3 de agosto 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

En vez de exponer un gran capital, como tener una acción Merval para ser agente bursátil, o decidirse a instalar un negocio como para ganarse el sustento: seguro que conviene armar alguna de estas «ferias» que han proliferado y que teniendo algún gusto añejo a las verdaderas y primitivas «ferias medievales» (origen de las lonjas y, éstas, de la Bolsa) trabajan con total desparpajo, y también con anuencia de los recaudadores impositivos. Todo ya pasa como materia de simple información, no de conclusiones, y se puede leer en cualquier medio que al realizar una inspección por una de las más mencionadas en estos tiempos: resulta que se anuncia alegremente haberse llegado a un acuerdo con los puesteros. Van a pagar $ 25 por mes, de «ingresos brutos». Días atrás, aparecían estimaciones sobre cuánto dinero se mueve en una de tales ferias... y el anuncio: es una burla. Más que eso, es una grosería para los que se desempeñan en cualquier profesión y se ven muchas veces ahogados, por lo que debe abonarse a los entes.

Se dirá, qué tiene esto que ver con una columna que lleva el título de ésta, pues algo ya tuvo que ver: es mucho más negocio ser «puestero» de tales ferias, que agente de Bolsa. Pero lo esencial es que aún en las que parecen cuestiones pequeñas el ciudadano advierte que se retuercen leyes, normas, artículos, tasas, a voluntad del funcionario de turno. Gente que mueve millones y millones de pesos diarios, no ya mensuales, y deberían actuar absolutamente en regla: arreglan la situación con $ 25 mensuales, por Ingresos Brutos. Se le podría llamar a esto «impuesto social», pero el nombre le queda holgado. Es una burla a la otra parte de la sociedad, a la que sí se le aplica con rigor la batería de impuestos, amenazas fiscales, y que están en primera fila cuando la recaudación no alcanza: para ser los elegidos para pagar más que antes. Esto, como muchas otras disposiciones donde las leyes se manejan a voluntad y privilegiando inclusive a grandes negociantes, que erosionan con su actividad clandestina a los verdaderos comerciantes, o empresarios, hace a que se formen esos grandes pozos de desánimo en la sociedad racional. Y es donde entra en juego la Bolsa: porque es una de las que cae dentro del pozo que se abre.

A veces, da para pensar si es que hay gente con poder de decisión, que le quiere tomar el pelo a los gobernados. O si pretenden estirar tanto la goma, como para que de una vez estalle todo por los aires. La pasividad que se advierte, el dar a conocer tales novedades, alienta para que se instrumenten más focos absolutamente marginales y con el eslogan de «la falta de trabajo».


Estaría admisible para los que no lo tienen, y apenas llevan un mendrugo vendiendo «algo», pero para los que son ya enormes centros comerciales por izquierda, disfrazados de «ferias», aparece como uno de los tantos chistes de la clase política.

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