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La Navidad se esparce ya por mil escenarios

Los negocios se aderezan con detalles simbólicos tradicionales. Las calles se engalanan. Se cubren de luces que tienen la forma de «la estrella de Belén», aquella que se dice que anunció el nacimiento de Cristo (estrella que ha servido para que algunos científicos sostengan que Jesús nació muchos años antes de la fecha que se da habitualmente). No es necesario hacer una recorrida especial para encontrarse con esas cosas, ellas nos asaltan a cada instante.
Y a medida que pasan los días es cada vez mayor. Se suman los aspectos declaradamente religiosos. Los pesebres escultóricos y vivientes. El aire se llena de villancicos (esos cantitos simples de adoración y fe, que hace quinientos años en Europa coreaban los pastores en sus villas). Se enciende en un parque un gigantesco candelabro por Jánuka. Junto a los signos de devoción, que imponen el respeto, se encuentran elementos que no dejan de sorprender a una mirada atenta.
Por ejemplo: ¿qué hacen los muñecos de nieve, los trineos de Santa Claus, los árboles inver-nalmente nevados que aparecen por todas partes, cuando noso-tros celebramos lo exactamente opuesto a eso: el comienzo del verano? ¿Se debe a la inmensa influencia de los Estados Unidos, donde todo eso es coherente, donde
Coca-Cola mundializó la figura actual de Papá Noel y hasta le agregó una Mamá Noel? A cada instante hay una pista que induce a recorrer la historia, por caso esos gnomos, elfos, duendes que acompañan a Santa Claus y que provienen de leyendas celtas, que imbrican otras aun más antiguas y paganas.
El dorado o amarillo está en la celebración del sol, tenga un nombre azteca o el de Apolo entre griegos y romanos. El rojo sangre es la corriente nutriente de la vida. El verde, la naturaleza en su constante renacer, y en su esplendor.
En los países donde comienza el invierno esos signos recuerdan que la vida continúa más allá de la nieve, reclama que el dios sol crezca en sus destellos, brille con mas fuerza, y que el futuro sea de esperanza.
¿Que comemos en verano?
Nueces, pavo, cerdo, castañas, almendras, garrapiñadas, pan dulce, turrones, vinos variados, champagne, sidra, se colocan sobre las mesas argentinas, ¿qué hacemos comiendo al comienzo del verano, con temperaturas que superan los 20 grados? Inexplicable, salvo que se trate de una conspiración de amor, un homenaje a nuestras tradiciones, una necesidad muy criolla de hacer culto de la amistad, de la alegría de juntarse. Se ha dicho demasiado que los argentinos descendemos de los barcos, que éste es el país más europeo de América latina, a fin de año tratamos de ratificar esa idea. Hacemos en nuestra mesa una comunión con «el mundo del Norte» de donde vinieron, padres, abuelos o bisabuelos, un homenaje a nuestros ancestros y a su lugar de origen. En los últimos tiempos nos hemos vuelto lentamente cada vez más argentinos, y se ha comenzado a servir un menú más fresco, más estival.
De Nochebuena a la noche vieja
La Nochebuena, que comienza a la caída del sol del 24 de diciembre, es la espera de la estrella que señale el nacimiento del Redentor, que reúne a los católicos en la Misa de Gallo, y a los paganos en el lanzamiento de fuegos artificiales para ahuyentar a los demonios de la mala suerte. La Noche Vieja es la llegada del nuevo año, la espera del Día de la Epifanía, y pera los paganos la «noche de los oráculos» y el momento de comer «las doce uvas de la suerte».
Las leyendas, mitos y costumbres de la Navidad son tan amplios y extensos, recorren tanto mundo, vienen de tan lejos, que resulta difícil ceñirlos en una líneas; sólo sirven de estímulo para seguir indagando o para no dejar de colgar sobre nuestra puerta hojas de muérdago para desear buena suerte con un beso a quien la atraviese, o comenzar el 8 de diciembre, el Día de la Inmaculada Concepción, a armar el árbol de Navidad.


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