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Cómo ve Londres, Venecia y París un coleccionista de arte y gourmet
Ignacio Gutiérrez Zaldívar comparte con Andrew Lloyd Weber su pasión por el “Setecento Veneziano”. Como promotor del arte argentino, le vendió al inglés cuadros de Molina Campos.

A Marco hace 15 años le dieron el Grand Prix de la Academia Internacional de Gastronomía. Fue votado por Giovanni Agnelli «il dottore» ya fallecido, Alfonso Cortina, el ex titular de Repsol YPF, el conde Nuvolletti, padre de Ira Furstenberg y casado con Chiara Agnelli, y por Gutiérrez Zaldívar, obvio, entre otros.
A «Caspia» va a comer «el mejor caviar y el mejor salmón del mundo» y al lado, en el pub «Guinea», toma cerveza negra. Son sitios inaccesibles para fotógrafos, por eso los frecuentan Alain Delon o Elizabeth Taylor.
De Londres le gusta la ropa. Algunos de sus trajes fueron hechos en «Seville Road» y los zapatos, comprados en «Churches». La profesión vuelve al primer plano: «Esta ciudad es el centro mundial del arte. En ningún lugar se pueden comprar tantas obras». Veinte años antes de estos viajes, Gutiérrez Zaldívar aprendió que el ingenio reemplaza al dinero. La enseñanza fue clave en su carrera. Estaba en Nueva York, en una estadía tan austera como le permitía su presente laboral, junto a su esposa Margarita, «lejos, la mujer más importante de mi vida». Leyeron un aviso en «The New York Times» que prometía dar la vuelta al mundo en primera clase por 1.900 dólares. Partieron hacia la calle 42, donde tenía las oficinas Mr. Morton. El veterano agente de viajes les vendió dos pasajes emitidos en Budapest, por el precio prometido. El secreto estaba en la ventaja de la paridad cambiaria por comprarlos en Hungría. El viaje fue en Kwait Airways en un jumbo 747 tan nuevo como la línea aérea. El servicio de a bordo era impecable con manjares y bebidas que se llevan bien con la fastuosidad de los jeques árabes. Partieron hacia Londres, de allí a Budapest, para justificar la emisión del pasaje, luego fueron a París y retornaron a Nueva York. «En ese viaje cometí el peor pecado de mi vida: descubrir la primera clase», cuenta. Mr. Morton siguió diseñando y abaratando sus viajes, y conoció la Argentina invitado por Nacho. La amistad continuó hasta la muerte del agente de viajes.
Sorprende que a Gutiérrez Zaldívar no le gusten París ni Nueva York. De la capital de Francia no le agradan los parisinos, pero almuerza cada vez que visita la ciudad en el museo D'Orsay que guarda la mejor colección de pintores impresionistas. En «L'Ambroise», un restorán donde se reserva mesa 90 días antes como mínimo, acepta el menú del día y le pide al sommellier: «Deslumbrame». El Chateau d' Yquem, un Sauterne incomparable; o un Cheval blanc, un puro Merlot nacido en las 20 mejores hectáreas de Burdeos, son los preferidos. El Chateau d' Yquem con un foie grass fue elegido como el mejor «marriage» (matrimonio) del mundo por la Academia de Gastronomía.
Nueva York lo ahuyenta con el ruido y no le quedan estímulos porque, según Nacho, se perdieron varios de sus encantos, como la sobriedad del restorán «La Coté Vasque», o el buen pato a la naranja del «Four Seasons».
Los musicales no los ve en Broadway, prefiere Londres. No se cansa de ver «Cats» porque «Andrew hizo que 48 butacas estén dentro del escenario que es donde mejor se disfruta la obra». La afición por la música le vino de Dinorah, su madre, cónsul uruguaya en la Argentina y apasionada por el tango. Ramón, su padre, administraba propiedades. El matrimonio llevaba una vida ajustada con sus cinco hijos. El presupuesto familiar restringía las salidas de los fines de semana a exposiciones, museos o el cine.
Gutiérrez Zaldívar se recibió de abogado en 28 meses, pero ejerció la profesión poco tiempo. De sus viajes le quedaron notables amistades, como la de Michel Camdessus, el ex director gerente del FMI, al que lo describe como «un hombre muy sensible que crió 8 hijos y hoy está preocupado por las necesidades de los más pobres».
Si bien Nacho Gutiérrez Zaldívar ama Venecia y admira Londres, no podría vivir en otro lugar que no sea Buenos Aires porque aquí «soy profeta en mi tierra».


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