21 de julio 2006 - 00:00

''El vino es amistad, habla de la cultura y de la vida''

Zuccardi se apasiona al recorrer los viñedos de la Finca Beltrán, en Maipú. Junto a los campos ubicados en Santa Rosa, la bodega posee 650 hectáreas cultivadas con vides y alrededor de una docena de líneas de productos.
Zuccardi se apasiona al recorrer los viñedos de la Finca Beltrán, en Maipú. Junto a los campos ubicados en Santa Rosa, la bodega posee 650 hectáreas cultivadas con vides y alrededor de una docena de líneas de productos.
Escribe Pablo Domini Enviado especial a Mendoza

El vino es un medio de comunicación, donde está hay amistad, hay un vínculo cálido, la gente se relaciona mucho más. Y el vino no sólo habla sobre sí mismo, sino sobre muchos aspectos de la cultura y de la vida de la región.» Así define José Alberto Zuccardi al producto surgido de la vid, sobre el cual gira por completo su vida y la de la bodega Familia Zuccardi fundada por su padre, Alberto, a fines de los años 60, en Maipú, Mendoza.
Zuccardi se muestra como un apasionado por la viticultura y hoy mantiene el mismo espíritu con el cual comenzó a dedicarse tiempo completo a la empresa familiar, en 1976. Desde entonces, se transformó en el puntal de una serie de innovaciones que lanzaron la bodega hacia un sostenido crecimiento merced a una cultura de constante innovación. «Queremos vincular el vino a las demás expresiones de la cultura de la región, como la música, la pintura, la escultura», indica Zuccardi desde la bodega donde se realizan recitales y muestras de arte, que tienen como requisito que los protagonistas sean de origen mendocino.
Este énfasis por lo local se evidencia en las costumbres de Zuccardi, que nació y siempre vivió en Mendoza. Los negocios lo llevan cotidianamente a destinos como Hong Kong, Londres o San Pablo, pero él asegura que no piensa cambiar su residencia. «Estoy muy cómodo en Mendoza. Si hasta estoy a punto de mudarme a acá, a la bodega», bromea.
Periodista: ¿Cómo se inicia la bodega familiar?
José Alberto Zuccardi: Mi padre (Alberto) es ingeniero civil y comienza a trabajar en un tema muy importante para la región, como es el mejor aprovechamiento del agua, ya que Mendoza es un desierto donde sólo 3,5% de la superficie es cultivable. El es tucumano y llegó desde allá alrededor del año 50. Se apasionó con resolver los problemas del desierto, adaptando formas de riesgo que se utilizaban en esa época en California y fue así que empezó un viñedo justamente para demostrar su sistema. Desde entonces se apasionó con la viticultura. En 1963 comenzó con este viñedo (Maipú) y en 1968 comenzó la construcción de la bodega. En 1973 se sumaron los viñedos de Santa Rosa. La empresa se fue armando gradualmente, durante muchos años fuimos productores de uva que elaborábamos nuestros vinos y los vendíamos a granel. Luego empezamos en el camino de embotellar y acceder al mercado. Ahí fui aprendiendo y la empresa fue creciendo en la década del 80 y del 90.
P.: ¿Cuándo empieza su vínculo con el vino?
J.A.Z: Me sumé al proyecto en 1976, a los 22 años. Estudié enología en mi escuela secundaria y luego empecé a estudiar ingeniería química en la Universidad de San Juan, pero dejé cuando me puse a trabajar con mi padre en el viñedo. En realidad lo que más he hecho y más disfruto es trabajar en viticultura.
P.: ¿Hay antecedentes de algún Zuccardi bodeguero antes que su padre?
J.A.Z: La familia proviene de Avellino, Italia. Yo soy cuarta generación en la Argentina. Es muy probable que mis ancestros hayan sido viticultores y que en la Argentina haya sido mi padre el que recuperó las raíces.
Una de las características salientes del trabajo de los Zuccardi es la recuperación de viejas prácticas vitícolas y vitivinícolas. «Hemos trabajado mucho en esto, con variedades como Tempranillo o Bonarda. Fuimos los primeros en elaborar vinos de alta gama con estas variedades», señala Zuccardi, que además explica que «la bodega tiene un proyecto de innovación con 35 nuevas variedades de Francia, Portugal, España e Italia, principalmente». Ancellota, Caladoc, Grenache, Marsanne y Mourvedre son apenas algunas de estas variedades que rescatan en la bodega.
P.: ¿Cuál es el objetivo de estos experimentos?
J.A.Z: Buscamos desarrollar, innovar, pero también rescatar aspectos que hacen a la historia de la región. Variedades como el Tempranillo existían en Mendoza antes que el Malbec, los españoles lo trajeron en el siglo XVII. El Malbec hoy es la estrella de la región, pero llegó en el siglo XIX.
A su vez, Zuccardi agrega que no sólo buscan innovar en los tipos de uva, sino que además buscan «desarrollar productos para distintas situaciones de consumo. Hicimos el primer vino de postre, cosecha tardía, con muy alta concentración de azúcares, en 2000», señala. Hoy, una de las estrellas de la firma es el Malamado, «un Malbec fortificado que es innovador, porque utilizamos el procedimiento que usan los portugueses para el Oporto, pero esto es algo distinto, ya que es 100% Malbec», indica Zuccardi.
Otro factor que destaca este empresario bodeguero mendocino es la enseñanza. Tanto dentro de su empresa, como hacia los consumidores, la búsqueda apunta a que se conozca más sobre vino. «Cuando se empiezan a apreciar mayores diferencias entre los sabores, se disfruta más», asegura Zuccardi que, de todos modos aclara: «Para beber vino no hay que saber. Me gusta, no me gusta, es suficiente. Pero lo interesante es que cuando las personas empiezan a conocer otros aspectos descubren en mayor medida el vino y tienen la posibilidad de un mayor placer».
Es así que Zuccardi pone el acento en el rol social del producto de las vides: «El vino es un medio de comunicación, donde está hay amistad, hay un vínculo cálido, la gente se relaciona mucho más. Y el vino no sólo habla sobre sí mismo, sino sobre muchos aspectos de la cultura y de la vida de la región».
Cuesta separar a Zuccardi del vino, ya que ocupa la mayor parte de su tiempo en relación con la bodega. A la hora de elegir un hobby, menciona los viajes. No los de negocios, que al menos cuatro meses al año lo llevan a destinos de Asia, América y Europa, donde se encuentran sus mercados, sino los de placer. «Este año hicimos con mi hijo el Camino del Inca. Fuimos al Cusco y desde allí los cuatro días del camino. El año anterior escalamos el Aconcagua. Estuvimos dos semanas, hicimos cumbre. No nos sobró nada, pero llegamos el 8 de enero de 2005», recuerda.
«Me gustan las experiencias que te hacen dedicar sólo a tu propia supervivencia. Uno vive muy enajenado, trabajando, con las cosas personales ya dadas, sobreentendidas. Todo cambia cuando tenés que caminar, cargar tus cosas, encargarte de tu descanso, tu alimentación, de derretir agua, depender del clima, de la naturaleza... Para mí, todo eso es un antídoto a la locura, porque en las ciudades perdemos la dimensión real y sólo consideramos nuestro mundo, algo que nos puede llevar a un estado de omnipotencia», concluye.

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