10 de mayo 2013 - 16:18

Argentina y la región en la actual coyuntura económica: ¿los mismos desafíos?

Por Florencia Médici (Economía del Bicentenario).- Entre 2003 y 2012, Latinoamérica registró las tasas de crecimiento más altas de los últimos treinta años. En este contexto, Argentina, con tasas por encima del promedio de la región y similares a las del Este Asiático, experimentó un inédito período de crecimiento sostenido.

Durante el período de bonanza, Latinoamérica fue la región donde más crecieron las entradas de Inversión Extranjera Directa (IED). Por consiguiente, debido a la IED y al buen desempeño de las cuentas externas, los bancos centrales acumularon importantes cantidades de reservas internacionales, que constituyeron un resguardo no sólo para afrontar la crisis externa sino también para defenderse de los ataques especulativos.

No pocos analistas coinciden en ubicar el origen del notable desempeño de las economías latinoamericanas en la última década en los altos precios de los commodities, el boom del comercio internacional y en las favorables condiciones financieras. Sin embargo, no debe pasarse por alto el papel protagónico de las políticas fiscales expansivas. Argentina es el ejemplo de ello: mientras el consumo interno explicó el 79 por ciento de la tasa de crecimiento del período, las exportaciones sólo dieron cuenta del 10 por ciento. Esto es, el gran crecimiento de la masa salarial y la incorporación de vastos sectores populares al mercado internoes un motor clave para entender la dinámica económica argentina.

Este enfoque, de todas formas, no desestima la importancia de las exportaciones, cruciales para la obtención de divisas (fundamentales para la adopción de políticas económicas autónomas y soberanas). La mejora de las condiciones externas en los primeros años del siglo permitió,tanto a Argentina como al resto de los países latinoamericanos, afrontar el significativo retroceso del comercio internacional y la caída de los precios de los commoditiestras el colapso financiero de 2008.

Si bien estos países tuvieron margen de maniobra para enfrentar la crisis internacional -evitando fuertes subas de la tasa de interés, ajustes fiscales y bruscas devaluaciones-, la pronunciada duración de la crisis pone en riesgo la capacidad de continuar implementando políticas anticíclicas ya que los superávits externos comienzan a agotarse.

Luego de cuatro años de crisis, y aun en un contexto global preocupante, es preciso evaluar la fortaleza de los países de la región y no perder de vista los objetivos de desarrollo ante un aumento de la oferta de capitales que busca rentabilidades superiores a las que ofrecen las castigadas economías de Europa y Estados Unidos. Los análisis más difundidos se concentran en la característica volátil de los flujos de capital -en especial aquellos de carácter especultaivo-, pero no profundizan en cómo estos flujos interactúan con la estructura productiva. En este sentido, existen dos cuestiones que deben considerarse al evaluar el canal financiero como posible origen de vulnerabilidad en los próximos años.

En primer lugar, la Inversión Extranjera Directa (IED) puede imponer límites a la expansión de la economía debido a las divisas que se requieren para la remisión de utilidades, así como por el pago de los intereses de los préstamos internacionales (si esas inversiones son financiadas con préstamos externos).


En segundo lugar, es importante considerar a que sectores se dirige la IED. Por un lado, si se destina al sector de servicios (como el bancario), no generará nuevas divisas vía exportaciones que compensen los flujos generados por la remisión de utilidades. Por otro lado, si se dirige al sector primario, caracterizado por poseer una estructura monopólica con baja propensión a invertir y alta inclinación a formar activos externos (compra de dólares), es dudoso que el alivio de la restricción externa esté garantizado. Incluso peor, la IED podría profundizar la estructura productiva desequilibrada si concentra en aprovechar ciertas ventajas comparativas naturales sin dedicar grandes esfuerzos en hacer desarrollos productivos, científicos y tecnológicos.

Según datos de la CEPAL, en aquellos países sudamericanos en que la IED fue la más elevada en relación a sus PBI entre 2006 y 2011 -como Uruguay (6,1% del PBI), Perú (4,4%), Chile (3,3%) y Colombia (2,4%)- ese capital extranjero estuvo destinado principalmente al sector servicios y al de recursos naturales. En ciertos casos, la IED ni siquiera involucrósignificativascontribuciones netas de divisas dado que fue financiada con utilidades, o con deuda de las filiales locales con las casas matrices. Este es, por ejemplo, el caso de Perú, cuya IED se financió en un 65 por ciento con reinversión de utilidades y un 31 por ciento mediante préstamos netos con las casas matrices.

En conclusión, persisten fenómenos (aumento de los pasivos privados en moneda extranjera y la acumulación de activos externos por parte de residentes) que indican que la debilidad de la cuenta capital no sólo persiste sino que podría agravarse si no se llevan adelante políticas de control de capitales para regular tanto la salida como la entrada de los mismos.

La misma CEPAL alerta sobre la creciente repatriación de utilidades de la región, y señala la importancia de evaluar aspectos cualitativos de la IED, tales como su capacidad de transformar la estructura productiva y de contribuir al crecimiento del empleo.

Por consiguiente, es importante no desesperarse por incentivar el ingreso de capital extranjero sin cuestionar hacia dónde se dirige y cómo se financian. En este sentido, la IED tiene similitudes con el financiamiento externo pues, si bien ambos pueden traen alivio en el corto plazo (al poner en disposición una mayor oferta de divisas), pueden generar una costosa carga en el mediano plazo; como ocurrió en Argentina durante la década de los noventa y que terminó en la crisis del 2001.

Ante una crisis internacional sin fin previsible, el desafío de la política económica argentina es sostener el crecimiento sin recurrir a transferencias regresivas de ingresos y sin abandonar la apuesta a la transformación estructural y la generación de empleo.Para ello será fundamental el fomento a las exportaciones mediante inversiones en infraestructura, la incorporación de conocimiento, ciencia y tecnología en los procesos productivos, y con acciones específicas dirigidas al desarrollo regional.
De esta manera, será factible profundizar el actual proceso industrializador en marcha, caracterizado por una dinámica de crecimiento con inclusión social y sin reprimarización de la economía.

La alternativa ortodoxa de devaluar bruscamente y liberalizar los flujos financieros y el canal cambiario no brindará mayor holgura externa por mayores exportaciones sino por los efectos recesivos que provoca la licuación de los salarios sobre las importaciones. Tampoco generará un crecimiento sostenido dado que esos capitales externos podrían contener el germen de la próxima gran crisis.

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