Es cierto que las cotizaciones argentinas han entrado de pleno en el juego de los especuladores financieros, nacionales e internacionales, y lo prueba que las bajas ciertamente graves en la cotización de títulos públicos (entre 3% y 9,5% en la víspera y 14% promedio en el mes) se dieron con montos operados inferiores a lo habitual, por lo cual no reflejan exactamente los precios reales. Es cierto que el mismo tipo de especuladores financieros alienta que la Argentina caiga en cesación de pagos de su deuda externa porque surgirían pingües negocios a medida de jugadores de alto riesgo y ganancia rápida. Es obvio esto: una economía como la Argentina, sana en su base y sólo sometida a una encrucijada financiera -como no lo eran Rusia y Ecuador, otros dos países del mundo recientes en la tragedia del defaultes la ideal para ganar dinero fácil y rápido en el juego de subas y bajas cortantes que sobrevendría más el acercamiento de fondos carísimos, los mercados negros y los circuitos «paralelos» en que se comprarían títulos fuera del mercado oficial. Todo eso es cierto. Pero lo es también que el gobierno argentino y el Ministerio de Economía no hacen nada para enfrentar la situación. Este diario no va a repetir lo que expuso con amplitud ayer sobre cómo zafar de la situación. El ministro de Economía varió su ataque inicial hacia los «operadores jóvenes y miopes», los «delirantes académicos» (por el norteamericano Charles Calomiris, consultor del Congreso de EE.UU. y columnista de «The Wall Street Journal», «operadores perversos» (frase sorprendente de Daniel Marx que se sumó a la iracundia que emana del equipo económico) y «los empresarios (los buenos) que se distinguen de los financistas (los malos)». Ahora Economía dejó de concentrar su ataque en los personajes del mercado y encaró la diatriba contra los periodistas que apenas si los reflejan. No sirve eso, es maquillaje disimulador.
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Tampoco sirve al gobierno que se deje trascender que en 48 horas podrían surgir novedades para estabilizar la agitación de los mercados cuando eso -hasta donde se conocía anoche-estaba sólo centrado en la insensatez de cambiar al presidente del Banco Central y casi único sostén de la poca credibilidad que resta, Pedro Pou. Se descontaba ya que su sucesor sería Roque Maccarone (un ex banco Río de buena actuación en la banca privada, que se desdibujó luego en la banca oficial al presidir el Banco Nación y volver ahora a la privada como asesor en el Banco de Galicia). Cavallo elogió ayer a Maccarone, con lo cual no le hizo gran favor sobre todo porque fue funcionario de su equipo económico (secretario de Bancos y Seguros) durante el tequila y en la última parte de la gestión con Carlos Menem del actual titular de Economía. Lo acompañaría Enrique Ruete Aguirre, un reputado banquero (ex Banco Roberts). También se mencionó al ortodoxo puro y reciente ex ministro Ricardo López Murphy, un anti-Cavallo declarado por reprocharle a éste que no cuida ni nunca se preocupó por el déficit del Estado. Un reputado banquero hoy retirado, José Mc Loughlin, no aceptó la oferta de ir al Banco Central. Sí la aceptaron Felipe Murolo y Amalia Martínez, también ex funcionarios de Cavallo. No está mal pensado en algunos nombres (sobre todo Ruete Aguirre) pero sería un Banco Central muy "cavallista" y será además difícil explicar el retiro que se propondrá de Pou por defender las reservas y el control del circulante vía los encajes bancarios. Más difícil -y ciertamente es remar junto a la desconfianza-es explicar todo cambio en medio de la actual convulsión de mercados.
Sin embargo, el mayor faltante en el accionar del gobierno sigue siendo que no enuncia nada -fundamentalmente nuevo y concreto-para reducir el gasto público que nadie ignora es el real problema de fondo de la Argentina de hoy, aunque su faz más visible sea la crisis financiera. No hay nada que opere mejor sobre los mercados que ver que -en serio-un país deficitario se encamina a ahorrar para pagar sus deudas, por un lado, y por el otro que no intenta manipular reservas o moneda para seguir salvándose de todo costo político y que los ciudadanos comunes sigan creyendo que esta crisis es sólo de quienes «hacen inversiones grandes».
La banca operó ayer con responsabilidad. Abrieron extraordinariamente la brecha entre compra y venta de títulos para desalentar operaciones. Se retiraron del mercado cuando la TIR (Tasa Interna de Retorno) era excesiva. Claro, no pudieron evitar pedirle hasta 50% de tasa anual -una monstruosidad-a las empresas que requerían créditos. La situación entonces sigue grave y en manos de quienes no ven bien los riesgos que acechan y las medidas que deben tomarse, más cuando enfrentan una especulación con fines, obviamente mezquinos, pero alentada por los errores oficiales.
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