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Sobre semejante piso movedizo se tienen que tomar decisiones en todos los niveles de la actividad económica y, obviamente, empresaria y financiera.
A todo esto, nuestra Bolsa reflejó solamente un día de cierta desazón -el jueves pasado, ante la sorpresa del no pago del compromiso grande-, para después encauzarse nuevamente por la senda de la ganancia de indicadores. Más que pisar un terreno movedizo, como si estuviera muy confiado el mercado en estar pisando sobre seguro. Cierto es que no hay capital grande en danza diaria de las ruedas, no hay mayores tentaciones de querer entrar en esa onda que representa las más optimista de cuantas señales se pueden aportar como signo favorable. Una Bolsa que suma y sigue, que ensaya repuntes de varios puntos por fecha en varios papeles líderes, que apenas retrocede y retoma el aliento para remontar la cuesta.
¿Es posible que la Bolsa vea lo que todavía es invisible a los ojos de la mayoría? ¿O que desafiando leyes básicas históricas de la actividad se haya constituido en la «isla» que siempre se ha desestimado; que no solamente sea espejo, sino la misma protagonista de la imagen; que no refleje apenas los efectos, sino que halle causas dentro de ella misma que la hagan sobreponer a toda razón contraria que la circunde? Un fenómeno que se sigue corporizando, a mes y medio del cierre del año, y que lleva sus cuentas en positivo añorando cotizaciones reales mucho más altas pero pertenecientes a un país que ya no está. A cuando pensar en todo lo que ha sucedido después sonaba a pesadilla y utopía. ¿Qué Bolsa, qué precios corresponderían a la zona que se está atravesando? He ahí la cuestión. A la que cada operador está contestando intuitivamente. ¿Pasó lo peor, como dice Duhalde? ¿O lo que venga, nos hará suspirar por esto?




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