Luciana Lamothe y su revolucionaria intervención artística
en la galería Sendrós.
Escribe Leo Estol
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Uno de los interrogantes que se plantean al ingresar a la muestra que realiza por estos días Luciana Lamothe en la galería Alberto Sendrós es cómo leer esa muestra. O, para decirlo de otro modo: ¿cómo funciona una muestra? Una muestra propone nuevas relaciones entre materiales, temáticas, objetos, figuras y colores; todo es susceptible de ser ordenado. Tal vez, para ser más precisos, no deberíamos hablar de relaciones nuevas, sino de relaciones diferentes de las del mundo real. Conexiones que el artista se procura gracias a su intuición. Y esa intuición rescata vínculos del inconsciente de la cultura, que poco después serán propuestos para la discusión y reformulados por otros actores de la escena.
A comienzo de año, tuvo lugar en la misma galería la muestra «Imperialismo Minimalismo». Una ambiciosa instalación que con proporcionales dosis de intensidad y ansiedad tomaba completamente el espacio, proponiendo un caótico recorrido a través de una enorme cantidad de materiales y referencias al mundo real para sintetizarlas y, finalmente, presentarlas al que mira como provocación: «¡Atención, de esto se trata vivir en ciudades!». Su tesis era que en la contaminación habitaba una enorme cantidad de energía.
En la muestra de Diego Bianchi, la toma de referencias proponía una fuerte catarsis al espectador, pero dejaba una pregunta en suspenso: ¿de qué manera esa sensibilidad tan intensa como dispersa generaba algo nuevo? Lo que Bianchi hacía con mucha gracia era ponerlo de manifiesto, proponiendo atractivas situaciones y asociaciones absurdas hasta llegar a un último capítulo inconcluso, planteando un abierto continuará. ¿Cómo estímulos de índoles tan diversas modifican la forma en la que miramos y cuál sería la función del arte hoy, en ese contexto? ¿Será el trabajo del arte celebrar cada forma nueva de contaminación que emerja en la cultura?
La respuesta de Lamothe a la provocación, a la catarsis bianchiana, viene sesgada por la precisión y la seguridad con la que Luciana aferra cada cosa a un lugar determinado, diciendo: ésta no es una muestra flexible, cada objeto tendrá un lugar determinado. El género con el que Lamothe abarca sus objetos se acerca más a la película de suspenso que a la comedia. A diferencia de la celebración de Bianchi, Lamothe propone un tono más frío y la referencia política que insinuaba el título en la instalación de Bianchi, en la muestra de Luciana gana en desarrollo. Probablemente, de todos los puentes que tensa esta muestra hacia lo real, ese grito que aparece repetido en varios soportes, «Fuego a la cumbre», sea el más certero y urgente. Una pared de la galería ha sido forrada en madera en donde se recorta un plafón de aluminio.
Una pequeña colección de carteles de empresas de seguridad rodea el aluminio. El estado de los carteles, algunos visiblemente dañados, anuncia su calidad de trofeo. La artista recorrió las calles de la ciudad haciéndose de estas plaquetas plásticas o autoadhesivas: «Area protegida, conectada con central de alarmas, propiedad vigilada». Las advertencias a los intrusos se repiten poniendo la seguridad en el centro de la escena, paradójicamente, en uno de los lugares más seguros del universo: ¡una galería de arte! Sobre la madera, las eles sostienen un plano de vidrio y sobre el vidrio, ladrillos, uno por cada ele. Es especialmente afortunada esta combinación, repito: madera a la pared, estante que sostiene vidrio y sobre el vidrio, ladrillo. Una argumentación de materiales en un círculo hermético perfecto. Hay en esa esquiva combinación de materiales un saber especial. Difícilmente capitalizable en palabras, pero que genera algo que podríamos proponer como estética removedora.
Una estética que tiende a desactivar y reformular el orden real. Y es ahí en donde aparecen los textos. Líricas y detalladas descripciones de operaciones en hojas A4 actúan de manera hipnótica sobre el lector. No aparecen en forma inmediata referentes para las descripciones y cada hoja cierra, de nuevo, con la proclama: «Fuego a la cumbre». ¿Puede una muestra de arte en una galería local derribar una cumbre política? Es ingenuo pensarlo y, sin embargo, creo que es una pregunta pertinente como pocas: ¿puede una muestra derribar o interferir una cumbre de altos mandatarios? ¿Qué herramientas tiene el territorio del arte para lograrlo? Lamothe, una artista modernista por sobre todas la cosas, aprecia cada material con un amor distinto y su hacer es ante todo escultórico. Estas esculturas un tanto silenciosas y reticentes a la mirada explorarán cómo la estética afecta las maneras de hacer política en una ciudad como, por ejemplo, Buenos Aires.
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