3 de agosto 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

La inflación está en boca de todos, de arriba hacia abajo en la sociedad, menos en la consideración de los estados contables. Cierto es que entre los temas que suelen plantear los empresarios, no surge una prédica constante de un mecanismo que les «confisca» bastante dinero de sus arcas. Y seguir abonando por ganancias virtuales, en un estado inflacionario que pudiera quedarse pegado a las predicciones más optimistas, es una cosa. Pero, ya con lo que se acumuló en el semestre, más lo que puede suponerse en el resto del ejercicio el asunto se pone mucho más denso. Pero, lo dicho, no aparece una presión más homogénea desde el frente perjudicado y extraña más ahora, cuando posee argumentos mucho más pesados: una inflación que va camino a su adolescencia, cuando muchos la querían seguir viendo en la cuna. ¿Si no es ahora, cuándo? ¿O será que ya se asume ese recorte extra, como una especie de impuesto tácito a soportarse? Debería, de paso, importarles mucho a los inversores de las cotizantes en Bolsa, que básicamente dependen de las utilidades que puedan extraer las acciones que poseen, en función de la empresa que está por detrás de cada título.

Allí se expone claramente una de las facetas que delatan aquello que distingue a esta gestión: el negar hasta las cuestiones que son tan sencillas y de todo modo indefendible. Lo único que puede impedir que la inflación juegue el debido papel en los balances es que a las autoridades vigentes: «no se les dé la gana», de admitirlo. Tal como también sucede con tanta euforia por la recuperación, el superávit, el demostrar que el país se ha puesto de pie, pero insistir con gravámenes tan inauditos como el llamado «impuesto al cheque». La razón que puede esgrimirse, para no quitarlo, es igual a la de la incógnita anterior: porque no se les da la gana...
 
El fin de semana se vio «conmocionado», pleno de emoción, porque las autoridades de Santa Cruz anunciaron que habrán de hacer retornar u$s 507 millones, que yacían en el exterior desde una década atrás. Pero, si no es que estuvimos soñando mal, nos parece que existieron no menos de cuatro, cinco, cifras distintas cada vez que se tocó el caso. La vez primera, nos parece, lo vimos en una informal nota de campo, donde periodista de un noticiario le arrojó la pregunta a un funcionario. Esto, en el instante donde se comenzaba a hablar seriamente, de lo insólito de haber enviado esas sumas al exterior. Nos pareció oír que se hablaba de unos 560/580 millones en una dirección, pero agregando que había otros u$s 80 millones depositados en entidad de Luxemburgo. De esto no se volvió a hablar, aunque recordamos haber hecho «cupones» fustigando esa porción depositada en lo que es uno de los «paraísos fiscales». De pronto, nos encontramos con u$s 507 millones, por toda cifra. Un caso como para ponerlo en claro debidamente y partiendo de aquel principio, ¿no?

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