5 de noviembre 2004 - 00:00

Cómo ve Londres, Venecia y París un coleccionista de arte y gourmet

Ignacio Gutiérrez Zaldívar comparte con Andrew Lloyd Weber su pasión por el “Setecento Veneziano”. Como promotor del arte argentino, le vendió al inglés cuadros de Molina Campos.

Cómo ve Londres, Venecia y París un coleccionista de arte y gourmet
Cuando se marchó Minetti, el padre le dijo: «Tenés un gran ojo, pero así no vas a hacer dinero. Vendele el cuadro y con esa plata comprate dos». Ignacio Gutiérrez Zaldívar le hizo caso y no paró de comprar y vender hasta hoy, convertido en el principal promotor de pintura argentina.

Su otra pasión, la buena cocina, lo introdujo en la Academia Internacional de Gastronomía. Marchant y gourmet aseguran viajes glamorosos.

«La ciudad que amo es Venecia, la más aristocrática del mundo. He ido tantas veces y aún no la termino de conocer», cuenta Gutiérrez Zaldívar. La descubrió a los 17 años. Era el destino menor de un itinerario que abarcaba Londres y Madrid. Llegó un 25 de abril, el día de San Marcos, el santo de la ciudad. La fiesta de colores donde se abanicaban enormes banderas rojas y amarillas lo atrapó.

Nacho siente que en Venecia el tiempo se detiene lo suficiente como para enamorarse, pensar, ilusionarse y, como buen creyente, para «comunicarse con Dios». Tiene una iglesia preferida: San Zacharias. Admira su fachada que mezcla gótico y renacimiento. Fue terminada en 1515 y guarda una virgen, pintada por el renacentista veneciano Giovanni Bellini, que lo seduce. «Hay que ir los domingos a la misa de 6 de la tarde para contemplarla en paz, porque antes los turistas vienen como hordas.» Detesta el carnaval veneciano por lo multitudinario y no le gusta la Catedral de San Marcos por su estilo bizantino.

Su pasión por el «Setecento Veneziano» la comparte con Andrew Lloyd Weber, el creador de los grandes musicales. Weber compró un Canaletto en 22 millones de libras. La amistad con el marchant le dejó al autor de «Evita», «Jesucristo Superstar», «El fantasma de la Opera» y «Cats» obras de Florencio Molina Campos, el pintor de gauchos y escenas campestres, que ilustraron los almanaques de Alpargatas en la década del '50.

«Londres es la ciudad más civilizada del mundo», para Nacho, que no comparte la opinión de 99 por ciento de los gourmets que no aprecian su cocina. En Londres vive su cocinero preferido, «el mejor del mundo», Marco Pierre White. En el «Oak Room» en Picadilly Circus, se somete a la «tiranía» de Marco que obliga a los comensales, sentados en silloncitos bajos, a elegir entre dos menús y nada más. Según Gutiérrez Zaldívar, «ningún restorán puede ser bueno si debe preparar más de ocho platos».

A Marco hace 15 años le dieron el Grand Prix de la Academia Internacional de Gastronomía. Fue votado por Giovanni Agnelli «il dottore» ya fallecido, Alfonso Cortina, el ex titular de Repsol YPF, el conde Nuvolletti, padre de Ira Furstenberg y casado con Chiara Agnelli, y por Gutiérrez Zaldívar, obvio, entre otros.

A «Caspia» va a comer «el mejor caviar y el mejor salmón del mundo» y al lado, en el pub «Guinea», toma cerveza negra. Son sitios inaccesibles para fotógrafos, por eso los frecuentan Alain Delon o Elizabeth Taylor.

De Londres le gusta la ropa. Algunos de sus trajes fueron hechos en «Seville Road» y los zapatos, comprados en «Churches». La profesión vuelve al primer plano: «Esta ciudad es el centro mundial del arte. En ningún lugar se pueden comprar tantas obras». Veinte años antes de estos viajes, Gutiérrez Zaldívar aprendió que el ingenio reemplaza al dinero. La enseñanza fue clave en su carrera. Estaba en Nueva York, en una estadía tan austera como le permitía su presente laboral, junto a su esposa Margarita, «lejos, la mujer más importante de mi vida». Leyeron un aviso en «The New York Times» que prometía dar la vuelta al mundo en primera clase por 1.900 dólares. Partieron hacia la calle 42, donde tenía las oficinas Mr. Morton. El veterano agente de viajes les vendió dos pasajes emitidos en Budapest, por el precio prometido. El secreto estaba en la ventaja de la paridad cambiaria por comprarlos en Hungría. El viaje fue en Kwait Airways en un jumbo 747 tan nuevo como la línea aérea. El servicio de a bordo era impecable con manjares y bebidas que se llevan bien con la fastuosidad de los jeques árabes. Partieron hacia Londres, de allí a Budapest, para justificar la emisión del pasaje, luego fueron a París y retornaron a Nueva York. «En ese viaje cometí el peor pecado de mi vida: descubrir la primera clase», cuenta. Mr. Morton siguió diseñando y abaratando sus viajes, y conoció la Argentina invitado por Nacho. La amistad continuó hasta la muerte del agente de viajes.

Sorprende que a Gutiérrez Zaldívar no le gusten París ni Nueva York. De la capital de Francia no le agradan los parisinos, pero almuerza cada vez que visita la ciudad en el museo D'Orsay que guarda la mejor colección de pintores impresionistas. En «L'Ambroise», un restorán donde se reserva mesa 90 días antes como mínimo, acepta el menú del día y le pide al sommellier: «Deslumbrame». El Chateau d' Yquem, un Sauterne incomparable; o un Cheval blanc, un puro Merlot nacido en las 20 mejores hectáreas de Burdeos, son los preferidos. El Chateau d' Yquem con un foie grass fue elegido como el mejor «marriage» (matrimonio) del mundo por la Academia de Gastronomía.

Nueva York lo ahuyenta con el ruido y no le quedan estímulos porque, según Nacho, se perdieron varios de sus encantos, como la sobriedad del restorán «La Coté Vasque», o el buen pato a la naranja del «Four Seasons».

Los musicales no los ve en Broadway, prefiere Londres. No se cansa de ver «Cats» porque «Andrew hizo que 48 butacas estén dentro del escenario que es donde mejor se disfruta la obra». La afición por la música le vino de Dinorah, su madre, cónsul uruguaya en la Argentina y apasionada por el tango. Ramón, su padre, administraba propiedades. El matrimonio llevaba una vida ajustada con sus cinco hijos. El presupuesto familiar restringía las salidas de los fines de semana a exposiciones, museos o el cine.

Gutiérrez Zaldívar se recibió de abogado en 28 meses, pero ejerció la profesión poco tiempo. De sus viajes le quedaron notables amistades, como la de Michel Camdessus, el ex director gerente del FMI, al que lo describe como «un hombre muy sensible que crió 8 hijos y hoy está preocupado por las necesidades de los más pobres».

Si bien Nacho Gutiérrez Zaldívar ama Venecia y admira Londres, no podría vivir en otro lugar que no sea Buenos Aires porque aquí «soy profeta en mi tierra».

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