13 de mayo 2003 - 00:00

Los vinos argentinos buscan ganar el mercado italiano

El negocio vitivinícola en nuestro país entró el año pasado en una nueva etapa como consecuencia de la devaluación del peso. Lejos de ser una panacea, el sector vivió la transformación con algunos signos positivos -la mejora en la competitividad en los mercados externos-, pero también negativos, a partir de un significativo aumento en los insumos, como corchos, cápsulas, etiquetas y barricas. Las bodegas, que desde hace un tiempo habían volcado sus mayores volúmenes a la exportación, se vieron beneficiadas de manera inmediata. Otras, las más pequeñas, debieron salir al ruedo a pelear por una porción de ese mercado.

Históricamente, los establecimientos vernáculos apostaron a la plaza local, ya que la Argentina ostenta aún uno de los consumos per cápita más elevados del mundo
. De manera que con una demanda importante, no había tantas urgencias en trascender las fronteras. Esa sigue siendo la gran diferencia con Chile, que además es cierto que contó con una política oficial que le ha permitido lograr un posicionamiento indiscutible en los mercados internacionales. Mientras tanto, aquí sólo parecen importar los esfuerzos individuales y la falta de un criterio uniforme entre todos los bodegueros.

Frente a este panorama, las bodegas han encontrado en algunas ferias internacionales la posibilidad de hacer negocios y abrir el mercado, sobre todo el europeo. Hasta el momento, la prioridad han sido London Wine y Vinexpo, las dos mayores muestras del Viejo Continente que se realizan en Londres y Burdeos.

Sin embargo, en los últimos años ha venido creciendo de una manera abrumadora Vinitaly, organiza por Veronafiere, hoy constituida en la tercera en discordia. Sin embargo, las grandes bodegas le siguen dando la espalda a la exposición de Verona. La causa principal de esta estrategia equivocada es la creencia de que el mercado italiano es inalcanzable para la Argentina. En realidad, el consumidor de este país es bastante similar al argentino, ya que las raíces culturales son las mismas, pero también el origen de nuestros viticultores responde a inmigrantes del norte de la península que fundaron la mayor parte de los establecimientos en Mendoza y San Juan. Eso se nota en la costumbre de valorar a sus propios vinos hasta el límite del fanatismo. En el orden local, aun en las épocas del 1 a 1, el consumidor local fue remiso a aceptar vinos de otro origen, que muchas veces no eran de gran calidad. Se sabe que ingresar a Italia es muy difícil y que los volúmenes de venta no serán en el mejor de los casos demasiado significativos. Pero también hay que saber que la presencia en este país otorga un prestigio invalorable. La última edición de Vinitaly contó con casi 4 mil expositores y 60 mil metros cuadrados de superficie cubierta. Además, 27 países estuvieron representados con sus respectivos stands. Paralelamente, se realizó el Salón Internacional del Vino y los destilados.

Pese a los esfuerzos de la Cámara de Comercio Italiana en la República Argentina, sólo dos bodegas respondieron a la convocatoria. Y tan mal no les ha ido. Otras, unas pocas, enviaron sólo sus muestras.

Las dos bodegas que sí acudieron a la cita fueron la salteña Domingo Hermanos y la sanjuanina. Esta última es propiedad de un empresario italiano que encontró en las tierras cuyanas el ámbito propicio para desarrollar un proyecto vitivinícola. Los Domingo, en cambio, son una de las tradicionales bodegas familiares que han soportado el embate de los capitales foráneos.

«Los italianos no pueden creer que tengamos vinos a esa altura», sostiene Jorge Martínez, quien representó a Domingo Hermanos en Vinitaly. Lo que no entienden es cómo hay vinos con este grado de maduración, ya que en Italia los 1.200 metros son un límite imposible de superar. El stand en Vinitaly les posibilitó iniciar contactos con compradores de Inglaterra, Alemania, Canadá, España, la República Dominicana, Rusia, Holanda y Brasil.

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