11 de septiembre 2001 - 00:00

Vedette brasileña de 94 años será "chica Penthouse"

Vedette brasileña de 94 años será chica Penthouse
¿En qué consiste la belleza? ¿Hasta cuándo perdura? ¿Es posible que una venerable anciana se escape del clásico cliché de la adorable abuelita para asumir el de una mujer deseable? Si le preguntan a Dercy Gonçalves, la respuesta es sí. «Soy una mujer que, a los 94 años, aún trabaja, acepta cualquier desafío y razón sin dificultades. Yo estoy hecha una belleza, soy una belleza, y me considero linda de los pies a la cabeza. A pesar de mi edad, no soy vieja. Viejo es aquél que chochea, que ya no hace nada, a no ser joder la paciencia del prójimo». Casi con seguridad, el nombre de Dercy Gonçalves a usted no le diga nada, pero en su país, Brasil, es una popular y osada vedette que está a punto de protagonizar un nuevo hecho insólito en su dilatadísima carrera: invadir, desnuda (ocurrirá en octubre), las coloridas páginas de la revista masculina «Penthouse».

Dercy nació en un pueblecillo de una sola calle llamado Santa María Magdalena, perdido en un rincón del estado de Rio de Janeiro, el 23 de junio de 1907, hija de un sastre, de nombre Manoel, y de una lavandera de raza negra, bautizada como Margarida.

Su abuela, una ex esclava africana, también se dedicaba a lavar la ropa de los otros para poder sobrevivir. Las dos mujeres tenían que trabajar mucho para conseguir dar algo de comer a los nueve retoños que la pareja tuvo (sobrevivieron seis), porque el jefe de la casa dedicaba más tiempo a dar soberanas palizas a sus hijos que a usar la aguja en el ejercicio de su profesión.

A los 17 años huyó de la casa paterna, siguiéndole los pasos a una compañía de teatro ambulante que pasó por Magdalena... Y así empezó la vida artística de Dolores Gonçalves Costa, más tarde famosa como Dercy Gonçalves, tras construir su nombre día a día sobre los escenarios y los sets de cine y televisión de todo Brasil, gracias a su estilo humorístico, repleto de palabrotas y mucha cara dura, con el que sustituyó su buena voz de cantante, perdida a causa de una tuberculosis.

Entre su fuga de la casa paterna y las fotos para la libidinosa revista han transcurrido 77 años pródigos en actividad y trabajo. Debutó con la compañía itinerante de María Castro, en la que afianzó su amistad con Eugênio Pascoal, su compañero de elenco, y todavía no le ha llegado el momento de pensar en la jubilación. En la actualidad, participa en el programa humorístico «La plaza es nuestra», en el Sistema Brasileño de Televisión (SBT). Estamos en el amplio piso de Dercy en Copacabana, pasando revista a estas siete décadas largas. Cuando la vedette arranca a tararear y bailar animadamente las primeras canciones que interpretó en el escenario, sus movimientos ágiles y la claridad de sus recuerdos casi hacen olvidar que uno se encuentra ante una nonagenaria.

Embarazo

Su primer hombre fue un fervoroso admirador que, al enterarse de que Dercy estaba tuberculosa y sin dinero para poder cuidarse, llegó como un ángel caído del cielo, la internó en un sanatorio y pagó todos los gastos hasta su completo restablecimiento. «Ahora ya estás curada y puedes continuar tu vida», le dijo su bienhechor al despedirse. «Pero esa misma noche dormimos juntos y, por primera vez, conocí lo que es el sexo. Poco después descubrí que estaba embarazada de mi única hija, la persona que más quiero en este mundo», explica Dercy.

Respira hondo, recupera el alegre semblante y termina: «Valió la pena. El se lo merecía. Ahora tengo nietos y bisnietos gracias a él y a aquella única noche de amor que vivimos. Después, cada uno siguió su camino».

En 1932 debutó en Rio de Janeiro, interpretando una comedia titulada «Minha terra», pero pronto derivó al teatro de revista, en el que actuó en 85 musicales y se consagró como primera vedette, a pesar de su 157 centímetros de estatura, compensados durante muchos años con unos tacones Luis XV de los que no se separaba. También ha protagonizado 21 películas, todas ellas cómicas, y ha actuado en todos los canales de la televisión brasileña, en programas presentados por ella misma o en espacios propios dentro de programas ajenos. Sus memorias, de 280 páginas, que se leen de un tirón y se «titulan Dercy, de cabo a rabo», van por la quinta edición.

En 1991, a los 83 años, una escuela de samba la invitó a participar en su desfile por el Sambódromo, subida en una carroza alegórica y con los senos al aire. Claro está que Dercy aceptó inmediatamente y, a pesar de haber sufrido un accidente pocas semanas antes en el que se había fracturado la caderas, no faltó a la cita, lo que arrancó los aplausos estruendosos de los 80.000 espectadores que abarrotaban las tribunas.

¿Se esconde tras semejante ímpetu el afán de una deportista? Nada más lejos de eso. «No hago gimnasia, a no ser la necesaria para salir de la cama e ir a trabajar en el escenario. Practicando deporte siempre he sido una nulidad», explica. Así es que sus secretos de belleza no radican en la consabida fórmula de ejercicio físico y dieta sana. No tiene reparos en dar cuenta de ellos. «Las dos cosas más importantes para conservarse bien a lo largo de los años son la cirugía plástica y el psicoanálisis. Una rejuvenece y la otra ayuda a tener conciencia de sí mismo. Ya me he operado en todos los lugares, menos en los pechos. Mis pechos son muy bonitos. Nunca ha pasado un bisturí por ellos. Siempre he pensado: 'Me voy a hacer operaciones plásticas hasta que mi cara se encuentre con mi culo'. Espero que cuando se encuentren se saluden respetuosamente.» Sin embargo, la artista no se reconoce deudora de la industria cosmética: «Nunca he usado cremas para no envejecer, para conservar el cutis juvenil. En cambio, ya he teñido mis cabellos de morado, de verde, de todas las tonalidades rubias. Siempre me ha gustado parecer exótica, diferente. Mucha gente me mira y se ríe. Yo continúo mi vida, sin ningún problema».

Ya había rebasado los 90 años cuando la principal industria brasileña de lencería femenina, Du Loren, la contrató para ser la estrella en el lanzamiento de una de sus colecciones. Dercy aceptó y apareció por todo Brasil sobre una cama dorada, vestida solamente con un corpiño y una tanguita, en pose sensual. En aquella época aún no se había mandado hacer un modernísimo tatuaje un poco más arriba de donde la espalda pierde su honorable nombre, tatuaje que exhibe satisfechísima en fiestas y discotecas, luciendo vestidos con grandes escotes por detrás. Porque hay pocas cosas que a esta mujer se le pongan por delante. «Soy vanidosa, lo he sido toda mi vida. Mi cuarto de baño tiene las paredes y el techo recubiertos de espejos y su iluminación parece la de un aeropuerto. Me encanta perfumarme, andar siempre bien vestida y tener mi casa constantemente bonita. Me encanta contemplarme y sigo gustándome.»

Acostumbrada como está a que le hagan propuestas arriesgadas en las que su edad parece no importar demasiado o que precisamente le hacen por la imagen vigorosa que mantiene, a su esplendorosa edad, Dercy Gonçalvez no iba a quedarse plantada ante la enésima vuelta de tuerca en su carrera, la propuesta de posar para «Penthouse». Pero su aceptación admite una segunda lectura. «Claro que no pretendo competir de igual a igual con aquellas jóvenes de tetas grandes y mucho culo, deseadas por tantos en la intimidad de los cuartos de baño, que aparecen en las páginas de ese tipo de revistas, sino probar a todos que las mujeres, a pesar de la edad y si están bien conservadas, como yo, aún están en condiciones de exhibir sus cuerpos sin hacer el ridículo. Será un desnudo artístico, de clase, porque, cuando me meta dentro de unas medias, pueden estar seguros de que todo irá a parar a su debido lugar.»

Editor

Oscar Maroni Filho, el editor de «Penthouse» en Brasil, terrateniente y dueño en San Pablo del night club erótico Bahamas, un negocio que lo llevó a pasar 63 días en la cárcel bajo la acusación de ser dueño de una casa de prostitución, parece coincidir con la opinión de Dercy y se prepara para pagar un buen montón de miles de dólares por el ensayo fotográfico.

Hay quien confiesa, como el fotógrafo César Lucas, estar deseando ver sobre el papel cómo se materializa la iniciativa del Larry Flynt brasileño. «No me puedo imaginar cómo una señora de más de 90 años puede aparecer en una revista como 'Penthouse', que, además, es de las de línea dura. Estará muy bien conservada, no lo dudo. Parecerá que tiene tan sólo 80 años, en vez de 94. Pero, ¿cómo puede funcionar una mujer así como reclamo erótico?», explica el fotógrafo.

A
Miguel Angel García, director de la edición española de «Penthouse», la Operación Dercy no le parece en absoluto descabellada: «Hay gente muy rara, pero está claro que una mujer de esa edad no puede levantar muchas pasiones. Sin embargo, la publicidad que va a conseguir la revista con ella, difícilmente puede lograrse con una jovencita, por espléndida que sea»... A no ser que la señorita en cuestión tenga otros valores añadidos y favorezca el escándalo.

Pero la belleza y sus desnudos tiene otras consideraciones, aparte de contribuir a vender revistas y animar la libido. «La belleza se vive, en muchos casos, como una auténtica tiranía, pero se le pueden también reconocer otros valores que no son menos ciertos. Hoy existe una tendencia de recuperar el equilibrio, de empezar a reivindicar la naturalidad de la carne y a reconocer la sensualidad del cuerpo más allá de los cánones más estrechos. El sentimiento de estar bien con el propio cuerpo es, en este sentido, muy moderno. Hoy vemos cómo las mujeres de la tercera edad se cuidan y sabemos que la vejez también tiene sus encantos», explica
Lourdes Fernández Ventura, autora de «La tiranía de la belleza».

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