18 de febrero 2004 - 00:00

Mejorar y fomentar la educación rural

Los que estamos en la actividad agropecuaria, fundamentalmente la ganadera, sabemos que sin trabajo, dedicación y esfuerzo no vamos a ningún lado. De allí que en este rubro no ingresan golondrinas o cortoplacistas. Por ello no es común ver mucha juventud con vocación por seguir nuestro rumbo.

Es prioritario, si queremos que la Argentina despierte de este ostracismo, descubrir el sentido de grandeza. Esto no se activa por azar ni por obra y gracia del Espíritu Santo.

Requiere pautas concretas. Una fundamental es la educación. Si vemos cómo está en la actualidad, comprenderemos por qué estamos como estamos. Un país como la Argentina, donde el inmigrante encontró no sólo tierra fértil para cultivar, sino posibilidades concretas para desarrollar su intelecto, hoy asiste atónito a un verdadero desmanejo educativo.

Muchos se preguntarán por qué un productor, como yo, en lugar de hablar de vacas opina sobre educación. Muy sencillo, quiero y considero vital que en el país potenciemos la riqueza pecuaria, pero ante la falta de políticas educativas que lleven conocimientos en este sentido al hombre de campo, es muy difícil que salgamos de la cultura del parabrisas o de pseudomalabaristas.

Si reparamos en esos chicos que pululan por nuestras calles, veremos que lamentablemente el grado de educación de ellos es cero, lo cual se contrapone con el grado de rebeldía o propensión a delinquir. No basta con la crítica o la descripción somera del problema, eso sería entrar en facilismos que no coinciden con nuestra idiosincrasia campera.

Por ello, brevemente, trataremos de esbozar una solución.

Debemos cambiar la cultura del zafé, eximí, pasé, etc., por el conocimiento constructivo, por qué aprendo y para qué aprendo. Los maestros deben ser verdaderos ejemplos en toda su conducta y no esperar que éstos suplan las deficiencias del hogar en afecto, conducta, etcétera. Hay que enseñar sobre bases sólidas y proyectos realizables. No le puedo exigir al hijo de un peón que sea abogado o médico, pero sí que en lugar de peón aspire a ser capataz o mayordomo.

El despreciar el oficio nos hizo perder población en el campo y aumentar las villas en los centros urbanos.

Es vital comprender el rol de la maestra rural, que en un medio alejado en una misma aula cobija a distintos chicos con nivel dispar de enseñanza. Aunque parezca mentira, a estos verdaderos próceres se los castiga injustamente con salarios no dignos que ni siquiera llegan a tiempo. Para salir del apure piquetero y facilismos de subsidios a costilla nuestra (los productores) consideramos que ha llegado la hora de honrar las escuelas rurales, fomentar las escuelas terciarias con especialización agropecuaria, donde debería tener en sus cuadros como docentes a aquellos productores que les vaya bien y transmitan al chico la cultura de lo posible, de lo realizable. Basta de resentimientos, basta de frustraciones, ese pizarrón gigante que es la Argentina lo debemos escribir y formar entre todos, pero para eso es indispensable formación y educación. Para lograrlo se requiere trabajo, voluntad y, si cabe, sufrimiento. Si no se aprende y mama de chico, será muy difícil de lograr. Porque apostamos al cambio, el futuro está en la juventud, pero a ésta hay que enseñarle y educarle, no regalarle.

Otro ítem a no olvidar es la seguridad, sin ella es imposible desarrollar ningún plan. También la cobertura médico asistencial debe ser la adecuada, con ella ordenada y con una alimentación acorde, la enseñanza y educación serán posibles.

Seguramente hoy nos rechazarán por hacerles sentir el esfuerzo, pero esta sana transpiración nos la agradecerán eternamente y, por supuesto, el país que se pondrá de pie y andará.

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