22 de febrero 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Febrero de 1949... «El crac», mayúsculo, incomparable, una enorme burbuja que se formó absolutamente sola, sin que tuvieran que ver de modo decisivo cuestiones exteriores, crisis copiadas, como tampoco causales internas que no fueran de la ambición desmesurada, el exceso, la embriaguez de las ganancias fáciles, sumado a una laxitud inconcebible en los que debían manejar las líneas de crédito de las entidades oficiales. A más aumentos de la Bolsa, más facilidades para comprar, apenas con 10% del total en efectivo y el resto... me lo anota. Pases de manos y la cadena del tonto, una comprobación de la teoría de Wall Street y que se autodefine muy buen: comprar a $ 10, porque siempre habrá algún tonto que me la pague $ 12. Y así...

En la estrepitosa debacle se registró una pérdida de precio hasta de 70%, promedio, en sólo dos meses. El entusiasmo llevó a la euforia, la Bolsa ganó la calle y la carencia de alternativas de inversión en aquellos tiempos, llevó a todo el mundo hacia las acciones. Una suerte de los «locos años '20" en Nueva York (donde hasta los lustrabotas daban la fija del día, antes de iniciar las operaciones) pero, hecho en reducidas proporciones. No existía la inversión externa, ni los fondos comunes, todo se resolvía entre nosotros y era el juego del más astuto, del más poderoso y -lo que es peor- también del más corrupto... Préstamos al grupo de control de las dos acciones que se hicieron las líderes del movimiento y la especulación feroz, ventajas de juego que a otros no se les brindaba. Los mismos directivos de la Bolsa protestando, advirtiendo que se había armado un castillo de naipes y que al quitar la baraja de abajo todo se vendría a pique. Oídos sordos.

Nos queda esto como el hito fundamental en la historia de siglo y medio del mercado nacional, que alcanzó un notable empuje en la primera mitad del siglo 20: y que se diluyó, y se consumió, en la segunda parte. Para arribar al nuevo siglo vacío de especies, hueco de negocios, viviendo de alguna mendicidad del fondo externo en zonas donde pueda aparecer atracción para especular en corto. Nada más. Ese fabuloso «crac» de 1949, que hemos recordado, nos parece que marcó a fuego a las generaciones siguientes y armó las leyendas negras, que todavía hoy se arrastran y se pasan de padres a hijos: «No vayas a la Bolsa porque allí sólo ganan cuatro vivos...». «Te la suben y después te quedas sin nada, no entrés...». Bellezas como esas, y otras más fuertes, que vienen del pasado: de hechos tan duros como ese derrumbe que se llevó ahorros de mucha gente. Después, solamente bonanzas por etapas cortas, nuevas caídas y en cada vuelta de tuerca un paso menos, y otro, y otro más. Estamos metidos en la misma bolsa de crisis que el resto, esto posiblemente oculte la verdad cruda del grado de decadencia alcanzado. Un final, tras medio siglo desde el que fuera el más grave desastre accionario:
el comienzo.

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