Entre vinos y turismo hay una beneficiosa sinergia

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"Los argentinos somos tradicionalistas, duros para cambiar, pero desde hace una década, acaso estimulados por los visitantes extranjeros o los premios que cosechan nuestros vinos en el mundo, están ávidos de nuevos sabores, de nuevas sensaciones, y están privilegiando decisivamente la calidad», considera Julio Viola, un emprendedor que en apenas una década se ha convertido en unos de los referentes de la industria vitivinícola. Viola preside La Inversora SA, la Bodega del Fin del Mundo, es vicepresidente regional de Bodegas de Argentina y uno de los directivos de Wines of Argentina. Dialogamos con él.
Periodista: Si bien es dirigente de entidades de promoción de los vinos argentinos, usted es un bodeguero reciente.
Julio Viola: Estoy empezando a ser bodeguero.
P.: ¿Usted es uruguayo?
J.V.: Nací en Montevideo, hace 34 años que vivo acá, desde los 18 años, soy ciudadano argentino, mis hijos son argentinos y mi vida comercial está aquí. Mis ancestros, al llegar de Italia al Río de la Plata se dividieron, unos fueron al Uruguay, mis abuelos, y otros vinieron a la Argentina. Hoy mi familia está mezclada en las dos orillas. Hay datos que parecieran haberme marcado un destino, aunque sea por mera casualidad. Mi hermana hace un tiempo, cuando yo ya tenía mi bodega, encontró un diario de más de 80 años con el obituario de un tío abuelo donde lo señalaban como el primer vitivinicultor patagónico. En 1974 vine a la casa de una tía, en Cipolletti, después traje a mi novia del Uruguay y nos casamos.
P.: ¿Por ese tiempo qué estaba estudiando?
J.V.: Derecho, pero no seguí porque apenas llegué aquí tuve que ponerme a trabajar. Creo que me recibí de emprendedor. Hice infinidad de cursos de marketing, de comercialización, focalizándome en lo que iba desarrollando. Comencé trabajando en la empresa de jugos Cipolletti, y como exportaban a Estados Unidos, y yo había estudiado en un colegio inglés, de cadete pasé a jefe. En ese tiempo, la Patagonia, que se veía precisada de recursos humanos formados, ofrecía enormes oportunidades. Estaba todo por hacer. Cuando llegué, Neuquén tenía 40 mil habitantes, hoy tiene 250 mil.
P.: ¿Cómo hizo para progresar superando las etapas difíciles?
J.V.: El país ha tenido crisis constantes, y las crisis son oportunidades, la cuestión es estar atento. A mí no siempre me ha ido bien, pero no dejé de emprender nuevos desarrollos.
P.: ¿Por ejemplo?
J.V.: En tiempos de «el que apuesta al dólar pierde», de Lorenzo Sigaut, estaba importando posters tridimensionales. Mandé hacer de Maradona, de los Beatles, de básquet, de personajes de Disney, tuve algunos líos con los royalties, pero me fue muy bien. De ese emprendimiento tenía deudas en dólares en el exterior cuando se armó el lío del 81. Antes vendía autos, camiones de Scania en una zona de la cordillera. Siempre trabajé mucho. En el 82 empecé una inmobiliaria con un amigo que en pocos años se transformó en una de las más importantes de la región. Con esa sociedad hicimos todo el desarrollo de El Chañar. Pero ya en ese tiempo quería tener algo personal, trabajar para mí mismo. Y tuve suerte. Siempre digo que en los negocios cuenta el esfuerzo, la habilidad, pero la suerte tiene una preponderancia enorme, sobre todo en la Argentina. Estar en el lugar adecuado en el momento adecuado es un factor que hace de un tipo un genio o un tarado, y en realidad el tipo no era ni una cosa ni la otra, estaba en un lugar, en un momento que lo mostró de una de esas dos maneras.

LA SUERTE ES MUY IMPORTANTE

P.: ¿Es ahí que surge su emprendimiento vitivinícola?
J.V.: En 1996 comenzamos con 3.200 hectáreas de desierto en San Patricio de Chañar, en Neuquén. En 1999, después de las obras de riego imprescindibles, plantamos los primeros viñedos. En 2002 conseguimos una primera cosecha que resultó de estupenda calidad. En 2003 salimos al mercado nacional y al año siguiente ya estábamos en el internacional; a partir de ahí no dejamos de crecer exponencialmente y de ganar premios con nuestros vinos. La suerte, como dije, nos acompañó: tuvimos un nombre con mucha magia que me sugirió una amiga francesa: La Cave du Fin du Monde, o sea la Bodega del Fin del Mundo, y a eso se sumó como apellido un lugar que fascina: Patagonia.
P.: ¿Por qué la Patagonia está de moda?
J.V.: Lo está desde hace mucho, es una región espectacular desde todo punto de vista. Nuestra zona
-Río Negro, Neuquén, Chubut- posee un clima fantástico, tiene claramente definidas las cuatro estaciones: verano, otoño, invierno, primavera. Hay posibilidades laborales. Alta calidad de vida. Permanente desarrollo y actualización en todos los sectores. Y además, hay pocos nombres en el mundo con tanta mística, con tanto atractivo como Patagonia. Al nombrar Siberia se piensa en un lugar frío e inhóspito donde mandaban a morir a los disidentes, no da ninguna gana ir allí, en cambio Patagonia es muy vivible y tiene la mística de ser la tierra del fin del mundo, una historia casi de western con fabulosos pioneros, centros de esquí, ballenas, bosques, planicies inigualables, restos de dinosaurios; es uno de los pocos lugares del planeta donde uno se puede pasear por las huellas de la creación. Bueno, no por nada magnates norteamericanos y europeos compran hectáreas y hectáreas, y las mantienen tal como están, como un edén. Acá Ferrari, Lamborghini, vienen a probar sus autos, a hacer tests de larga duración, a poner sus ve-hículos a altísimas velocidades en nuestras estepas, en nuestras rectas interminables. Por todo eso es uno de los primeros destinos turísticos en el país.
HACIA NUEVOS
TERRITORIOS
P.: ¿A qué se debe el boom de los vinos argentinos?
J.V.: Un día, cuando yo era director de Wines of Argentina, le dije a Enrique Meyer, secretario de Turismo: ustedes no han comenzado a valorar la importancia de nuestros vinos en el turismo. Y nosotros, los de la industria vitivinícola, no habíamos empezado a valorar la importancia del turismo en el vino. Y entre vino y turismo hay una valiosa sinergia. Si llegan cinco millones de visitantes, cuatro millones de ellos por lo menos van a comer un buen bife y a tomar una copa de tinto; cuando vuelven a su país, comentan lo que saborearon, la calidad que descubrieron. Así, por los turistas hemos penetrado en territorios insospechados. Italia, Francia, España, Estados Unidos, hoy compran vinos argentinos, además de otros muchos países que no tienen el sello de ser productores de vinos.
P.: ¿Participan del boom los vinos patagónicos?
J.V.: Acá está Canale, una gran empresa de Guillermo Barzi, alguien que ha sobrevivido a todas, y ha forjado un camino. Pero el volumen de los vinos patagónicos, en algún sentido, fue nuestro aporte. Lo más importante acaso sea que hoy entre todas las bodegas de la Patagonia (entre otras, del Añelo, NQN, del Fin del Mundo, Gritini) logramos la imagen de ofrecer vinos de alta gama. La producción de Neuquén es sólo de vinos finos. Competimos, y eso nos exige crecer en calidad.
P.: Usted fue director titular de Wines of Argentina, ¿y ahora?
J.V.: He pasado a revisor de cuentas, dentro de la comisión directiva. Antes era director pero, bueno, son más los de Mendoza (ríe), siempre les hago chistes con eso. El mendocino es medio porteño en eso por la concentración de todo. Wines of Argentina es una gran institución, la que nos permitió salir al mundo, y apoya a todas las empresas que empiezan a exportar. Antes de empezar a lanzar mis vinos al extranjero, yo ya estaba en Wines of Argentina, porque en mí el concepto comercial es anterior, me muestra lo que el mundo pide, qué tengo que hacer.
P.: ¿Cambió el gusto de los argentinos, que ahora se muestran más exigentes en la calidad de los vinos?
J.V.: Se fue aggiornando, a pesar de que los argentinos somos duros para los cambios. Somos muy tradicionalistas, preferimos mantenernos con lo que estamos conformes, continuar instalados en una marca. En los vinos ha ido creciendo un público ávido de nuevos sabores y nuevas sensaciones. Tiene para elegir entre mendocinos, patagónicos, salteños, sanjuaninos, riojanos, catamarqueños, pampeanos, donde siempre encontrará los de altísima calidad. Pocos países en el mundo tienen algo parecido. A nosotros, los que tenemos vinos extraordinarios, todavía nos falta dar el paso a los première grand cru, pero ya vamos a llegar.

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