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La resolución contra las colonias, mucho más que acto simbólico
ENTRAÑA COMPLICACIONES FUTURAS FUERTES PARA EL ESTADO JUDÍO Y CONSOLIDA EL CONSENSO SOBRE SU ILEGALIDAD - La furiosa reacción del Gobierno de Netanyahu evidencia la dureza del revés diplomático que sufrió.
Irreconciliables. Benjamín Netanyahu y Barack Obama han mantenido una relación siempre tensa. El final de su convivencia política los muestra más lejos que nunca.
Pero no puede minimizarse el hecho de que el saliente se haya animado a quebrar un tabú de más de 36 años, puntualmente desde la abstención estadounidense del 1 de marzo de 1980, que permitió alumbrar la Resolución 465. El tabú es, justamente, el carácter de intocable de un "lobby" judío que entiende el interés de Israel en términos reñidos con la legalidad internacional.
Lejos de ser inocua, la nueva condena consolida el consenso internacional de que el trasplante de población a un territorio conquistado por la fuerza es ilegal (algo que debería leer muy atentamente la Argentina, si alguna vez quiere llegar a negociar en serio sobre Malvinas). Asimismo, al diferenciar lo que es el territorio israelí legítimo del que no lo es, refuerza los movimientos internacionales en pos de un boicot a los productos agrícolas e industriales provenientes de los asentamientos y la posibilidad de que la Unión Europea pase de etiquetar su procedencia para información de los consumidores a medidas más contundentes.
Asimismo, refuerza el caso que se sigue con carácter preliminar en la Corte Penal Internacional de La Haya, con el que Palestina pretende llevar a juicio a responsables israelíes por, entre otros motivos, las actividades de colonización.
Se ha dicho que todo será diferente cuando Donald Trump asuma el 20 de enero. Es posible que lo intente, pero la pretensión israelí de que una nueva resolución anule lo efectos de la 2334 es impracticable, aun cuando el futuro presidente de Estados Unidos pretenda encarar esa quijotada. Sí estará a su alcance cumplir con su promesa de trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, algo que avalaría la anexión del sector oriental de esa ciudad por parte de Israel. Recordemos que ninguno de los presidentes estadounidenses, incluso los más proisraelíes, se atrevió a eso en los últimos veinte años, para lo que fueron dejando permanentemente en suspenso una votación del Congreso en ese sentido.
La justificación retórica, ya que es imposible calificarla de jurídica, para construir colonias es que se lo hace en un lugar donde ninguna parte ejerce soberanía, en territorios políticamente "vacíos". Pero es clamoroso que Cisjordania, donde ya están implantadas unas 400.000 personas, y Jerusalén oriental, con otras 200.000, son zonas reclamadas por la Autoridad Palestina para la construcción de su Estado. No hay allí ningún vacío.
Si el uso abyecto del terrorismo contra civiles es el rasgo más deplorable del modo en que varios grupos palestinos entienden la resistencia, la colonización es el más indefendible de la política israelí.
Netanyahu se irrita cada vez que la comunidad internacional alude a las fronteras de 1967 como base para una solución de dos Estados, alegando que el mundo es hipócrita por no admitir la existencia de "nuevas realidades demográficas". Lo que el mundo le dice es que deje de crearlas cada día.
Su Gobierno vincula inexorablemente su visión particular de Israel, que incluye la colonización, con el interés del Estado y, de modo más atrevido aún, con la del pueblo judío. Eso no es cierto. Son legión los judíos en todo el mundo que deploran ese curso de acción y que no aceptan que la felicidad propia deba fundarse en la desgracia eterna del prójimo.


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