2 de febrero 2005 - 00:00

Se busca agregado de valor y calidad para los alimentos

En un escenario mundial cada vez más competitivo y globalizado, en nuestro país repercuten los fuertes cambios de los patrones de consumo producidos en los últimos años. Aumentar el valor agregado de nuestra producción agropecuaria parece ser la principal demanda para adecuarse a los tiempos que corren.

Hoy, afrontar la competencia a nivel internacional es el gran interrogante, pero se abren dos caminos y un par de estrategias muy diferentes. La primera opción, basada en el esquema de producción de commodities, focaliza su éxito en la reducción de costos mediante economías de escala. La segunda estrategia parte de la idea de diferenciar el producto mediante el agregado de valor, la gran asignatura pendiente de la Argentina.

Como se sabe, entre los productores de commodities sólo sobrevivirán aquellos que tengan escala, ya sea por su propia extensión o mediante asociaciones. La integración o la coordinación horizontal es el factor que a su vez facilita la escala, la baja de costos y, por lo tanto, el aumento de la productividad.

Hoy, dadas las actuales tendencias del mercado global, se podría prever que la segunda opción, o sea la de incorporar valor agregado a los productos, es la más adecuada para satisfacerlas necesidades de consumidores cada vez más exigentes. El consumidor actual reclama características especiales, productos que no sólo le brinden seguridad en cuanto a su inocuidad sino, además, garantías en cuanto a la calidad y el origen, tanto de las materias primas como de los productos elaborados. Así, para satisfacer las necesidades de consumidores cada vez más preocupados por el cuidado de su salud, que han provocado la fragmentación del mercado con la variedad de sus preferencias, lo primordial es ofrecer productos altamente diferenciados.

• Excelencia

En este caso, se debe tener en cuenta que los mercados abiertos cambian las reglas de la competitividad, porque las condiciones de la economía mundial demandan la excelencia integral de las cadenas de valor. Con esta nueva perspectiva, las interrelaciones entre los diferentes actores de la producción, industrialización, comercialización interna, exportaciones y todos los servicios de apoyo productivo, como transporte, finanzas y logística necesarios, pasan entonces a un primer plano. Lo importante ahora es la suma de las partes.

En este esquema,
las empresas deben recurrir a otras compañías y a instituciones públicas o privadas que ofrezcan bienes y servicios complementarios de suficiente calidad, organizarse en la búsqueda de acciones conjuntas, porque el éxito dependerá de la eficiencia colectiva. Como los productos de alto valor requieren de un estricto control de calidad en cada etapa, la posibilidad de ganar espacio en determinado mercado está
íntimamente ligada a la competitividad de toda la cadena, de cada uno de los eslabones.

El capital social, es decir, lo que permite a una comunidad generar una visión compartida, y valorar los objetivos en común además de los individuales, es el fundamento del desarrollo.

Ahora, con este criterio y en aras del beneficio colectivo, compartir el conocimiento es la
base para innovar las organizaciones y así procurar avances tecnológicos, con el fin de construir ventajas y alianzas competitivas. Cuando se plantea un trabajo conjunto,
lo elemental es la confianza entre las partes, ya que torna las relaciones más cómodas y es el pedestal sobre el que descansa el capital social. La experiencia demuestra que si existen relaciones de confianza es posible elevar el nivel de resultados, los costos de transacción tienden a ser menores, las nuevas oportunidades se advierten más claramente, la información se expande con mayor facilidad y las innovaciones llegan a todos los agentes con mayor fluidez. En un ambiente propicio a la cooperación, las diferentes empresas se refuerzan mutuamente, pero la confianza se gana planeando gestiones transparentes, que pongan en claro cuál es el papel de cada actor de la cadena, para evitar cualquier asomo de sospecha.

Claro, pensar en grande y romper con la extensa tradición de competencia y rivalidad entre empresas que actúan en un mismo mercado, no es tarea fácil. Aun así, estimular una nueva cultura de la cooperación y trabajo compartido acarrea como beneficio un mayor rendimiento, que no es poca cosa.
Para convencer a los empresarios de la importancia de colaborar entre todos, se deberían orientar los discursos y acciones a propiciar encuentros, con fines como transferencias y generación de intercambios y negocios, que permitan aumentarla confianza entre ellos. Después de todo, si se articulan bien las alianzas, el trabajo colectivo suele ser más gratificante que el individual, tanto para enfrentar dificultades como para disfrutar de logros comunes.

Por aquello de que «la unión hace la fuerza», para avanzar en el trabajo en común y aspirar a compartir conocimientos, se requiere de una planificación coordinada entre el sector público y privado. Desde luego, estos emprendimientos tienen mayores posibilidades de desarrollarse si cuentan con un buen gerenciamiento, encuadrado en un plan que impulse y difunda la idea. Para coordinar los esfuerzos, lo ideal sería que los empresarios lideraran la gestión y, por supuesto, que coordinaran y gestionaran la demanda de apoyo necesario al sector público.

Lo cierto es que nuestras exportaciones tienen un alto contenido de recursos naturales, pero el valor unitario es bajo
. El objetivo final es que se entienda el beneficio de cambiar la historia. El incremento del valor agregado, las mejoras en calidad y cantidad de la oferta conducen a la creación de riqueza conjunta. Pero optimizar los recursos y acceder a esa riqueza, requiere de un plan y una actuación basados en la confianza, que priorice la interrelación inteligente de las partes en juego.

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