Vivir un Dakar es una experiencia única e irrepetible. Con un solo instante allí, se percibe que se está viviendo uno de esos momentos que jamás volverán a repetirse. Ni aunque sea en otras ediciones.
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Ya desde temprano la vida de los que habitan el campamento comienza a ser movida. Los equipos esperan ansiosos la llegada de su piloto y se apuran para armar las carpas y tener todo listo en el momento en que los corredores lleguen al vivac.
El comedor, lentamente, comienza a movilizarse y a llenarse de gente. Los periodistas se duchan, ordenan sus carpas y comienzan la búsqueda de noticias. La sala de prensa se llena y las pantallas que muestran los resultados parciales de la etapa a cada instante, a cada minuto, a cada segundo, son visitadas por todos los que por allí pasan.
Nadie de los que está ahí sabe lo que ocurre en la especial del día, pero a su vez todos están informados de cómo marcha su piloto. Justo al mediodía, y tal vez para tener un reparo del sol, casi todos concuerdan en la hora de almuerzo.
Es que pronto comenzarán a llegar las primeras motos y ya nada será igual. Parecerá que el tiempo corre más rápido y todo es trabajo y velocidad.
Cerca de las 13.30, las primeras motos van llegando. Los corredores buscan rápido su vivac y comienza el trabajo de los mecánicos. Mientras los pilotos se refrescan, muchos de ellos con un balde de agua, el vehículo ya está siendo revisado y reparado y la actividad del equipo no parará hasta la noche.
A partir de la primera llegada, comienzan a sucederse los arribos casi al mismo tiempo. Antes de ingresar al campamento, los competidores son ovacionados por el público que se agolpa para tan solo verlos pasar. Una vez adentro, los pilotos deben buscar su vivac ya que nadie tiene el lugar asegurado. El campamento se levanta en medio de la nada y cada cual arma su carpa donde pueda.
Los mecánicos comienzan a reorganizarse, corren de acá para allá, desarman por completo autos, motos y cuatriciclos para revisarlos y dejar todo listo para que los vehículos no sufran inconvenientes en la etapa siguiente. Son como mínimo tres horas de trabajo constante, sin parar un minuto. Mientras reconstruyen las máquinas, los pilotos muchas veces, si al piloto le interesa interiorizarse, le explican cual fue la problemática o le hacen preguntas para saber cómo anduvo tal o cual cosa.
Si bien ya no están en carrera, los pilotos tampoco paran un segundo. Si no es con los mecánicos, será con el jefe deportivo del equipo para planear la próxima especial, o con la prensa que pide declaraciones sobre lo que pasó y lo que vendrá, pero lo cierto es que cada corredor estará dialogando y yendo de acá para allá.
Luego de las más de tres horas de trabajo constante, el auto, moto, cuatriciclo o camión, queda como si todavía nadie lo hubiese estado. Es un verdadero trabajo de artesano. Luego, una vuelta a mínima velocidad para probarlo y solo resta descansar para madrugar al día siguiente.
Todo es muy intenso en el campamento Dakar. Es la continuación de la carrera, es el backstage de la adrenalina. Es el trabajo silencioso (a pesar del ruido de los motores, las hidrolavadoras y las herramientas cayendo al piso).
Una vez terminado ese proceso, los pilotos y sus equipos se preparan para ir a cenar y descansar. Al otro día, bien tempranito, toman el camino hacia la especial y la historia comienza nuevamente. Claro que esta vez no será igual a la anterior, ni a la pasada, ni a ninguna otra. El Dakar es único y está lleno de pasión, de sacrificio, de esfuerzo.
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