29 de enero 2001 - 00:00

Una revancha que Capriati merecía

Debo confesar que se me cayeron las lágrimas. La victoria de Jennifer Capriati sobre Martina Hingis fueron las que las provocaron.

Jamás se me van a borrar las súplicas de Jennifer el año pasado cuando pedía por favor que la dejaran tranquila. Que no la martirizaran más con el tema de la droga y del robo del anillo. En un momento dado y ante la despiadada pregunta de un colega se largó en llanto de tal forma que no podía parar.

Aquella tarde en Flushing Meadows reconoció todo: «Es cierto, me equivoqué. No una, mil veces. Es cierto, me drogué. Es cierto, robé ¿Qué más quieren de mí? Ya fui a la cárcel. Ya estuve en un centro de rehabilitación ¿Por qué me siguen hiriendo? Esta es la última vez que respondo sobre estos temas. De aquí en más sólo hablaré de tenis».

A Jennifer Capriati la agarró la «Máquina de picar carne». De esa manera llamo yo al circuito de tenis femenino. Presiones de todo tipo: de los manager, de la prensa, de los rivales y de los padres.

Firmó un contrato de 5 millones de dólares antes de pegar el primer drive como profesional. Tenía 13 años en Boca Raton en marzo del '90 cuando esto sucedió. Había 50 fotógrafos apuntándola como si estuviera contra un paredón. Pagó el hecho de ser norteamericana. Esto que en muchos casos es un privilegio, representa también una responsabilidad profesional.

Pasaron 11 años de aquel debut. Pasaron los nubarrones. Salió el sol para Jennifer. Jugó la final con un coraje muy difícil de explicar. Nunca antes había podido llegar a una final de Grand Slam. Normalmente se paga. Ella jugó como si fuera el último partido de su vida.

Acaso los golpes le hayan servido. Cuando se toca fondo, cuando ocurren cosas serias en la vida, se cambia la escala de valores. Seguramente para Capriati estar frente a Martina Hingis en el Rod Laver Arena jugando la final del Australian Open sea mucho más sencillo que ir a la cárcel con las manos para adelante y una toalla tapando las esposas, siendo fotografiada otra vez por 50 fotógrafos, como aquella tarde en Boca Raton. Sólo que esta vez estaba frente al paredón. Aquella humillación no se va a borrar jamás.

Como tampoco se podrán borrar las páginas escritas anunciando que Jennifer Capriati, la niña prodigio, la «Medalla Dorada» de Barcelona '92, estaba internada en un centro de recuperación luego de haber sido encontrada bajo los efectos de la droga en una fiesta con dos amigos.

Estar ante 15.000 personas en el estadio jugando una final es un juego de niños. Aquí, en Melbourne, no había humillación, era el reencuentro con la gloria. Una gloria que la llegó a amar fugazmente, pero que la abandonó en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora vuelve cuando ya es una mujer. Llega el momento de saber valorar y cuidar el tesoro que Dios te da. Por eso a la hora del festejo, cuando con la copa en la mano se dirigía al mundo que la miraba por televisión, le agradeció a Dios.

Yo soy hincha de Martina Hingis. Pero esta vez tenía que ganar Jennifer, era una revancha que se merecía.

Por otra parte, sin que la norteamericana se lo proponga, pasará a ser un ejemplo para tantos adolescentes que caen bajo los mismos problemas.

Dejá tu comentario