11 de diciembre 2006 - 00:00

Este asombro de no saber qué vemos

Este asombro de no  saber qué vemos
Escribe Gabriela Zampini

Indagar en la configuración temporal impura de la imagen, dar cuenta del desafío que atañe al presente de la historia del arte y ensayar una alternativa metodológica hasta hoy desplazada, son los objetivos de George Didi-Huberman en su libro «Ante el tiempo», una historia del arte y el anacronismo de las imágenes, editado por Adriana Hidalgo.

Ante la imagen

Ni un «objeto cronológico», ni estrictamente el pasado. Lo que convoca e interroga al historiador del arte es más complejo. El teórico francés observa que la imagen sólo deviene pensable desde una construcción de la memoria en la que lo ocurrido se reconfigura, dando lugar a un montaje de tiempos heterogéneos. Preguntar qué se ve cuando se contempla una imagen, sostiene, implica reconocer esta complejidad inexorable y reconocernos ante lo mirado, «humildemente», como elemento débil: «la imagen tiene a menudo más de memoria y más de porvenir que el ser que las mira».
Por vivenciar y reconocer la necesidad de complejizar los modelos de tiempo para que el saber histórico pueda atravesar «el tejido de memorias múltiples» que signa las imágenes, Didi-Huberman redescubre a quienes realizaron una mutación, en lo que respecta a su comprensión y estudio, en Alemania y Viena de principios del siglo XX, posicionando a la historia del arte, por primera y única vez, en la vanguardia del pensamiento: Warburg, Benjamín y Carl Einstein. Estas «tres estrellas solitarias»- tal como nos convida pensarlas «Ante el tiempo», resaltando el hecho de que marcaron época aunque sin integrar un movimiento constituido-, coincidieron en situar la imagen en el centro de su práctica histórica y de su teoría de la historicidad. De ellos, este estudio toma la noción de anacronismo: «modo temporal de expresar la exuberante sobredeterminación de las imágenes», que estaría exigiendo pero también posibilitando un saber sobreinterpretativo al que sólo pueden querer renunciar los que el teórico francés llama con humor «historiadores fóbicos del tiempo».

Ante lo patrimonial

El título de esta nota no es una cita del libro de Didi-Huberman, como cabe esperar, pero, de cierto modo, sabe celebrar su espíritu. Se trata de la voz del poeta Santiago Sylvester, que ante la imagen de un cielo estrellado se asombró de estar viendo, con fascinación, la luz de lo que está, paradójicamente, muerto hace años. Didi-Huberman se refiere al momento fecundo de mutación epistemológica dentro de la historia del arte como a un momento que ha muerto dos veces: primero destruido por sus enemigos, luego negado y abandonado por sus herederos («la Segunda Guerra quebró el movimiento, la posguerra enterró su memoria»). Sin embargo, él lo ve bien: parece seguir siendo un momento luminoso. He aquí el valor agregado de «Ante el tiempo»: su tratamiento de lo patrimonial. Didi-Huberman no se propuso un proyecto novedoso sino una «relectura necesaria». En una época como la nuestra, que tan mal entiende el significado de la tradición y que encuentra en toda polarización algo así como una clave de éxito, esta apuesta termina siendo, aun sin pretenderlo, novedosa. Un acierto teórico, sin duda, pero también una lección ética: «formo parte de una generación cuyos padres querían escuchar todas las músicas del mundo, salvo la de lengua alemana. Releer los textos de esta constelación anacrónica no es fácil, es necesario».

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