11 de julio 2008 - 00:00

''La Argentina ha sido para mí un regalo de la vida''

Corinne Lateyron estudió en la Universidad de Burdeos y fue alumna del reconocido Emile Peynaud.
Corinne Lateyron estudió en la Universidad de Burdeos y fue alumna del reconocido Emile Peynaud.
La enóloga y bodeguera francesa Corinne Lateyron vino hace 13 años a asesorar a la bodega Bianchi sobre la forma de hacer un champán con el espíritu de los de Francia, y descubrió un país que la maravilló. Corinne Lateyron vive cerca de Burdeos, una ciudad que sigue siendo considerada la capital mundial del vino. Con ella pasamos de sus estudios y su trabajo en Mendoza a hablar de los vinos orgánicos y los biodinámicos.
Periodista: ¿Cómo se le ocurrió convertirse en enóloga y tener, además, su propio chateau?
Corinne Lateyron: Mi bisabuelo comenzó a hacer un espumante, y mi abuelo, mi padre y yo hemos continuado esa tradición familiar, mantenemos una bodega. Antes, mucho antes que mi bisabuelo, ya mi familia producía vino tinto. Por ese tiempo se vendían a los vecinos, a los pueblos cercanos, luego con la fama de los vinos de Burdeos se venden en casi todo el mundo. A los nuestros los vendemos la mitad en Francia y la mitad los exportamos.
P.: ¿Dónde estudió?
C.L.: En la Universidad de Burdeos, y gocé del privilegio de tener como profesor a Emile Peynaud. Si elegí la profesión de enóloga es porque tiene una parte científica, ligada con la naturaleza, y una parte de creatividad porque cada año tiene un clima diferente y hay que adaptarse a las nuevas circunstancias de producción. Uno en la facultad aprende la técnica, luego con la experiencia se puede dejar llevar por la intuición. La creatividad tiene mucho de arte; uno sabe las cosas de base que tiene que hacer dependiendo de las uvas que se van a cosechar, tiene que ir mirando, probando y haciendo análisis de laboratorio, y tomando decisiones a partir de todo eso y en eso juegan la intuición, el impulso artístico de lo que se quiere conseguir.

asesoramiento en la argentina

P.: ¿Su experiencia vitivinícola la llevó a viajar por el mundo?
C.L.: No mucho; tengo que cuidar mis viñas, mi bodega. Trabajo también para la bodega de mi marido. En la Argentina asesoro una gran bodega. He ido a Italia a estudiar la zona del Chianti, y al Valle de Napa, en California, a realizar cursos de posgrado. Y, obviamente, he andado las regiones del vino de Francia; soy muy francesa y me gusta la complejidad aromática de los vinos de mi país.
P.: ¿Cómo llega a la Argentina?
C.L.: La familia Bianchi, que tiene un amigo en Burdeos, le preguntó si conocía un enólogo. Todo se dio de tal manera que parecía listo para que yo viniera acá. Eso sí, apenas una semana porque no puedo descuidar mi bodega y la de mi marido.
P.: ¿Cómo ve a nuestro país?
C.L.: Hace 13 años que vengo, y la Argentina ha cambiado mucho. Para hablar de lo que más conozco, antes los vinos tintos argentinos tenían características más europeas, ahora están más en un gusto norteamericano. Para los espumantes, el nivel de calidad estaba aquí muy bajo; ahora están a nivel mundial, como en Francia, por ejemplo. Se creció mucho en nivel. A mí me gustan muchos de los tintos argentinos, el clásico Malbec, el Syrah, el Cabernet Franc; para los blancos, el Chardonnay. Es más difícil de obtener aquí un buen Sauvignon.
P.: ¿Para qué fue convocada a la bodega de Mendoza?
C.L.: Querían hacer un vino de champán que antes no hacían. Construyeron una nueva bodega para hacer envejecer los vinos. Me convocaron de Bianchi en 1995 y vi nacer desde la primera botella de espumante hasta hoy.
P.: ¿Qué siente que le aportó a ese champán mendocino?
C.L.: Lo que necesité al comienzo fue conocer la zona de San Rafael. Mi profesionalidad como enóloga me dio la tecnicidad, pero tengo que conocer el lugar para hacer un buen vino, saber de las costumbres de cómo cosechar, del clima, de la rapidez de maduración, del terroir, de las edades de las viñas, de la variedad de las viñas, de cómo se comportan y de cómo se las poda. Todo eso, que yo no conocía, es lo que hay que saber antes de hacer vino. A partir de ahí, y con los enólogos de la bodega, busqué alcanzar la más alta calidad. Ahora hemos elegido unas viñas que nos van dar la calidad que debe corresponder para un gran champán en el que mezclamos un Chardonnay, un Pinot Noir, porque son los mejores varietales para hacer ese tipo de vino. Y hacemos envejecer como en Francia, un año y medio a dos, depende, pero mayor cantidad que en mi país. Por otra parte, la bodega Bianchi posee fincas exclusivas para cultivos orgánicos, que pueden dar vinos orgánicos.
P.: Usted en su bodega trabaja ya en biodinámica, ¿qué es eso?
C.L.: La biodinámica es una técnica que actúa a un nivel energético sobre el vino. Lo que pretende esa técnica es mejorar el suelo donde está la vid con preparados biodinámicos o con sustancias animales y vegetales, respetando siempre los ciclos lunares. Se tiene un calendario que marca la influencia de los planetas. Es muy científica, se utiliza la astronomía. Hay planetas que influyen más en la parte fruta, otros en las raíces, otros en las hojas o en las flores. Se utilizan abonos naturales que permiten enfrentar a las plagas. Tres cosas se aplican durante el año para ayudar a hacer crecer las raíces, a crecer las viñas, que se hacen con una dinamización de ceniza especial. Yo practico esto en mis viñas y me doy cuenta de que les da a las viñas fortaleza para luchar contra las enfermedades. El fundador de esto es Rudolf Steiner, el creador de la antroposofía. Cada viticultor debe aprender, a su propio ritmo, cómo conseguir que sus cepas expresen de la mejor manera el carácter de sus suelos y microclima a partir de unas variedades adecuadas. Esta técnica, para cuyo empleo tuve que dejar de lado alguna parte de mi pensamiento científico, anda bien y se está expandiendo por el mundo.
P.: ¿Qué le parece la Argentina?
C.L.: Para mí fue un regalo de la vida. Me encanta este país, la diversidad de la naturaleza lo hace maravilloso. Y acá la gente es más humana, más cálida, más amable.

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