Algunos achacaron el cambio de optimismo entre los inversores al rescate de los mineros atrapados en Pensilvania. Otros hablaron del «fast track» que finalmente consiguió el presidente que le cediera el Congreso (hasta ahora Bush venía siendo una excepción en la historia de los presidentes, porque no se lo habían dado). También hubo los que hablaron del cambio lunar y cosas mucho más esotéricas. Lo cierto es que para un observador neutral nada de lo que se dijo alcanza a explicar un cambio tan brutal en la actitud de los inversores, capaz de generar u$s 1.500 millones de riqueza contable por minuto, como el que tuvimos ayer. Nada que no sea el final de un "bear market" y el ingreso a un "bull market". Afortunadamente no somos observadores neutrales y podemos seguir mostrando dudas sobre la "sinceridad" del actual movimiento alcista. Es cierto que el volumen negociado continuó siendo significativo, pero experimentó una nueva reducción, demostrando que "la masa" de inversores necesaria para apuntalar el rally aún no se ha hecho presente, o que una suba de 5,41% como la que tuvo ayer el Promedio Industrial al cerrar en 8.711,88 puntos (el NASDAQ ganó 5,79% y el S&P 500, 5,41%, en un inusual "pas de tríos") no alcanzó para hacer olvidar lo que han sufrido los inversores en estos dos años y medio. Un dato adicional de incertidumbre lo generó la SEC al dar la orden a los ejecutivos de las 1.000 cotizantes más grandes del país, que juren la veracidad de los estados contables de sus empresas. Esto, que sin dudas sincerará el verdadero estado del mercado, puede resultar equivalente a despertar un monstruo al que todos preferiríamos que siguiera dormido.
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