21 de noviembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Hemos vivido firmando acuerdos con el FMI que se volvían desacuerdos, lo que daba origen a nuevos acuerdos, naturalmente vulnerados en escaso, o algo mayor, tiempo. Ha sido nuestra historia permanente en lo que hace a relaciones con acreedores externos. A finales del ajetreado año anterior surgió una corriente de rebeldía -de efímero gobierno, pero jalonando el acto con eufóricas muestras de un Congreso que hoy está intacto- y, casi de inmediato, un querer volver a la ruta de los acuerdos y de no irritar a los acreedores. Para pasarnos todo lo que va del año tirando fechas al vacío, sobre un nuevo acuerdo con entidades del organismo internacional. De pronto, una nueva muestra de querer sacudirnos ciertas imposiciones y bajo el paraguas de la frase: «No vamos a firmar cualquier cosa». En el tire y afloje, no se acierta a saber hasta dónde la Argentina se subordina a refrendar acuerdos con condiciones impuestas, o si llevará adelante la nueva cruzada de arribar a un desacuerdo. Todo esto en ebullición, por más que se busquen temporales acuerdos políticos y se disperse la imagen de que vamos camino a conciliar.
Sobre semejante piso movedizo se tienen que tomar decisiones en todos los niveles de la actividad económica y, obviamente, empresaria y financiera.

A todo esto, nuestra Bolsa reflejó solamente un día de cierta desazón -el jueves pasado, ante la sorpresa del no pago del compromiso grande-, para después encauzarse nuevamente por la senda de la ganancia de indicadores. Más que pisar un terreno movedizo, como si estuviera muy confiado el mercado en estar pisando sobre seguro. Cierto es que no hay capital grande en danza diaria de las ruedas, no hay mayores tentaciones de querer entrar en esa onda que representa las más optimista de cuantas señales se pueden aportar como signo favorable. Una Bolsa que suma y sigue, que ensaya repuntes de varios puntos por fecha en varios papeles líderes, que apenas retrocede y retoma el aliento para remontar la cuesta.

¿Es posible que la Bolsa vea lo que todavía es invisible a los ojos de la mayoría? ¿O que desafiando leyes básicas históricas de la actividad se haya constituido en la «isla» que siempre se ha desestimado; que no solamente sea espejo, sino la misma protagonista de la imagen; que no refleje apenas los efectos, sino que halle causas dentro de ella misma que la hagan sobreponer a toda razón contraria que la circunde? Un fenómeno que se sigue corporizando, a mes y medio del cierre del año, y que lleva sus cuentas en positivo añorando cotizaciones reales mucho más altas pero pertenecientes a un país que ya no está. A cuando pensar en todo lo que ha sucedido después sonaba a pesadilla y utopía. ¿Qué Bolsa, qué precios corresponderían a la zona que se está atravesando? He ahí la cuestión. A la que cada operador está contestando intuitivamente. ¿Pasó lo peor, como dice Duhalde? ¿O lo que venga, nos hará suspirar por esto?

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