El Mundial, que nos ha sacado a casi todos de las rutinas diarias, también deja algunos efectos colaterales interesantes. Además del ya comentado compartimiento de los «bravos» de la hinchada que frente a un marco apropiado se «amansan» (algo que harían bien en analizar los que todo lo resumen a la educación y no se deciden a poner remedios a los excesos), nos encantó la definición dejada por un mexicano que con notable poder de síntesis, simplemente reflexionó: «Jugamos como nunca... y perdimos, como siempre». Algo que podría tomarse también en Holanda, pero que nosotros ya capturamos para nuestra colección de definiciones para la Bolsa: que no parten de un ámbito bursátil. Y diga la verdad, el lector, si tantas veces en la carrera inversora no le ha sucedido estudiar, analizar, sacar conclusiones redondas, apuntar exacto al blanco de un papel y terminar perdiendo como pocas veces en la vida.
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En este caso, la adaptación resultaría: «Invertí como nunca... y perdí, como siempre».
Conocimos cierta cantidad del peor perdedor: el perdedor crónico. O, como crudamente lo definió un especulador famoso, el que nació para ser «cliente». Generalmente, no todos suelen echarle la culpa a la mala suerte que los persigue. Pero los que lo ven desde afuera llegan a concluir que se debe a su exceso de ansiedad. Y si buscamos, y rebuscamos, en la característica que pueda ser la más nociva, la letal para la salud de la cartera -y del individuo-, posiblemente el ranking lo encabece justamente la ansiedad. Que lleva a comprar en los picos más altos de una tendencia y que, después, lleva a vender ante el primer susto. O quedarse a morir «con las acciones puestas», poniéndoles el pecho a las bajas.
Estos que corren son tiempos para adrenalina y son zonas para que la ansiedad mate inversiones. Si la paciencia es una virtud teologal, también es una principal virtud del hombre bursátil. Saber esperar si los precios se van de largo. Saber hacerlo si se ingresa en la zona de los gráficos que corresponden más a la parte psicológica que a la técnica. La codicia y el miedo resultan desde siempre los dos grandes motores que dan vuelta los ciclos; es una definición de oro. Pero, para mitigar los extremos podemos incorporar como cuña a la paciencia. Lo que se perdió de las ganancias de los primeros meses ya está: se perdió. Recuperarlo a toda velocidad es una tarea imposible. Hay que agacharse y trabajar con los mismos instrumentos del principio, sabiendo que aquello que quita con una mano el mercado suele devolverlo con la otra. Nos pareció aconsejable tratar de cambiar ideas sobre este punto, porque vemos mucha gente nerviosa -y ansiosa- en exceso en estas semanas. Quizá les sirva, tal vez no. Depende de cada uno.
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