21 de noviembre 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Están sensibleros los «muchachos» de la deuda y los títulos. Unas palabrejas de personaje secundario en el reparto, una opinión medio confusa y hasta contradictoria sobre los argentinos, la convertibilidad, y lo tan remanido de siempre: fue capaz de hundir en las más crueles ventas a papeles que tuvieran que ver con lo nacional.

De tontos no tienen nada, saben que hay que presionar y meter miedo para estar en el lado favorable de la mesa: del otro lado, el gobierno y sus personajes más encumbrados, que buscan y buscan un espaldarazo en alguna parte y solamente consiguen buenos saludos, mejores consejos, apoyaturas dialécticas de todo tipo e idioma, pero de dinerillos... ni hablar.

En un día se arruinó una semana, que no estaba para buenas diferencias pero, hasta el jueves, al menos para andar quedando dando vueltas y sin mucho costo. Hablamos de las acciones, claro. En esa sola fecha se desplomó todo, adjudicando la causa -por mayoría de votos-al titular del Banco Central. Pero, para ser objetivos, antes de conocerse tales declaraciones -que tenían mucho más de tontas, que explosivas-ya el mercado venía «en falsa escuadra, se ladeaba, se ladeaba por el borde del fangal...» (hubiera descripto el genial Discepolín). Así que lo posterior pudo haber acentuado una tónica adversa, pero que los genes de la caída se habían instalado temprano: es innegable.

Fin de semana sin más novedades que verlo a De la Rúa con una especie de disfraz de época, en colores, recibiendo alguna distinción. Y la visita de los señores del censo que no preguntaban acerca de si uno tenía, o había tenido alguna vez, acciones -por ejemplo-, un interesante modo de medir también en esa dirección. O si sabía la población de qué se trataba una inversión a la que llamaban «la Bolsa», qué se hacía en ella, para qué servía. En verdad, estamos diagramando un «censo bursátil» y que alguna vez se realizó -allá por los años '60- en nuestro medio.

Como todo es dudoso en nuestro país actual, nadie estará ciento por ciento seguro de las cifras que se den a conocer. Tampoco acerca de si se realizó con todo éxito, o si las falencias fueron mayores a las reconocidas. Esperable que sea de utilidad para cambiar la dirección de alguna política, la adjudicación de recursos, la reformulación de principios básicos. Si se queda en estadística, en porcentajes, en curiosidad, no habrá servido más que para gastar unos cuantos pesos y molestar a la gente. Nos preguntamos ¿alguna vez un censo sirvió, para esos propósitos que anunciamos? Parece que no, amigo lector, o estaríamos mejor que ahora y menos desorientados. Tal vez quieran saber cuántos son los millones de argentinos que (bien dijo Cavallo) han sido convertidos en conejillos de pruebas...


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