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28 de abril 2005 - 00:00

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¿Cuál sería la primera reacción oficial? En tren de imaginar, suponemos el clásico malhumor fluyendo por las yugulares de los gobernantes... A renglón seguido, alguno de los voceros favoritos hablando de injusticia. Después, la infaltable aparición presidencial lanzando acusaciones a diestra y siniestra. Y de inmediato, esto que se ha venido preparando oportunamente: jugar la teoría de lo constitucional y del ámbito local para los juicios, tratando de no dar por válido lo fallado. Acaso nada de esto suceda, si es que aparece aquello que todos los círculos esperan. Pero no deja de ser inaudita la posición que se asume. Dejar que los hechos corran, hacer silencio y en lugar de allanarse a lo que se dicte, inmediatamente cargar contra la resolución que no favorecía los intereses. Es tal el sentido de lo que representa someterse a los tribunales, que también está instalado en las mentes comunes. Es habitual ver gente, de cualquier condición, que en los inicios de un litigio asegura: «Yo creo en la Justicia». Pero cuando el fallo sale a la inversa de lo que creía, discute y se rebela ante lo resuelto. Con lo cual cada ciudadano pareciera creer que

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