Charlas de quincho

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El peronismo -en sus diversas formas- domina todo: también estas charlas. De un almuerzo en Olivos se salta a otro en un restorán vasco que sirvió parrillada, y en el que un sindicalista «K» de la primera hora advirtió de las graves consecuencias que acarreará la intransigencia oficial. En cambio, se ignoró desde el gobierno y por completo la despedida del embajador de un país «poco amigo» del matrimonio presidencial. Allí se habló del polémico retorno (no sólo a la política) de una secuestrada, de las andanzas pasadas de su madre y de las modistas de Evita, Isabelita y Cristina. Sin embargo, lo más multitudinario fue el festejo de un gremio (igual que el gobierno, con un matrimonio como protagonista principal) que rompió con casi todo: la CGT y los Kirchner. Veamos.

  • Ya no hay fútbol en Olivos. Nada de deporte ni de humor, menos de visitas masivas de laderos para hacer número en el asado. Apenas Alberto Fernández para compartir almuerzo con el matrimonio oficial, justo el día en que el jefe de Gabinete estaba con las defensas bajas por el pedido de su renuncia que había formulado Miguel Pichetto, un kirchnerista a botonera que -en la misma declaración- también reclamó la partida del vicepresidente Julio Cobos si votaba en el Senado contra el gobierno.
    Nunca nadie imaginó que Pichetto hablara por su cuenta. Ahora, repentinamente parece que piensa en voz alta, como si fuera autónomo. Tan larga es su historia que nadie le cree, menos el aludido Fernández.
    Venían Néstor Kirchner y su alter ego porteño de una reunión con «intelectuales» en la Biblioteca Nacional, un núcleo que descubrió la palabra « destituyente» como sinónimo de golpe de Estado, ese amotinamiento que el propio santacruceño imagina que abortó el día en que le hicieron el primer cacerolazo. Mucho cine catástrofe y conspirativo en Olivos. Esa palabra «destituyente», sin embargo, esos mismos intelectuales no se la aplican a Pichetto, quien no sólo exige que se vaya Alberto Fernández: también el vicepresidente, lo cual sí podría tratarse de una anomalía institucional más grave. Pero, no importa, ni se les ocurre a esos exponentes culturales una interpretación tan obvia, apenas si abogan para que Kirchner se desembarace del peronismo que ha decidido asumir por conveniencia («¿se imaginan lo que sería el gobierno de Cristina, en esta crisis, si yo no estuviera al frente del peronismo?»). Gente deseosa de mayor inclusión social (y propia, si se pudiera), con algún criterio oligárquico de discriminación -frente a los cabecitas que frecuenta la pareja presidencial-, ninguno con la amplitud y reconocida solvencia intelectual de un peronista de antaño: Leopoldo Marechal (al cual, por supuesto, ni siquiera invocan).   

  • Lo cierto es que Fernández se sentó a la mesa, ni preguntó por lo de Pichetto (ya no busca respuestas contundentes) y se limitó a sostener el mensaje de Néstor: hay que seguir para adelante, salga pato o gallareta, estamos jugados. Después, como atinados gobernantes, se preguntaron por el día después de la votación en el Senado, no tanto por los ministerios paralizados desde la crisis con el campo (o escondidos detrás de ella casi 4 meses) sino por la negociación pendiente con los ruralistas. Del lado oficial queda una espada intimidatoria: el 31 de octubre vence el sistema reformado por la nueva ley y, si no hay conversaciones, se vuelve al inicio del conflicto original. Nadie vaya a pensar en una extorsión. Por el momento, se comenta, Kirchner está dispuesto a muchas concesiones; pero, claro, ninguna a favor de los 4 que presiden las entidades, de un modo u otro demandará que los cambien. Más por una cuestión de nombres que de posiciones, como suele operar el santacruceño, quien descalifica a Mario Llambías por ser primo de José Alfredo Martínez de Hoz. ¿Acaso a mí no me descalifican porque mi abuelo era usurero?

  • Empezó con equívocos otro almuerzo: los 15 asistentes imaginaron un menú característico (era en el Gure Etchea de Perón y Junín, edificio un tanto venido a menos), naturalmente vasco, pero a los platos llegaron chorizos, morcillas,asado. La razón: se hizo en la terraza del restorán, una suerte de quincho techado con parrilla incluida y, por lo tanto, mariscos y pescados para otra ocasión. Hablaba, convocado por Antonio Cafiero -también un hombre que genera equívocos-, el sindicalista Gerónimo «Momo» Venegas, hoy en la cúpula de la CGT, justo a minutos de haberse establecido la continuidad al frente de esa organización del jefe camionero Hugo Moyano. Nadie tampoco sospechó lo que allí se habría de escuchar.
    Más que un quincho, una nota periodística entre lo que expuso y lo que le respondieron. Vale atender un resumen de sus palabras:

    -Estoy preocupado, casi tengo miedo: si el Senado convalida el proyecto oficial sobre retenciones esta semana, puede correr sangre en el país.

    -Se lo he querido advertir al presidente (habla de Néstor Kirchner), pero con él no se puede hablar.

    -En cambio, le pude transmitir esta inquietud personal a la Presidente, a la señora de Kirchner, quien me agradeció la franqueza con la cual le hablé. Como se darán cuenta, mi temor no es una improvisación personal: represento a todos los trabajadores del campo.

    Para muchos de los asistentes (Duilio Brunello, Alieto Guadagni, Héctor Flores, Nicolás Weisz Wassing, el empresario Valotta, del ferry al Uruguay), Venegas constituía un enigma casi desconocido. Les impresionó, claro, cuando empezó a hablar y, sobre todo, al contestar: quienes esperaban un oficialista acérrimo, resultó un crítico inesperado, un observador interesante. No entendían, luego de escucharlo, su inclusión en el entorno de Moyano en la CGT.   

  • Es sencillo, explicó. En determinado momento, a mí me quisieron voltear, pero Moyano lo impidió. Le debía una y cumplí. Por otra parte, no se equivoquen: para nosotros, y me refiero a Hugo, lo importanteson los trabajadores, su salario. Para mi gremio, les informo, yo ya convine con la patronal un incremento de 36%. Se comunicará luego de que se supere este tremendo conflicto. En cuanto al resto de los sindicatos, sobre todo los industriales, van en los próximos días por un reclamo adicional al 20% que arreglaron en lo que va del año. Es necesario recomponer debido a la alta inflación que tenemos. Palabras más, palabras menos, esto es lo que planteó ante el asombro de peronistas que ya se sienten devorados por el alza del costo de vida.
    Como obligado por ser anfitrión, Cafiero le objetó a Venegas el mensaje para decirle que lo notaba « apocalíptico» en relación con el presidente de nuestro partido (en broma, Guadagni hizo el comentario de que su veterano amigo estaba un poco kirchnerista). A lo que respondió Venegas: Mire, Antonio, usted estuvo con Perón, sabe lo que pasó, yo le hablo de lo que pasa, yo recorro el país, voy al interior, hablo con todos. Además, esta no es una cuestión de ser más o menos peronista, es la realidad (como diría el general). Yo hablo de lo que veo, no tengo a esta altura otras pretensiones, les comento a todos que mi gremio fue el primero en apoyar a Néstor Kirchner en 2003.

  • Casi el epílogo de este almuerzo de Cafiero, cuya iniciativa gastronómica extragobierno hace unos años logró adhesiones múltiples cuando se iniciaron en Gendarmería. Después, por presiones confesadas del oficialismo -debido a que trascendían las críticas que allí se formulaban (tuvo tropiezos con este diario en ese sentido)-, Cafiero separó a determinados asistentes, pareció inclinarse al kirchnerismo (sector que ni siquiera le concedió un lugar simbólico en el Partido Justicialista), y esa actitud discriminatoria generó un desprendimiento de esa tertulia: ahora se reúnen, sin él, los martes en Lola, muchos más convocados y autoconvocados. Inclusive, lo desafían: Héctor Maya, antes su más cercano colaborador cuando denunciaban la Banelco en el Senado, lo increpa porque no ha pedido a la Coppal que desafilie al peronismo debido a que, desde que Kirchner lo preside, no tiene legitimidad y es autoritario. Igual, quiera o no Cafiero, en sus almuerzos se producen hechos con sonadas repercusiones, como éste que albergó a Venegas como invitado principal. Y, lo más grave para él, la gente igual habla.   

  • Ni una persona del gobierno en el sarao, a pesar de que Cristina de Kirchner se acopló a marchas en París (inolvidable con el casquete negro) por la liberación de Ingrid Betancourt y hasta su marido hizo un fracasado raid en la selva para encontrar a la secuestrada. Nadie se aproximó al departamento del embajador colombiano en la avenida Del Libertador, Jaime Bermúdez Merizalde, quien se despidió del país para convertirse -en horas- en el próximo canciller de Colombia. Curiosa la diplomacia kirchnerista.
    Asistieron en cambio otros invitados a un servicio con finas bandejeadas y un plato fuerte a elección: ñoquis verdes o goulash. Había empresarios y economistas como Santiago Soldati, Ernesto Gutiérrez, Alejandro Reynal, Marcos Uranga, Eduardo Elsztain, Manuel-Solanet, Miguel Angel Broda, Julio Werthein, Fernando Navajas y, de la política, José Octavio Bordón, Francisco de Narváez (no olvidar que nació en Colombia), Jorge Pereyra de Olazábal y Federico Pinedo, entre otros. Todos con la misma inquietud: ¿qué va a pasar con las manifestaciones opuestas, cómo saldrá la votación en el Senado, qué clase de país sobrevendrá a esta crisis? Sin respuesta, ni siquiera de parte del general Martín Balza ( embajador argentino en Bogotá), quien con su esposa concurrió bajo una consigna obvia: va a ser el canciller, con él debo tratar.

  • Bermúdez, diplomático, se repartía en todos los corrillos, siempre bienvenido: nadie ignora su futuro de hombre fuerte, íntimo del presidente Alvaro Uribe (fue su asesor de prensa y diseñador de campaña), posible sucesor en la Presidencia. Ni una palabra sobre la metamorfosis de Betancourt, sus conflictos con otros rehenes liberados o su ya definida vuelta para postularse como mandataria sin que le pesara un gramo (en verdad, aprovechando ese episodio) el obligado exilio y el desconocimiento de lo que ocurrió en su país. El tema de ella, en cambio, dominaba a otros conocedores, quienes relataban la historia de la madre -no precisamente escrupulosa-, una miss Colombia que bautizó a sus hijas con nombres de princesas alemanas, estudiantes ambas de ciencias políticas en París. También andanzas y amoríos de Ingrid en esa ciudad (confirmando la relación con el ex canciller Dominique de Villepin) y su aventura política pasada, cuando sólo la votó 2% de la población gracias a que ella repartía preservativos en las plazas y, para conseguir prensa, se lanzó a merodear la selva guerrillera. Hasta que la atrapó el Lobo Feroz.   

  • Alejadas de un ambiente tan febril, algunas mujeres se deleitaron en un rincón, mirando los jardines de Palermo ahora sin travestis, para escuchar a una abuelita cuya nieta escribe sobre moda femenina en un diario porteño. Y ella, con cierta picardía, casi relacionando un poder con otro, se entretuvo contando historias de moda sobre las tres mujeres que más cerca estuvieron del sillón de Rivadavia: Eva Duarte, María Estela Martínez y Cristina Fernández. Explicaba la dama que a Evita la vestía Paco Jamandreu, quien le mantuvo el estilo cocotte de las actrices de entonces (de las cuales él, como se sabe, era el más cotizado diseñador). Cuando ella viaja a Europa (y la reina de Inglaterra se niega a recibirla), baja en Madrid para saludarse con la mujer de Francisco Franco, entonces conocida como Carmen Collares debido a un collar de perlas de procedencia desconocida que siempre lucía. Tanto peso tenía Evita en España -gracias al trigo que enviaba la Argentina- que exigió, en julio, pleno calor madrileño, que la esposa del Generalísimo la atendiera con un tapado de piel: ella no quería resignar el de visón con el que había partido de Buenos Aires.
    En París, luego, la confiada abuelita asegura que la cambiaron a la mujer de Perón: le ponen el rodete, le sacan el jopo y el estilo calle Corrientes de entonces. Según Frederic Castel, un barrealfileres de Dior que llegó a ser diseñador, en la casa de modas había un maniquí con las medidas de Evita en el que se hacían los vestidos que ella encargaba desde Buenos Aires, incluyendo el famoso de tul rosa (nunca pagado) que trajo un avión militar enviado adhoc por el gobierno argentino (nada es nuevo, claro, en este país). Mencionaba la antigua señora que nunca apareció -ni en los remates- el collar que acompañaba ese famoso vestido. Tanto pesó en la abanderada de los humildes esa casa francesa que, en la ópera musical sobre ella, crearon un tema llamado «Please, Diorme» (por favor, Dioríseme).

  • Un langostino, una empanadita, y la abuelita siguió (poca bebida en el cóctel, marcas nacionales). A Isabelita, dijo, la vestía Ana de Castro, quien llegó de España sin conocer a nadie, sin siquiera ser diseñadora. Pero, claro, se encargaba de comprar modelos en París y, luego, adaptarlos a sus clientas. Tan sola estaba en Buenos Aires que Isabelita la adoptó como una suerte de dama de compañía -hasta la acompañó al famoso viaje de Ascochinga, cuando los militares la despacharon para ver si Italo Luder aceptaba ser su sucesor-, quien le impuso también el rodete, el batido con spray y, sobre todo, la cargó con la famosa capa negra con una gran cruz de oro (hecha por Ricciardi) que lució, con el bastón presidencial, durante los funerales de Perón.
    Por último, esta sabia mujer (al menos en cuestiones de moda), se concentró en Cristina: está entregada a Susana Ortiz, viaja con ella en el helicóptero en ocasiones, sobre todo para despachar el color de la ropa con el entorno previsible: como se sabe, a la mandataria le gusta combinar sus atuendos con el marco que la rodea. Entonces, explicaba la señora, hay casi obligación de llevar equipos suplementarios, como la última reunión del Mercosur en Tucumán que obligó a trasladar 12 conjuntos para un día y medio de estancia. Para ella, claro, la Ortiz pasa mucho más tiempo en Olivos que la mayoría de los ministros. Atónitas las otras mujeres con esta versación de la observadora, aunque -como siempre- hubo una que necesitó también hablar y acercar un comentario. «No es de moda lo que voy a comentar, dijo, pero estuve el otro día en un seminario sobre Astrología, y una de las disertantes explicó que si Cristina hubiera asumido a las 11 de la mañana, su gobierno habría sido idílico; si, en cambio, hubiera optado por las 6 de la tarde, en la Argentina habría guerra civil. Pero, como asumió a las tres, la crisis será permanente». Allí fue cuando se acercaron algunos de los hombres presentes, mientras las otras chicas conjeturaban sobre la abuelita: «Es más mala que la madre de la Betancourt».   

  • Quizás porque todo el mundo sabe que, si tiene un accidente gravísimo, por más socio de cara prepaga que fuese, el destino inevitable es el Hospital Fernández, la cena benéfica por esta institución suele ser un éxito (al menos, para recaudar fondos). Y así ocurrió en el InterContinental, con Mirtha Legrand de hada madrina (la titular es la mujer de Juan Carlos Bagó) y la madre de Manuel Antelo, Leticia Daneri, la cantante de tangos, secretaria. Shows, escotes, sorteos, botox, cirugías, baile y una cena con la entrada sugerente de un carpaccio de ñandú (imposible reconocer esa pechuga) y una carne tan cocida que, propiamente, parecía de hospital. Pero, claro, la comida era lo de menos.
    Empezando por la actuación del cómico Miguel Angel Cerutti, quien no tuvo mejor idea que realizar una rutina de su imitación -bastante recomendable, por otra parte- de Néstor Kirchner. Se cayó el hotel, al cual cada tanto va a almorzar el ex mandatario, de los silbidos: no por la actuación, sino por el personaje asumido. Detalle significativo que la pareja presidencial también observa en otras partes del país: hay muchos actos que la Casa Rosada suspende para evitarse disgustos con las quejas callejeras. Después, a Cerutti lo perdonaron, lo aplaudieron bastante mientras le dejaba paso al ex titular del Hospital, Jorge Lemus, ahora ministro de Salud de Mauricio Macri, quien lo nombró sin conocerlo. Como médico, puede ser una garantía; como orador, en cambio, ofrece debilidades varias (reveló un panorama del sistema de salud que deprimía al más valiente) y el ejercicio de bloopers antológicos (quizás estaba afectado por la renuncia, ese día, de su segundo en la cartera): a Horacio Rodríguez Larreta lo trató de «jefe de Gobierno», al general McArthur le colocó el grado de «almirante», y a éste le endilgó una frase incorrecta para repetir. Al menos hoy. Sostuvo que, en su tiempo, dijo «a los japoneses no los vamos a dejar escapar». Como consigna de triunfo parece algo exagerada, aun sin que hubiera japoneses en la fiesta.

  • Estaban Martín Cabrales, una demasiado delgada Andrea Frigerio, Bartolomé Mitre, Enrique Llamas de Madariaga, Juan Pablo Maglier, Daniel Llambías y Luis Ribaya, del Galicia, Gino Bogani y el ex embajador Juan Archibaldo Lanús como no se lo hubiera permitido él mismo en París: se vistió con campera porque tenía un brazo lesionado. Igual sirvió el diplomático para completar el quincho, ya que actuó Raúl Lavié y entonó el Himno Nacional como si fuera Charly García, en una versión ablusada, fraseada, que desconcertó al auditorio. Fue entonces cuando Archie recordó detalles del Himno -curiosamente, nacido casi sin diferencias con el norteamericano-, reconstruida su música hacia 1860 por la memoria de José Esnaola, quien juraba haber escuchado de chico la obra de Blas Parera. Es que la partitura original se perdió hasta el arreglo de Esnaola (quien convirtió la marcha en canción), tampoco se le podía reclamar a Parera: en rigor, él estaba ofendido por la letra antiespañola de Vicente López y Planes, fue encarcelado por su rebeldía y -aseguraba Lanús- escribió la música en un calabozo, amenazado de muerte si no lo hacía.   

  • Quedan los peronistas, quinchos que se multiplican desde que comenzó la adversidad para los Kirchner. Reaparecen orondos, entonces, Carlos Menem festejando los primeros 20 años de la única elección interna que hizo el peronismo (y que, por supuesto, ganó el riojano), también Eduardo Duhalde, quien olvidando que él entronizó a los Kirchner, ahora los combate (en la ocasión, acompañando al jefe de la otra CGT, Luis Barrionuevo, quien celebró el Día del Gastronómico.
    Uno recibió honores en el restorán El General, con barra propia (Chiche Aráoz, Pascual Albanese, Rodolfo Barra, Eduardo Menem, Jorge Raventos, Jorge Castro, Víctor Lapegna) y una peña gauchesca tandilense. Hubo Himno, marcha, zambas, algunos gauchos danzarines, el recuerdo de aquella puja «en la que el afiliado estaba cerca de los candidatos, tanto mío como del doctor Cafiero», señaló Menem. Emoción en esos dichos y, luego, cierta crispación en el ex mandatario: claro, aludió a Kirchner.

  • Duhalde con Barrionuevo y sin Chiche (engripada), en La Rural, junto a Francisco de Narváez, los macristas Hernán Lombardi y Néstor Grindetti, Pacho O'Donnell, Miguel Angel Toma, Hugo Toledo, Jorge Sarghini, Jorge Villaverde, la pianista Marta Noguera y una variedad de gremios de la Azul y Blanca que ahora preside el diputado y dirigente gastronómico. Hubo previa en un vip, con superpicada, hasta entusiasmada Graciela Camaño por haberse separado de los Kirchner, la gente haciendo fila al paso de Duhalde y recitando la misma estampita: antes el país se caía cuando estaba mal económicamente, ahora es la primera vez que se cae cuando la economía está bien. Observación que, sin embargo, lleva en su seno un anticuerpo: fácil sería, entonces, quitarse el virus.
    Veinte mil cubiertos para atravesar una entrada de fiambres, luego un pollo relleno con legumbres, helados, discurso sólo del cuñado de Barrionuevo (tanto él como Duhalde no hablaron para que no se politizara la fiesta), casi enardecido por el cierre de restoranes y boliches, la inflación, el reclamo de sueldos y la pelea para ver quién la tiene más grande. También expuso, duro, que «este gobierno no da para más, se empecina en estupideces. Antes Perón hablaba para los 30 años que vendrían; éstos, en cambio, hablan para los 30 años que pasaron». Aplausos, claro, estaban en la fiesta propia.   

  • Barrionuevo explicaba las causas de su deserción de la CGT moyanista, a pesar de que negoció hasta último momento: le daban 7 de los 10 cargos que reclamaban. En verdad, parece que no entendió lo que le proponía el jefe camionero: hay que balconear, estar juntos, no aparecer como verdugos, dejar que se peleen entre ellos (¿o acaso, reflexionan los peronistas, el kirchnerismo y la Federación Agraria no son lo mismo?). No alcanzó ese argumento al gastronómico, competirá con Moyano ya para pedir aumentos de sueldos -el gran drama de la Presidente- y, a cambio, por haber convencido a su mujer de que se aparte del bloque oficial, padecerá el ataque interno en su territorio: Kirchner ya arregló con Ramón Saadi en Catamarca, para que éste le vote la ley de retenciones en el Senado a cambio de asistencia para su propio desarrollo en la provincia.
    Trueque singular este del oficialismo, saltar de un progresista a otro -por así decirlo- bajo la conducta de «Bombón» Mercado, el cuñado más querido (ex de Alicia de Kirchner).
    Explicaba igual Barrionuevo, convencido de su nueva CGT, de las bases que representa, lo exaltaba a Duhalde y ambos no escucharon siquiera la pregunta de un observador: ¿Vos creés, Luisito, que el negro Moyano se va a olvidar de lo que le dijo Kirchner en la reunión del consejo peronista? ¿Vos creés que lo va a perdonar, después de que él fue de frente, sincero y cauto, para que considerara una negociación con el campo en lugar de una permanente confrontación? ¿Te creés acaso que esa mirada y esa frase -Vos, ¿quién sos? (a la que le faltaba el «negro de .....»)- se quedará en el sótano y nunca saldrá a la luz?».

  • Vamos a terminar con un chiste de la línea fuerte. Termina la jornada del médico ginecólogo, quien espera a su última paciente, una bella señora joven. La paciente se retrasa, y el profesional se afloja la corbata, se desabrocha el delantal y se sirve un trago, seguro de que la mujer ya no vendrá. Se sienta en un sillón de la sala de espera, pone los pies sobre la mesa y disfruta su gin tonic. En eso, suena el timbre: es la paciente que llega tarde. Se disculpa.

    - No tiene importancia; ya me había aflojado y me serví un trago antes de irme a casa. ¿Quiere uno usted también?

    - No debería, pero me siento culpable por haberlo hecho esperar, doctor... Bueno; acepto.

    El médico prepara el trago para su paciente, se sienta frente a ella para conversar, y de pronto vuelve a sonar el timbre, pero esta vez no el del portero sino el de la puerta del consultorio. El médico, sobresaltado, se levanta y dice:

    - ¡Mi mujer!.... ¡Rápido; sacate la bombacha y abrí las piernas!
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