''Se me dio la genética de los emprendedores''

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Escribe Máximo Soto

En la Argentina hay poca conciencia emprendedora, falta gente para dirigir», dice al pasar Norberto Minuto, justo él, que es un emprendedor nato, que no deja de tener proyectos, que tiene como hobby la cría de caballos pura sangre y está planeando hacer termas en Madariaga.
La charla con Norberto Minuto, dueño del Cariló Village, lleva de sorpresa en sorpresa. Prestigioso médico gastroenterólogo, hijo de un médico que era «estanciero de alma», abandonó su profesión para dedicarse a la venta de taxis, para luego pasar a administrar los campos de su padre. Viajero empedernido, supo ver venir el boom del turismo y se convirtió en pionero de la hotelería en Cariló, ese reducto exclusivo de veraneo que él convirtió en lugar de descanso durante todo el año. Explica con humildad el selectivo estilo que imprimió a sus restoranes de Recoleta y Pinamar, o por qué quiere vender la isla de Tigre, frente a San Isidro, donde pensaba poner otro apart. Norberto Minuto parece no parar de hacer cosas. Justifica su conducta porque le fue dada «la genética de los emprendedores», y comenta que es nieto de aquel Roger Valet «que llegó con una mano atrás y otra adelante, de polizón, y se convirtió en uno de los hombres más ricos del país y en un filántropo», y sobrino de Luis Minuto, que fue presidente de River Plate, de la Unión Cívica Radical, y un hombre al que le gustaba comprar «cuadritos», un coleccionista que a él le legó un Corot, un Van Dyck, un Cesáreo Bernaldo de Quirós y varios Fader.

Cherchez la femme

«Un día que me encontré a comer con 'Tito' Lowestein, que había sido dueño del complejo Las Leñas, se presentó con un suizo que sabía todo acerca del marketing del turismo. Yo, que había comenzado con Cariló Village, lo ametrallé a preguntas. El tipo me explicó que en cuanto a destino de vacaciones, la mujer elige y el hombre decide, y por eso hay que buscar que a las mujeres les lleguen las propuestas, como en las novelas policiales, dijo, 'cherchez la femme'. Yo lo tuve en cuenta y me ha ido bien», comenta Minuto. Recuerda que Enrique Lowestein «entró en crisis con Las Leñas porque vendió con garantía nieve y fueron dos años que no nevó». Y pasa a sostener que «hoy el boom del turismo es irrefrenable», y que en Cariló «ya no hay lugar, acá compraron inversores españoles y norteamericanos, porque todo les parece regalado y es un refugio para la plata y un refugio personal, porque sobre todo los europeos viven con permanente susto de lo que pueda pasar. Hace poco, un grupo sueco compró un terreno, hizo veinte departamentos y en un mes los vendió a todos. Todo esto no figura en ningún lado como inversión extranjera, y esa inversión hormiga es enorme».

¿Comun y silvestre?

Minuto sostiene que tiene «una historia común y silvestre», de alguien que pasa de una profesión a otra, de alguien a quien «le sube la adrenalina» cuando hace un buen negocio. «Hijo de un médico prestigioso, fui médico. La muerte de un amigo me golpeó. La familia de un profesional depende de su estado de salud. Me entré a preocupar. A mí me iba bien, era jefe de gastroenterología al año de recibirme, era uno de los pocos en el país que hacía endoscopía digestiva. Pero me preocupaba el futuro. Una mañana dije: es el último día que me pongo el delantal. Dejé la medicina en 1977.» Pensaba dedicarse a administrar los campos de su padre pero, como si fuera un personaje de una novela de Paul Auster, el azar lo llevó para otros lados.
«A mí me gustaba jugar en la Bolsa, y había hecho algún dinero. Cuando decido cambiar el auto, conozco a una persona, de la que me hago amigote sin saber que iba a ser mi socio. Un día me dice: ¿Ponemos una agencia de autos? En Buenos Aires no hay ninguna que se dedique a la compraventa de taxis. Me pareció una idea original. La pusimos en Medrano al 700. Con la primera venta gané los sueldos de un año entero en el hospital. Llegamos a vender 110 autos en un mes. Después la inflación y la hiperinflación me voltearon. Dejé la agencia. Mi padre estaba vendiendo una estancia muy linda en el oeste de la provincia de Buenos Aires, y yo me enojé. Yo no me puedo ocupar, me dijo, y ahí me volví al sector agropecuario.»

El negocio del siglo XXI

«Teníamos dos campos en Suipacha y 5 mil hectáreas en Vera, Santa Fe. Las administré durante una década, pero no le veía el negocio. El estanciero es un hombre rico que vive pobremente. Cada vez que la carne vale algo, el gobierno se encarga de bajarla con algún argumento. Siempre fue igual. Y cuando en la Argentina el campo anduvo bien, el país anduvo bien. Cuando anda mal, el país entero anda mal», comenta y recuerda que en sus tiempos libres era «jurado de Aberdeen Angus» y así conoció a Alan Grant, un jurado que lo invitó a conocer sus campos en Escocia. Y luego fue recorriendo otros de Sudáfrica, Australia y Francia, y descubriendo que «el productor de materia prima en el mundo entero anda mal, el que anda bien es el que la industrializa y comercializa. Y a la vez veía que lo que progresaba era la industria del ocio. En el mundo no se sabe qué hacer con la gente que cada vez tiene más tiempo libre. Lo vi como la gran industria, el gran negocio del siglo XXI».
Norberto Minuto le propuso a su padre vender los campos y pasarse a la «industria sin chimeneas», pero como era «un estanciero de alma», le concedió: «Si querés, vendé uno». Norberto se dio cuenta de que le iba a provocar un disgusto, y desistió. Cuando murió su padre, reunió a su madre y a su hermana, y les dijo: «No me interesa vivir pobre y morir rico, yo mi parte en el campo la vendo y me paso a hacer inversiones en turismo». Llegaron a un acuerdo. Vendieron un campo. Y Norberto se fue a Brasil, a Maceio, pensando en invertir allí. Volvió desilusionado, Maceio estaba rodeado por un anillo de villas miseria. «Por ese tiempo ya tenía casa en Cariló y le comenté lo de Maceio a Horacio Santangelo, mi vecino, un prestigioso abogado. Me dijo: 'Hagamos algo acá, en Cariló, que no hay nada'.» Minuto hizo un estudio de mercado «al estilo médico, charlando con la gente», y confirmó que «la cosa podía andar. Pensó en un «club house chiquito» que ofrecería la placidez de un bosque y la cercanía de la playa. Formó una sociedad con su hermana y Santangelo, y construyó el Cariló Village. «El hotel debería haber estado mucho antes, pero nadie se animó a hacerlo. Compramos en 60 mil dólares, a pagar en 12 cuotas, lo que hoy vale 3 millones. Empezamos en 1986 y al año inauguramos. Fue un éxito impensado, tuvimos 100 por ciento de ocupación. Y en 18 años el Village tuvo 14 ampliaciones, y hoy lo estamos remodelando a nuevo. Hoy tenemos 60 departamentos, con capacidad de hospedar 250 personas, y hemos logrado que sea atractivo todo el año. En eso también me ayudó aquel asesor suizo de 'Tito' Lowestein. Le pregunté: '¿Qué puedo ofrecer para que la gente venga en invierno a Cariló?'. 'Nada', respondió, y después de una pausa me explicó: 'Usted tiene la suerte de tener un lugar donde la gente puede hacer nada. Uno vive confundido, pensando que la gente tiene que ir a un lado a hacer algo, y no. Cuando voy a Saint Marteen es a no hacer nada, elijo el Caribe para descansar'. Apunté hacia eso. Y el siguiente cambio me lo dio una charla con una sobrina a la que había ido a visitar en Ibiza. Cuando fui, estaba lleno de restoranes; cuando ella vino acá, me comentó que ya no estaban más, que se habían fundido, porque un hotel comenzó a dar pensión completa y el resto lo siguió. Eso era ir, de nuevo, un paso más adelante, y lo implementé para el Cariló Village. Otra forma de que el huésped no tenga que hacer nada. Y lo impuse como el spa, como un servicio más, y ha sido uno de nuestros atractivos. Ahora estoy sacando agua de mar de 100 metros de profundidad para tener una tercera piscina con esa característica. Tengo que estar dos o tres años adelante, así después me copian», ironiza. Y explica que «hoy Cariló de exclusivo no tiene nada, hay 50 hoteles, 1.500 casas y miles de residentes permanentes. No está muy lejos el que sea una ciudad satélite de Buenos Aires, ya hay muchos que manejan sus negocios desde acá».

Genetica industriosa

Entre los proyectos de Norberto Minuto está convertir en un centro termal su campo de Madariaga. «Cuando en 1916 los ingleses trazaban el ferrocarril a Mar del Plata, hacían perforaciones buscando agua dulce y en mi campo encontraron que a 500 metros surgía agua termal a 35 grados. Eso me lo descubrió un geólogo alemán, al que luego contraté, para llevar a cabo este nuevo emprendimiento, que espero poder tener listo no dentro de mucho.»
Norberto sospecha que su «genética emprendedora, industriosa» la hereda por varias ramas. «Mi abuelo materno fue un hombre que vino de España de polizón en un barco, y llegó a ser uno de los hombres más ricos de la Argentina, y un filántropo, se llamaba José Roger Valet. El más famoso fue mi tío, Enrique Roger Valet. Por el lado paterno, mi tío, Luis Minuto, fue un despachante de aduana que fue presidente de River Plate, del Centro de Despachantes de Aduana y de la Unión Cívica Radical. Era duro y muy honesto, no tranzaba, y esos cargos le duraron poco. Eso sí, como le gustaba la pintura, iba a remates y compraba cuadros de pintores poco o nada conocidos. Como quien no quiere la cosa, se convirtió en coleccionista. Nos dejó una colección increíble. Cuando murió, la repartimos entre los sobrinos. A mí me tocaron varios Fader, un Quirós, un Corot, y un Van Dyck.»

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