El sector agropecuario y agroindustrial argentino se ha caracterizado, a través del tiempo, por tener una gran dinámica. Basta recordar cómo influyó la introducción del frigorífico a fines del siglo XIX, y de la soja a mediados del siglo XX, para tener una cabal idea de su permanente actitud de cambio. Ambos acontecimientos permitieron una verdadera revolución agroindustrial y favorecieron el posicionamiento de nuestro país como productor de rubros con valor agregado. El caso de la soja es verdaderamente paradigmático. A principios de la década del '70, el cultivo era prácticamente desconocido en nuestro país y su introducción era resistida en distintos ámbitos. Apenas treinta años después, en la Argentina se siembran más de trece millones de hectáreas y su producción contribuye notablemente al desarrollo económico. Otro ejemplo es el incremento del consumo interno de kiwi, fruta también prácticamente desconocida hace diez años y hoy integrante de la dieta cotidiana de muchos argentinos. Así podríamos seguir señalando infinidad de ejemplos de nuevos productos, de nuevos usos de rubros tradicionales y de nuevos mercados para los mismos; y entre todos ellos podemos distinguir una fuerte interrelación a través de un hilo conductor: el cambio tecnológico.
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De la actitud de todos los actores del sector, ante los cambios que se están produciendo y que se pueden producir en el futuro, depende en gran medida la magnitud de su desarrollo. Recordemos que lo que hoy es un commodity, ayer fue una alternativa y lo que hoy visualizamos como alternativo, mañana podría transformarse en un verdadero motor técnico y económico de ese desarrollo. Existen otros ejemplos de productos alternativos, algunos de los cuales comienzan a tener un lugar relevante en la economía argentina. Tal es el caso de la apicultura, actividad que genera actualmente más de 140 millones de dólares por exportaciones y que tiene un gran efecto multiplicador como generador de empleo directo e indirecto. También se puede mencionar la producción forestal, actividad que a nivel mundial moviliza -integralmente- tres veces más recursos financieros que la actividad ganadera y dos veces más que la cerealera.
Otros rubros, como la producción de frutillas y de hongos comestibles, que cuentan con un mercado interno muy dinámico, y de plantas aromáticas y medicinales, que tiene una importancia vital en algunas regiones argentinas, así como el desarrollo de producciones orgánicas, con denominación de origen y/o con calidad certificada, son un indicador de cómo el sector puede ir adaptando su perfil en pos de un crecimiento armónico, viable y sustentable, en la medida que los índices tecnológicos y socioeconómicos de esas producciones guíen sus decisiones.
A través de sus proyectos de carácter nacional y regional, el INTA, contribuye en el desarrollo de tecnología y de información continua de mercado y rentabilidad de productos alternativos, como una forma de sumar esfuerzos para el logro del crecimiento del sector y, por ende, para alcanzar los grandes objetivos nacionales.
(*) Especialista en Diversificación Productiva del INTA
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