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Subir los sueldos, justamente un mes antes del acto electoral, implica también dejar acorralado al que quiera venir detrás: no porque la gente no se lo merezca sino porque una jugada basada en recaudaciones pasadas, sin saber -por ejemplo- cómo habrá de quedar el mundo, y nosotros en nuestra debilidad infinita, después del desarrollo de una guerra que parece inminente.
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