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River salió a definir el partido de entrada. En 9 minutos creó dos situaciones claras para convertir, pero en el primer contraataque le marcaron el gol y, a partir de ahí, se desmoronó anímicamente.
Arsenal salió con el orden acostumbrado: conociendo sus limitaciones, hizo un planteo para jugar de contraataque. Su efectividad fue sorprendente porque en la primera situación propicia que tuvo marcó el gol y después se defendió con orden, neutralizando a River en la mitad de la cancha, sin dejarlo progresar en ataque.
River le facilitó la tarea con su inacción. Fue sorprendente la falta de recursos de jugadores cotizados en millones de dólares. Coudet fue la sombra de aquel mediocampista pujante que ganaba por fuerza y habilidad por el sector derecho. Montenegro y Salas casi no participaron del juego, como si estuvieran escondidos detrás de sus marcadores, y Cavenaghi, que había arrancado para ser la figura de la cancha, se fue perdiendo ante la marca de Molina y su poca movilidad.
Para sus males, la defensa mostró los errores acostumbrados, tanto que, si Arsenal se hubiera decidido a atacar un poco más, el resultado hubiera sido más amplio. El colombiano Virviescas -finalmente-pagó los platos rotos cuando Pellegrini decidió cambiarlo en el entretiempo. Si bien regaló sus espaldas como zona franca para cualquier ataque (de allí nació el gol), no era el único que cometía gruesos errores. Tanto Ameli como Tuzzio se mostraron descordinados, como si nunca hubieran jugado juntos y, aunque Vivas no tuvo errores, tampoco le bastó para solucionar los de sus compañeros.
River debe bajar de la « galaxia» a la que lo subieron por sus contrataciones y volver a la Tierra para darse cuenta de que al fútbol no se juega con nombres rutilantes, sino con jugadores bien dotados.
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