Es incómodo, por no decir terrible, tener que escribir a diario una columna donde se tengan que remarcar hechos adversos, proyecciones siniestras, medidas absurdas, una suerte de mancomunión de ideales con la finalidad simple de: aniquilar a la plaza local. Y lo peor es que bastante de todo esto hubo ya que escribirlo durante años y años anteriores -aun los que parecían buenos porque los precios sabían y ocultaban todo a ojos de exitismo-, pero que no se engañe nadie: esto de ahora no es consecuencia de una normativa o de un gabinete, ni siquiera de uno o dos gobiernos. Nada más que inmersos en una crisis y donde las vacas flacas abundan desde hace rato, las cuestiones afloran con una urgencia llamativa. Es un eslabonamiento, que no distingue colores políticos ni escuelas económicas de los que han pasado. Todos han puesto de sí para ir perdiendo, primero de a poco, y después, aceleradamente, el concepto de un mercado de capitales nacional. Las empresas ahora se van; esto pone los pelos de punta. Pero, antes no entraban más de las que estaban: y esto no producía alarmas, aunque -en el fondo-era el reverso de la misma moneda. Existe en el país una asombrosa falta de identidad con lo que significa tener un mercado fuerte. Y esto es doblemente extraño, por cuanto se han ocupado muchísimo de copiar e importar modelos y también instrumentos de los que usan en el mundo, de los que manejan los países del «primer mundo». Pues, cada Bolsa de uno de esos países es enormemente fuerte y se preocupan de hacerlas cada vez más fornidas. El mejor ejemplo viene de la zona del «euro». Una vez hecho el frente común, no dejaron pasar más de un tiempo breve para conciliar un frente común bursátil para servir a esa economía unida y salir a pelear el liderazgo al NYSE en unos años. Son los muy pobres, los rezagados totales, los que no tienen mercados bursátiles de razonables dimensiones (y en expansión). En la Argentina, no. Somos tan geniales que pretendemos crecimientos, expansiones, sin contar con mercado de capitales haciendo de fuente para financiarlo. Preferimos el espectáculo actual, donde las empresas privadas están endeudadas en más de 23.000 millones de dólares en ON, donde el acreedor es externo y resulta toda una bomba de tiempo para este mismo año, donde deberán pagar 6.300 millones entre interés y capital (datos de la Fundación Capital). Y entonces, el viejo cuento del perro que se muerde la cola, donde se financian afuera porque aquí no hay fuente, pero no hay fuente local porque ésta no se recrea.Y nadie hace nada a favor, y todos colaboran un poco más en contra. Hasta que no haya nada: quizás, el verdadero objetivo final. Porque tantas torpezas, de gente inteligente, son difíciles de creer.
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