10 de julio 2001 - 00:00

El rey de la comedia

El rey de la comedia
Richard Corliss


Así es la trayectoria que siguen los personajes que encarnó Jack Lemmon a lo largo de una carrera cinematográfica que duró casi 5 décadas: comienzan en pleno apogeo y terminan dándose de bruces contra el desencanto. A su muerte la semana pasada, a consecuencia de un cáncer cuando contaba 76 años, Jack Lemmon era elogiado y considerado un tipo decente enfrentado a la nueva moral (es decir, a la carencia de ella). Fue el publicista que en Días de vino y rosas contemplaba cómo su carrera y su matrimonio se esfumaban convertidos en vapor de alcohol destilado. En El apartamento y en muchos otros largometrajes posteriores (Perdidos en Nueva York, Salvad al tigre, El síndrome de China) interpretó a un hombre de negocios a punto de ser traicionado por sus propios instintos. Era la triste cara de payaso de un Estados Unidos en el ocaso de u etapa imperial; era el empleado leal estereotípico de un feroz sistema que termina volviéndose contra él. El Lemmon maduro era un impertérrito sufridor de guante blanco.
Nació para su papel: era hijo de un ejecutivo bostoniano, fue a escuela de ricos, estudió en Harvard, y fue alférez de la marina estadounidense (como Pulver, el personaje de
Escala en Hawai). Desde el comienzo fue todo un maestro del chiste en el momento justo y del comportamiento pasmoso en contextos formales y sobrios. Su aspecto desconcertado congeniaba con el ritmo poco ortodoxo y la peculiar entonación que daba a sus diálogos.
A diferencia de la mayoría de los actores hollywoodienses, que tienden a dormirse en los laureles de u propia fama, Lemmon era un trabajador nato. Sus interpretaciones permití-an al público ver cómo percibía él mismo a sus personajes. Sus papeles eran, sobre todo, fruto del esfuerzo y la dedicación.
Pero no era sólo cuestión de técnica. Si Lemmon mereció dos Oscar y seis nominaciones, y un Emmy el pasado año por la miniserie Tuesdays With Morrie (Martes con Morrie), no e los debe sólo al udor de u frente, sino a u aguda percepción de los personajes, hombres que e ahogan en el sudor del fracaso y tratan de mantenerse a flote hasta que sucumben heroicamente.
Pero u instinto de comediante nunca lo abandonó. Mantuvo viva la comedia de la clase media alta durante largo tiempo, quizás, más de lo debido. La precisión de su dicción, la aparente intimidad de sus apartes, y aquella risa socarrona le ganaron el afecto del público. Nadie le dedicó tanta inteligencia y energía al humor hollywoodiense de la época como Lemmon. De u boca salieron los mordaces comentarios sociales ideados por Billy Wilder (en iete largometrajes), Blake Edwards (en seis), y Neil Simon (en tres). Destacan
El apartamento, La extraña pareja, y Con faldas y a lo loco, la más divertida de las farsas, donde Tony Curtis y Lemmon se disfrazan de mujer.
Al principio, Lemmon solía hacer de tipo simpático (según él mismo se definió en el film Phffft!: honesto, ahorrativo, metódico, formal, recto y, en definitiva, bastante aburrido ) al que cortejaban las rubias atractivas y excéntricas Judy Holliday y Kim Novak. Con Shirley MacLaine en El apartamento y en Irma la dulce hizo de caballero retraído que intenta seducir a una mujer que conoce de sobra sus intenciones; era el cordero haciéndose pasar por lobo. Pero el hombre de Lemmon se mostraba más seguro de sí mismo rode-ado de otros hombres. Ya desde sus prime-ras comedias de corte militar, como Escala en Hawai, hasta los largometrajes en que interpretó a Nellie junto al Butch de Walter Matthau (Bandeja de plata, La extraña pareja, y la serie de Dos viejos gruñones), Lemmon se sentía como pez en el agua en medio de la camaradería bravucona del mundo varonil.
En su última etapa, Lemmon buscó inspiración en la obra de autores serios , como John Osborne (una versión televi-siva de El animador), David Mamet (Glengarry Glen Ross), y Raymond Carver (Vidas cruzadas), todos ellos con un ritmo humorístico bilioso propio de Wilder, pero sin finales felices para compensar tanto sufrimiento. En Glengarry Glen Ross, Lemmon interpreta a Shelley Levene, un vendedor de pésimos terre-nos y falsas esperanzas que fracasa, no por sus escrúpulos, sino porque el sistema que le suministra el pan de cada día termina machacándolo.
Estados Unidos, nación rebosante de orgullo en los 50, terminó doblegán-dose y cuestionándose a sí misma. Lemmon reflejó dicho cambio abiertamente en us interpretaciones. Demostró al reticente público estadounidense que Joe
E. Brown tenía razón cuando, al final de
Con faldas y a lo loco, le dice que Nadie es perfecto . Jack Lemmon tampoco lo fue, pero sí tuvo uno de los rasgos característicos de los estadounidenses: la valentía, que hizo de él un hábil come-diante, un rey de la tragicomedia, y un artista ingenioso e incomparable.