23 de mayo 2008 - 00:00

Un cuarteto imperial que tiene a Sissi como Reina de Corazones

Un cuarteto imperial  que tiene a Sissi como  Reina de Corazones
Escribe Martín Garrido

Esta es una invitación al Cuarteto Imperial que no es a una bailanta en Córdoba, sino un recorrido temático por las huellas del Imperio Austro-Húngaro (1867-1919) y sus historias de amor. Es el mundo que sobrevivió a Francisco José I (1830/1916), el emperador bicéfalo, porque reunía las coronas de Austria y Hungría. Y, por supuesto, de la emperatriz Isabel de Baviera (1837/1898), Sissi para todos. Fue la vida paralela de Lady Di por su rechazo al protocolo, su casquivano corazón, el suicidio de su hijo en Mayerling y su asesinato en Ginebra por un admirador anarquista.
Tentativamente diagramemos una semana con una corta estada en sus cuatro ciudades más notables. En realidad, abarca una extensión de casi 700 mil kilómetros cuadrados (dos veces Italia) con 52 millones de habitantes. Hoy se reparte en trece naciones que todavía están influidas por aquel pasado donde se hablaba checo, polaco, croata, rumano, esloveno, eslovaco, serbio e italiano junto con las lenguas oficiales, alemán, húngaro y latín.
El orden lo armará cada uno a su gusto, porque es una experiencia (histórica-cultural-chimentera), más que un programa turístico convencional.
Podemos ir de mayor a menor o al revés, o mezclando las cartas, porque todo está bastante cerca. Viena, a sólo 55 kilómetros y 50 minutos de tren de Bratislava (hoy capital de Eslovaquia); Budapest, a 160 km (dos horas); y Praga, a 290 km (tres horas 40 minutos). Pensemos en dos días para cada una de las mayores y uno para Bratislava.
Don Francisco José, a pesar de su largo reinado de 68 años, récord comparable al de Luis XIV, el Rey Sol en Francia, no puede competir con Sissi en la prensa del corazón. Aunque su papel es notable en Viena por las obras que encaró. Por ejemplo, el anillo que la rodea, un espacio amplio y bello con jardines y edificios espléndidos en la avenida de cuatro kilómetros (Ringstrasse). Allí se mezclan estilos clásico, gótico, renacentista y hasta tudor bajo la etiqueta neo. A esta mezcla caprichosa de estilos se la llama con humor Ringstrassenstil. Con este diseño, en un trabajo que duró 30 años, unió la ciudad que estaba dividida por las murallas que habían servido un siglo antes para detener el avance del Imperio Otomano. Allí está su palacio de invierno (Hofburg) y el Museo de las Artes, en un tiempo en que rivalizaba con París y se discutía si la ópera debía ser más alta o no que la de Garnier, donde también a Napoleón III le gustaba mezclar estilos. En ese escenario, luego de su casamiento con carroza de oro, bailó con Sissi. La tradición de ese vals se mantiene hasta hoy para la presentación en sociedad de las debutantes de las familias que reúnen el poder y/o la riqueza de Europa.

Los revoltosos lechos de Sissi

El tour imprescindible por el castillo de Schönbrunn nos muestra el protagonismo diferente del matrimonio. En el dormitorio austero de Francisco José está el camastro, casi un lecho de campaña militar en una época más que revoltosa. En cambio, las habitaciones de su mujer, convertidas en su propio museo con cartel diferenciado, implican un Sissi Ticket.
En 1998, al recordarse el centenario de su asesinato, se creó el Año de Sissi. Y se estrenó un excelente musical sobre su vida cuando ya se había convertido en gran ícono turístico que compite con Mozart.
Yendo a Bratislava en barco como Mozart
Precisamente Amadeus en 1762, cuando tenía 6 años, viajó desde Viena hasta Bratislava todo un día en carruaje por caminos difíciles. Hoy lo hacemos en un barco de excursión. Mozart fue a dar un concierto a pedido de la emperatriz María Teresa, reina de Hungría (1717/1780). Mujer dominante que anticipó la creación del imperio bicéfalo. Era tan casamentera, la forma entonces habitual para hacer la paz y no la guerra, que la llamaban la Suegra de Europa. Por ejemplo, casó a su hija María Antonieta con Luis XVI, lo que le costaría la cabeza.
La gran atracción de Bratislava, muy cercana a las fronteras con Austria y Hungría, es la antigua fortaleza, con sus cuatro torres que le dan el sobrenombre de «Mesa Patas Arriba». Y bien vale recorrerla a 85 metros por encima del río Danubio.
La ciudad, de medio millón de habitantes, no tiene el relieve de las cartas restantes, pero integra el póker imperial. Por eso se llamó Presporok en eslovaco, Pressburg en alemán, Pozsony en húngaro y Pozun en croata.

Hungria Mon Amour

Budapest promocionó su título de Perla del Danubio por su deslumbrante presencia entre el río y la montaña. Y tiene una larga historia desde la legión romana que defendía su frontera a lo largo del río. Aquincum estaba en Obuda, Buda la Vieja que luego se integró en una sola ciudad con Pest, que en palabras eslavas significa horno, lo que tiene que ver con sus famosas fuentes de aguas termales.
Aquí vuelve a aparecer Sissi, a quien se le adjudica la defensa de la autonomía húngara acordada al integrarse al imperio con Austria. Y también en los chismes, porque solía visitarla frecuentemente. No tenía en realidad nada raro, porque a la emperatriz le gustaba más viajar que quedarse en Viena bajo la mirada sofocante de su suegra que no le dejaba ni cuidar a sus hijos. Pero, en Charlas de Palacio, el quincho de antes, corría el rumor de que era amante del conde Gyula (Julio) Andrassy. Hasta el punto que decían que su hija, María Valeria, era el producto de estos amores, aunque era tan parecida a su padre Francisco José como dos gotas de agua. Andrassy era un político importante y lleva su nombre una avenida de circunvalación en Budapest.
Lo cierto es que en Szeged, la cuarta ciudad en importancia en Hungría, hay una estatua de ella que destaca su figura entre miriñaques con cinturita de avispa que le costaba dietas mortales.
Cada vez es más lo que se escribe sobre Sissi y menos lo que se conoce documentadamente. Era una mujer del siglo XIX que lo transgredía con la misma naturalidad que Diana de Gales cien años después. Sin televisión ni revistas de escándalo ni otras pistas más íntimas que el diario de su profesor de griego que la amaba en silencio.
Ella dedicaba toda la mañana al peinado de su trenza y, al mismo tiempo, recibía lecciones de griego de Constantin Christomanos. Luego de cada reunión, el profesor escribía un diario confidencial que ahora acaba de reeditar Tusquet. Hicieron un viaje a Atenas en un pequeño barco que le había regalado la reina Victoria y tomaban el té en cubierta. Hablaban de todo, incluso de filosofía, parapsicología y espiritismo. Era culta, admiraba a Lord Byron y se identificaba con el «Sueño de una noche de verano» de Shakespeare.
Incluso escribió poemas que entregó a Suiza para que fueran publicados luego de 60 años de su muerte. Creía en las premoniciones y los sueños que se confirmaron, porque la mataron en Ginebra, donde también tiene una estatua. Con clarividencia financiera, porque confió su dinero personal en la Banca Rothschild de Suiza para que sus allegados, si tenían que exilarse, pudiesen vivir bien.

Praga sin ella

El psiquiatra Bruno Bettelheim dijo que era narcisista, histérica y anoréxica. Otros autores recuerdan que peinarse le llevaba tres horas y otras tantas vestirse. Hasta cumplir 45 años montaba a caballo hasta 10 horas diarias, podía estar sin comer igual que una top model y anotaba diariamente su peso y el ancho de su cintura. En Budapest hay hoteles que llevan su nombre, en Viena existe la Sissilatría y en Praga hay un Salón Sissi dedicado a la moda que prefieren las llamadas mujeres modernas y libres. Lo que retrataron las películas de la vienesa Romy Schneider (1938-1982), que parecía su clon porque era bellísima, tuvo amores frustrados con Alain Delon, su hijo murió trágicamente y ella se suicidó a los 43 años.

Predecible final en rosa y negro

La trilogía rosa de películas que le dedicó Ernst Marischka en los años 50 sigue siendo popular en los alquileres de video y, aunque poco tenga que ver con la realidad, impresiona el destino parecido de ambas mujeres.
Como fin de fiesta de este paseo disfrutamos de la capital de la República Checa con todos los recuerdos de su apogeo en los años del Imperio Austro-Húngaro del que formaba parte. Y, al volver, para no pensar sólo en Sissi comprar una pieza de cristal de Bohemia. Fue precisamente en los años del imperio cuando comenzaron a usar carbón en los hornos vidrieros con las nuevas técnicas para fabricar y grabar, que recuperaron la fama de sus productos desde la edad media.
Al terminar esta crónica informal, comprendo lo difícil que es eludir esta fantasmal presencia y la asociación con la inglesa que también murió lejos de su casa. Y dejando viudos muy distintos. Porque Francisco José dijo que siempre la adoró y nunca la podría olvidar, mientras que el príncipe Carlos corrió a casarse con Camilla.

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