Luego de entrenarse durante cuatro días de manera exigente, la ilusión de ganar por primera vez la codiciada Copa Davis llegó en las maletas del equipo argentino que arribó ayer a una fría Moscú.
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Argentina jugó una sola vez la final de la Copa Davis, con Guillermo Vilas y José Luis Clerc en el equipo, y cayó derrotada como visitante por los Estados Unidos.
Para esta segunda oportunidad el capitán Alberto Mancini no quiso dejar nada librado al azar.
De esta manera convenció a los jugadores de que había que viajar a Europa con antelación y, luego de escuchar el consejo de su amigo Alejandro Gattiker, eligió Ginebra como ciudad para iniciar la conquista de la Ensaladera de Plata.
Gattiker, quien fuera capitán de Mancini en el equipo de Copa Davis de 1990, le sugirió al rosarino que el equipo debía entrenarse en el Centre Sportif de Cologny, un imponente complejo tenístico con tres canchas rápidas indoor, incluso más veloces que las que utilizarán los rusos en la final.
Así fue que el conjunto argentino arribó a Ginebra el miércoles pasado para cumplir cuatro días intensos de entrenamientos, en los que los tenistas se fueron adaptando rápidamente a la alta velocidad de las canchas suizas.
«Sabíamos que las canchas iban a ser más rápidas que las de Moscú pero eso es una buena ventaja porque cuando probemos la superficie en Rusia, nos va a parecer más lenta», comentó Mancini. De manera diferente a lo que ocurría en otras épocas, la superficie ya no es un rival temible para esta generación de tenistas, que en los cuartos de final de este año derrotaron al equipo defensor del título, Croacia, como visitante y con Iván Ljubicic como figura.
Como era de esperar, Nalbandian no tuvo ningún inconveniente en adaptarse a la cancha -el cordobés venía de jugar la semana anterior el Masters, contra los mejores del mundo sobre una superficie rápida- pero fue notable lo rápido que el resto del equipo logró acostumbrarse a la velocidad del juego.
Al margen del cordobés, uno de los que mostró mejor adaptación a la veloz superficie suiza fue el misionero Acasuso, quien no sólo se mostró muy rápido en sus desplazamientos, sino que también lució letal con su servicio, un arma que puede resultar fundamental en Moscú.
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