora y, por supuesto, santa, ahora deja el centro (UCR) y se refugia en una izquierda light (como el socialismo de Alfredo Bravo). Destino previsible de quien se enamoró de su gola, habla para la asamblea y poco ofrece en sustancia (de todas las medidas de Cavallo sólo dijo que le gustó el impuesto al cheque, un facilismo). No tiene otro ministro, tampoco un plan. Pero sí ha copiado viejos métodos del cordobés economista: le gusta demonizar a sus rivales, como Savonarola, ya que son una fiesta para la audiencia. Y ella se debe a su público. En el socialismo, obsoleto, decadente, casi sin juventud, será una estrella.
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