7 de noviembre 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Si la estrategia para evitar incidentes, o contusos, es mejor que los agitadores y vándalos destruyan toda propiedad a gusto y placer -mientras la Policía observa plácidamente-, no se entiende bien para qué se sostiene con el erario a funcionarios y personal de seguridad. Sin ningún tipo de «estrategia» dejando sólo algún policía de parada, el resultado puede ser el mismo: soportar el bochorno y el atropello de unos pocos, hasta que se cansen de romper y de incendiar y vuelvan a sus madrigueras. Lo del viernes, no por anunciado, dejó de ser impresionante y revivió postales de un pasado que nunca termina por ser eso, volviendo a estar en el presente y tiñendo al futuro de lamentable color. Los operadores de Bolsa bien pueden extraer nuevas conclusiones -más allá de proyecciones antojadizas sobre evolución y tasas de crecimiento- acerca de reconocer en qué tipo de escenario deberá desarrollarse. El tipo de mensaje que priva, de arriba hacia abajo, no resulta el terreno fértil para un tipo de inversión que se nutre en el principio capitalista. El viernes, el mercado se acurrucó, volvió a meterse debajo de la mesa, lo dejó bien nítido en el total de negocios realizado. Era un buen reflejo de lo que se estaba viendo, veneno puro para la inversión de cualquier tipo. Esto no quita que se procure dar una vuelta de página y trabajar de modo entusiasta la tendencia, como viviendo en una isla. Ya se lo ha hecho.

Al pasar, mencionamos aquello de las «proyecciones» que están pululando respecto de adivinar el futuro de los distintos componentes económicos. Que el dólar estará en tal nivel, que la inflación de 2006 resultará de equis marca, que el crecimiento resultará de tanto del PBI. Y, por el estilo. Le conviene al inversor tomar con suma precaución tales pronósticos locales -muchos de ellos también resultaban gurúes de la «convertibilidad eterna»- y fijarse en cuestiones más serias. Por ejemplo, la novedad llegada de la esfera del Banco Mundial respecto del riesgo potencial sobre una extensión de la «gripe aviar» y el impacto económico que puede llegar a eclosionar en 2006. Los enormes costos que ello implicaría podrían originar un hundimiento del mundo hacia una recesión. Eso es un tema. Es un dato que no puede estar fuera de ninguna proyección (aunque en nuestro medio, parece que sí lo está).
Pensar que esa afección está en otras regiones, que no nos puede afectar, liviandades por el estilo, es poder encumbrarse con la realidad de un ciclo recesivo apelando otra vez a la única fórmula que aquí se conoce en estos tiempos: legislar de aporte, con «necesidad y urgencia», echarles la culpa a los de afuera, pasar por encima de todo derecho, llegar incluso a las confiscaciones lisas y llantas. Ya lo hemos visto. Lo probamos. Lo sabemos. Si no lo recordamos, solamente que cada uno cruce sus dados. La hipótesis de «y si sucede...» debe superarse.

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