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15 de enero 2023 - 00:00

Qatar 2022: un saltito para cambiar la historia

Hasta el 18 de diciembre el 60% de la población argentina no había visto a su selección ganar la Copa del Mundo, y con esa cuenta pendiente quedaban fuera de una gran cantidad de relatos que ya son parte intrínseca de la cultura criolla. El hecho consumado democratizó la posibilidad de crear e imaginar historias eternas. Volvamos unas semanas atrás, un suceso y una coincidencia: el saltito.

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Dio algunos pasos y antes de concretar la obra pegó un saltito. Las dos manos detrás de las orejas para escuchar más fuerte y responder. El 2-0 era un hecho aquel 8 de abril del 2001 en La Bombonera. Uno miraba fijo al otro.

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Riquelme le pedía a Macri que aceptara la oferta del Barcelona o que le pagara lo que él creía que merecía cobrar luego de consagrarse campeón de Argentina, América y el mundo. Detrás de esa queja había un reclamo colectivo de todo un plantel que manifestaba no haber recibido los premios arreglados después de una serie de logros, hecho que salió a la luz 65 días más tarde, cuando Boca le ganó al Palmeiras la semifinal de la Copa Libertadores.

El triunfo contra River era una anécdota ante el piquete individual que atravesó todo el estadio, media hora después de las 18, ante la mirada de 60 mil personas.

En Qatar hace calor, pero no tanto. Dicen, no estoy ahí, aunque quisiera. Sí doy fe que en Argentina lloramos mucho y que tres horas después de finalizado el partido entre nuestra selección y los Países Bajos seguimos descubriendo nuevas imágenes de esa victoria inolvidable.

Un rato - minutos u horas – luego del “¿Qué mira´bobo? Andá pallá” de Messi a Weghorst sale a la luz el festejo de su segundo gol. Un gesto y una coincidencia: el saltito. Del 2001 a la fecha muchos rememoraron el festejo que Juan Román Riquelme le dedicó a Mauricio Macri: Ronaldo Nazario, Rooney, Hazard, Reus, Suarez, Tévez, Gerard y hasta Federer. Pero nadie antes de la celebración había pegado un saltito.

Supongamos una sigla, M.F.A (Manual de Festejos Argentinos). Supongamos también un concepto: las dos manos detrás de las orejas son para escuchar más fuerte, pero el saltito previo también es para responder.

Está claro, Messi le respondió a Van Gaal que había dicho que sin la pelota Argentina jugaba con uno menos, porque Messi no marca. Messi, a lo Riquelme, lo miró fijo a los ojos, y Van Gaal, a lo Macri, puso cara de circunstancia.

Pero hay algo más, imaginemos. Ese saltito fue un reclamo colectivo y una serie de mensajes interminables que excedieron por mucho el duelo semiótico entre el 10 y el ahora ex Director Técnico de los Países Bajos. Fue la venganza del mismo Riquelme, pero también de otros sudamericanos como Di María, Falcao, Rivaldo, Giovanni y Sony Anderson, ante las trabas que Van Gaal les impuso en sus carreras.

Fue una venda en los ojos de Codesal, para que no cobre el penal que suscribió los primeros cuatro de los 36 años que tardamos en levantar una Copa del Mundo. O fue darle un empujoncito a Rizzoli para que se anime a cobrar el rodillazo de Neuer a Higuaín y nos corté la angustia un poquito antes. Fue arrancar la mano de Sue Ellen Carpenter de la de Dios y devolverle las piernas a Maradona o ensanchar el pecho de Roa para que evite el golazo de Bergkamp.

Fue alegría y algo de bronca. Fueron gomas encendidas y redoblantes, para interrumpir la ruta del eurocentrismo y gritar que en el fin del mundo somos mejores. En el fútbol, y en otras cuestiones más o menos relevantes.

Por favor no, no le volvamos a preguntar a Lionel qué quiso expresar en esa celebración. No vaya a ser que nos deshilache lo imaginado. Prefiramos seguir resguardando al diciembre del 2022 como un lapso de alegría indeleble, sin infamias y, sobre todo, de reivindicación de lo nuestro. Un espacio al que podremos acudir ante las malas pasadas que suceden más a menudo de lo que quisiéramos.

Porque los momentos festivos nos permiten crear relatos y construir mundos felices y épicos, que no siempre son exactamente reales. Es lo que pasa con el fútbol y con los años. Hagámonos los otarios y no intentemos mover ni una pieza de una construcción tan simétrica.

Dejemos que el tiempo deposite ese hecho, y todos los anteriores y posteriores que lo tuvieron y tendrán como protagonista, en su sabia caja de resonancia. Para que comience, por fin, a escribirse el mito de aquel que nos hace felices desde los 18 años, aunque muchos quisieron bajarle el precio.

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