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Charlas de quincho
Si algo suena difícil de imaginar es a un determinado ministro revoleando el pañuelo en norteño carnavalito. Y sin embargo se lo vio, en medio de los festejos de Semana Santa y de su propio cumpleaños, a pesar de las malas noticias que llegaban desde Nueva York. En otra provincia, la fiesta por un triunfo electoral se convirtió en una verdadera convención opositora, en la que se habló del futuro de un distrito clave. Otra provincia, también norteña, y un ex presidente usando una frase en alemán para expresar su disgusto por el discurso del actual jefe del Ejecutivo. Más acá, en un asado, otro ex mandatario debió escuchar las recurrentes cuitas de un empresario con más problemas con el Vaticano que un miembro del gabinete.
El ministro Roberto Lavagna viajó al Norte con triple propósito: festejar su cumpleaños, celebrar Semana Santa y bailar el carnavalito. Logró los tres objetivos, a pesar del embargo trabado en Nueva York por el juez Griesa.
Allí, por supuesto, el canciller entonó su cantinela habitual sobre su candidatura presunta como legislador por la Capital Federal: No me quiero ir del Ministerio, pero haré lo que diga Kirchner, soy un soldado montonero. Lo que significa lo mismo que en el pasado: No me gusta matar, pero si la Orga lo ordena, cumplo. Después, por la tarde, a Tilcara, a contemplar paisaje y ceremonias, únicas quizá por la dualidad de las culturas indígena y española rociadas por el dominio católico. Más impacto para la mujer, una belga interesada en la pobreza pero más influida por esa tierra desconocida y sorprendente para los europeos.
Al día siguiente al palco, con el intendente, más bandas de sikus y gente que ni reparaba en él, sea por la introspección religiosa o porque ni siquiera ve la televisión. Se diría que más felices. Partió luego a Purmamarca y se instaló en el hotel Termas de Reyes, subió solo al mirador y allí se quedó, contemplando la servidumbre de vista. Una espontánea, sin admitir reconocerlo, le preguntó: «¿Qué tal?». Casi alelado por su impresión de porteño desconocido y desconocedor, admitió: «Jamás observé tal sensación de paz y tranquilidad».
¿Podría ocurrir que el peronismo, acostumbrado más a pesar los votos que a contarlos, sufriera un traspié como en Santiago del Estero? Difícil de saber, pero entusiasma la posibilidad, ya que también -si el PJ ganara sin suspicacias- se consolidaría un sistema de preferencias democráticas sin ningún tipo de dudas. Hasta los peronistas se congraciarían con la fórmula, terminarían las denuncias y leyendas que ellos mismos tejen sobre la «vieja política», los punteros, las prebendas y el fraude encubierto. Si había algo para celebrar entonces en «El Gordo» de Santiago del Estero, uno ya está seguro de que no festejará lo mismo cuando en octubre se consuman las elecciones en Buenos Aires. Todavía no hay equipo, ni intendentes ni voluntades para modificar esa estancia política que dominan Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Felipe Solá.
Era una cena para pocos, ya que hubo otros asistentes al palco del triunfo, como Raúl Alfonsín, pero a ninguno de ellos se los invitó al festejo posterior (tampoco su embajador en la provincia, el senador José Zavalía, de pésimo trato con el nuevo mandante). Ni siquiera asistió Juan Carlos Romero, de Salta, a quien Zamora distinguió con la primera audiencia y hasta le cedió su despacho mientras él se marchaba a hacer jurar la nueva Corte Suprema. Dicen que el propio Zamora reconoce que ha ganado con el respaldo de lo que montaron los intendentes y de la ayuda que el propio Romero le brindó para ganarles a los peronistas (parece que de ese tema charlaron larga y amigablemente el propio Romero y Kirchner luego de los comicios, como si tuvieran secretos del PJ, tales como el error del Presidente por coquetear con distintos candidatos y luego, en el final, poner en la canasta todos los huevos al candidato José Figueroa).
Pero Olivera no imagina ese curso de acción, menos que lo acompañen algunos radicales, más bien prefería en «El Gordo» hablar de su candidatura a legislador porteño, mientras no sabe aún cómo se resolverá la diputación primera para el orden nacional, ya que según él Ricardo Gil Lavedra se niega a competir y el actor Nito Artaza no logra demasiado apoyo en ciertos sectores del partido. Se sabe que algunos alfonsinistas, Aldo Neri, Gabriela González Gass y el colega de tablas, Luis Brandoni, se niegan a marchar tras Artaza. Sólo se entiende ese pleito de cartel en Brandoni.
• También estaba empapado Olivera de otras furias, afortunadamente no propias. Son las que le atribuyen al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien se indignó con varios -incluyendo amigos- por presuntos convenios que no lo contemplaban. Decían, como novedad, que no atendía el teléfono a nadie. Es que, según le contaron a Olivera, unos iban con Alberto Iribarne ( socio de Fernández) y otros con Jorge Telerman como jefes del PJ capitalino, mientras el jefe de Gabinete se irritaba porque sólo él sería el titular de esa agrupación. «Yo no voy a quedar como un inútil frente al Presidente, no crean que un gobierno con 80% de aceptación va a prescindir de mí en este distrito. Si quieren, vamos a una interna y veremos quién gana» (recordar que en los últimos meses él ha sido quien más fichas de afiliación colocó, casi como el mejor vendedor de peronistas en el distrito). La palabra elecciones o interna, como se sabe, descoloca a cualquiera en el PJ: así ganó Fernández.
Mientras, otro que acumulaba iras en medio de su penuria era Aníbal Ibarra, enterado de los movimientos peronistas no sólo para encumbrar a uno u otro, sino tal vez para removerlo a él de la intendencia. Por eso le pidió a Telerman que «se dejara de joder» con esas reuniones extravagantes (en la Recoleta, obvio) que lo hacen enfrentar con el Presidente (en rigor, con la Jefatura de Gabinete). Y hasta le recordó que él sigue siendo el jefe, como cuando le prohibió salir por los barrios con los movileros para contar pobres. La clave del triunfo casi familiar de Fernández con Ibarra, al menos por ahora, es que Telerman hasta se quedó afuera del nuevo PJ porteño. Palabras más, palabras menos, es lo que también sabía Olivera, módico como pocos, insistente en la política como el más avezado: si hasta es posible que en su partido le depare una suerte aún más promisoria que la de legislador local.
• Otro que hizo familiar Semana Santa fue Carlos Menem. En Anillaco, además de amigos, se reunió con su esposa Cecilia y su hijo Máximo. Esta semana vuelve a Buenos Aires para declarar en una causa, pero en su tierra le mostró a su mujer que aún tiene predicamento. Y recorrió algunos barrios, todosa pie, casa por casa, reviviendo ya que le pedían fotos y autógrafos en todas partes (servilletas, remeras, etc.). Más de seis horas de recorrido hasta que Bernabé Arnaudo, Alejandra Oviedo y José Siman Menem lo llevaron a comer chivitos al Club Social y Deportivo César Llano.
Eufórico, allí se quedó hastalas dos de la madrugada y se extendió en apreciaciones sobre leales y traidores, aunque no aludió a nadie en particular. Más bien les reserva, estilo peronista, esa responsabilidad de llenar casilleros a otros adherentes. «No hay que dejar pasar a los traidores que dan la puñalada al amigo. Son los mismos que mataron a Facundo Quiroga, al Chacho Peñaloza», hablaba mientras parece comerse el postre sin haber pasado por el plato principal ya que frente a él, en las elecciones, no aparecerán sus principales rivales del PJ: el gobernador Angel Maza o el vice Beder Herrera. Aun así, aseguraba, vamos a hacer campañas como las de hoy todos los días.
• Como no se olvidaba de su paso por la Presidencia, también aprendió algunas frase en alemán para reflejar cierto momento político. «Deutsche ehrt Euch, kauft nicht bei Juden», pronunciaba ante el asombro y desconocimiento de la audiencia. Eran palabras de Hitler, cuando invitó a los alemanes a que no les compren a los judíos en los años treinta del siglo pasado. Obvia referencia a la calamidad de Kirchner con Shell, a su imprudencia como jefe de Estado, motores de otras derivaciones -como las legiones de piqueteros que atacaron estaciones de servicio o, el sábado, la propia Catedral. Advertía sobre un peligro en ciernes. También, con más humor, aludió a la candidatura de Cristina Kirchner en Buenos Aires de la que, de cumplirse, en su cercanía se afirmaba que el Presidente se la había metido a Duhalde sin lubricación. Ultimo tango en Lomas de Zamora, jugueteaban otros rencorosos, ya cuando Menem había partido con su mujer e hijo. Antes de irse, como si una brisa de renovación lo reconfortara, recordó que hace un mes el país festejaba con el cierre del canje con 76% de adhesión, con tasas absurdas en los Estados Unidos, con luna de miel entre Kirchner y Duhalde, mientras hoy -sin que hubiera sucedido un terremoto-, el cuadro había empeorado con el embargo en EE.UU., la suba de tasas y una violación pública.
• Si lo convocan a Menem, otro que no pierde rating en ciertos sectores es Fernando de la Rúa. Está retirado, obvio, pero no olvida -en rigor, es lo único que recuerda- la jugada que le hizo el peronismo en combinación con Raúl Alfonsín para removerlo del cargo. Curioso, lo que él nunca olvida parece que al juez de la causa no le preocupa, al menos esa materia duerme el sueño de los justos. Se reúne no sólo con conmilitones ya desposeídos el ex presidente: también con empresarios que acerca su cuñado, Basilio Pertiné, como Juan Scalesciani y Juan María Saralegui, capitán de navío especializado como aviador naval, y Jacinto Rey, también militar retirado y dueño de una constructora. Amable almuerzo, carne asada mediante, varios temas: el principal, las dificultades del tándem Scalesciani-Saralegui con la avanzada obra que convertirá al Palacio Duhau en un hotel, ya que persisten los problemas de la empresa El Rosario (una inversión de casi 100 millones de dólares), a cargo del emprendimiento, con la Nunciatura. Es que Scalesciani, fuerte en el rubro farmacéutico, con intereses en Europa, si bien salvó ruidosos inconvenientes con el anterior embajador del Vaticano, ahora sigue en penumbras con el actual Adriano Bernardini, quien lo atiende poco y en ocasiones con cartas documento.
Igual nada, se supone, terminará mal: al lado, en la Nunciatura, también se realizan importantes refacciones y más de un avispado sostiene que las hace el mismo grupo El Rosario. Para De la Rúa, lo que le transmitían los empresarios era una vuelta al pasado: él se ocupó de que la Iglesia no obstaculizara demasiado la millonaria conversión. Gente grande y conocida (la esposa de Scalesciani es Marta Priú, ex dueña de Petrolera San Jorge, vendida en varios cientos de millones de dólares) deambuló por varios temas, a pesar de las obsesiones del invitado principal con su hotel: siempre se dice que muchas fortunas se explican en la contumacia de sus poseedores por no abandonar jamás sus proyectos.
• Pero el andarivel de la Justicia le interesaba a De la Rúa -más cuando su amigo Fernando de Santibañes parece que descolocó a Mario Pontacuarto en el último careo por los sobornos de la ley sindical- y, por ejemplo, no dejaba de advertir la rapidez con la cual el juez federal Guillermo Montenegro se desembarazó de una causa que lo involucraba a Néstor Kirchner y la derivó a la Justicia de Santa Cruz (la cual, se sabe, no goza del mejor de los prestigios, acusada desde los tiempos Kirchner gobernador como habitual expresión de favoritismo para el gobierno provincial, lo que en tiempos de Menem se llamaba «Justicia adicta»).
Reflexionaba De la Rúa sobre este episodio y una Justicia que en el orden local se dice armada por el actual secretario legal y técnico de la Presidencia, Carlos Zanini, y con la sensatez de cualquier ciudadano se preguntaba cuándo se aplicaría a esa causa la prescripción que recientemente acaba de sancionar el Congreso (en rigor, la imposibilidad de suspender las prescripciones). ¿Este tema de los fondos itinerantes o invisibles de Santa Cruz dejará de ser judiciable antes o después que Kirchner concluya su mandato? ¿O el proceso habrá de cerrarse en tiempo si el Presidente logra su reelección? Hasta los devotos del duhaldismo sostienen que Kirchner necesita continuar su ciclo y renovarse por otros cuatro años si desea que el tema de los fondos duerma hasta su epílogo legal en la Justicia provincial (y ellos, como se sabe, son expertos en varias causas afectadas por el Valium de los magistrados, como la del Banco Provincia, por ejemplo).
• Aun así, ya es público, sorprende la cantidad de denunciasque sobrevuelan a la administración del santacruceño -muchas sin ser corporizadas aún por los distintos fiscales-, lo que ha motivado más de una inquietud en cercanías a la Rosada. Por un lado, descontentos con el encargado de la Oficina Anticorrupción y, por el otro, nada satisfechos con la gestión del ministro Horacio Rosatti, al que ahora mandarán como candidato a diputado por Santa Fe, y que en la Justicia -dicen- «no para ni el 60» aunque sí se preocupa por ver si voltea jueces o camaristas (amparado no en su gusto personal sino en razones jurídicas, naturalmente).
De eso, poco le interesaba a Scalesciani, menos a quien le cuida las espaldas cuando él se estaciona en Europa, Saralegui, un ex militar que junto a sus tres colegas aviadores se tentaban con inquietudes propias y no podían evadirse del último discurso del general Roberto Bendini en el aniversario de Granaderos. Impropio, por lo menos, como se afirma habitualmente, ya que en la ocasión el jefe del Ejército reivindicó a los militares que en la década del '50 sirvieron (literalmente hablando) a Juan Perón. Para el cuñado del anfitrión, Pertiné, ese mensaje fue una patada al hígado: hombre de la Marina, a él se lo reputa como uno de los opositores en su juventud al felpudismo castrense que avalaba cuanto decía y prometía el caudillo.
• No se ignoraba en la mesa que Bendini le ha contado -así por lo menos se le atribuye- a quien quiera oírle que sus palabras fueron instrucciones provenientes de la Casa Rosada, lo que habilita en ese almuerzo, o en cualquiera, a preguntarse: ¿Se está gestando desde el gobierno una doctrina peronista para los cuarteles? Hay más de uno que se ha convencido de este designio, quizás apoyándose en que Kirchner promueve esta política partidaria en aquellos sectores que más se molestan con esta actitud y debido a que él, simultáneamente, omite esa defensa de la tradición en otros hechos que protagoniza en la vida cotidiana. Abundan los ejemplos de esa contradicción, tanto que ya se acepta como válida éticamente aquella frase del Presidente que pronunció en su primer viaje a España: no lean mis labios ni lo que digo, fíjense en lo que hago.
A Bendini, su última disertación no le ganó demasiados amigos (inclusive por la falta de oportunidad o por el retorno absurdo a viejos litigios); se le indignan por haber osado comparar al general Savio con el general Perón y, además, porque dejó caer como una granada a punto de explotar, en otras fuerzas, antinomias pasadas. Sobre todo en la Armada, como podría testimoniarlo Pertiné, institución que se caracterizó por el «gorilismo» y ahora aparece atrapada en ese estigma como seguramente se lo hizo saber el almirante Jorge Godoy al propio Bendini. Pero éste se refugia en la obediencia debida: cumple las órdenes para recuperar la doctrina nacional y popular -además, a él le sienta como un traje a medida-, especialmente entre el 24 de marzo y el 9 de julio (cena de las Fuerzas Armadas) cuando se enardezca la pugna de los defensores de derechos humanos con los acusados por la represión durante el Proceso militar. Nadie sabe si para entonces habrá una definición de la Corte Suprema sobre las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; sólo hay certeza de que el juicio a Bendini por sus anomalías en la administración de un cuartel sureño -también en sede judicial santacruceña- podría dilatarse sin procesamiento. Habrá que esperar.
• Jardín del Círculo Italiano (ex mansión Leloir) para la ceremonia del casamiento de dos estrellas poco visibles del peronismo, pero no menos importantes: Susana Mazzarino y Miguel Angel Gallardo, el uno apoderado del PJ y ahora titular del Registro Nacional de la Propiedad Automotor, ella una médica que es directora en Salud con Ginés González García y a quien secunda en una fundación que es una suerte de partido transversal. No en vano, en la fiesta, estaban Aníbal Fernández y el propio González García, diputados como Daniel Basile, ex como Luis Uriondo, y jujeños de nota como Eduardo Ulloa y David Casas. Hubo entrada variada, luego un salmón frío, se cerró con un lomo y lo mejor fue que el celebrante de la boda, enterado de que la novia provenía de Junín, se extendió tanto en sus consideraciones que al llegar a una hora de duración varios graciosos empezaron a aplaudir como si ésta ya se hubiera cumplido. Fue la única forma de hacer callar al orador.
Multitud de historias y cuentos, algunos graciosos para el final de esta sección, y temores de que George Bush suspenda su viaje en noviembre a Mar del Plata: no le gustaría un desaire de Kirchner y Chávez. Todos saben que jamás el argentino se atrevería a ese tipo de jugadas, pero igual los estadounidenses están reticentes. Por su lado, González García temía que la crisis de la Iglesia lo complicara más de la cuenta cuando él, dice, sólo se limitó a repartir preservativos, lo que ya han hecho otros gobiernos. Recula el hombre, cafierista al fin. Para el cierre, un dibujo: dicen que Lavagna le dejó sobre el escritorio, a Kirchner, una bomba con una mecha corta y la leyenda «Crisis energética». De ese tema, él presume saber más que Julio De Vido.
• Vamos a terminar con un chiste sutil. Una chica bellísima va caminando por la calle, cuando se le acerca un hombre y le dice:
- ¿Te acostarías conmigo por un millón de dólares?
- ¡¿Por un millón de dólares!? Bueno... este... me toma de sorpresa... Pero ¡sí, sí! Me acostaría con usted por un millón de dólares; tendríamos que acordar cómo, dónde, qué...
- Pará, pará. Ahora te pregunto: ¿te acostarías conmigo por trece pesos?
- ¡Pero vos estás loco, querido! ¡Qué te pasa! ¿Trece pesos? ¿Quién te creés que sos? ¿Por qué clase de mujer me tomaste?
- Mirá: qué clase de mujer sos ya quedó establecido con la primera pregunta; ahora estamos regateando el precio...


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