Después de la corrección de marzo, la Bolsa se cobró la revancha en abril. El mercado bull, que se inició en octubre de 2022, demostró así que su músculo y ambiciones se conservan intactos. No solo recuperó todo lo perdido por causa de la guerra en Medio Oriente. Al igual que el año pasado, después de tambalear por la crisis arancelaria del Día de la Liberación, barrió los viejos récords aplastando cualquier vestigio de debilidad. Wall Street estampó una contundente ve de la victoria. El S&P 500 hizo trizas sus máximos de enero. Los 7 mil puntos que le fueron esquivos en su intento de rally de Navidad sucumbieron ahora. Mayo se estrenó, tras hilvanar cuatro semanas consecutivas en alza, elevando el listón por primera vez a 7230. En un mundo lleno de dudas, la Bolsa exuda enorme confianza.
La Bolsa quiebra récords empujada por la efervescencia de los balances
El impulso de Wall Street desafía tensiones geopolíticas, suba de tasas y crisis energética. La clave pasa por los resultados corporativos, que sostienen el optimismo y empujan al mercado a nuevos máximos.
Wall Street desafía la tradición del "Sell in May".
Las acciones padecieron los idus de marzo. No temen, en cambio, la maldición del Sell in May. Su ofensiva no es una exhalación ni un rebote de gato muerto. Es, créase o no, el comienzo de una nueva expedición alcista. A contramano de una crisis de energía que aumenta sus contornos cada día que Ormuz permanece bloqueado (aunque su cierre no sea hermético). Los niveles de inventario de crudo y sobre todo de destilados se reducen sistemáticamente, y se ubican en umbrales mínimos para esta época del año a pesar de las inyecciones puntuales provenientes de las reservas estratégicas.
La oferta flujo de petróleo y gas no corrige sus restricciones. El atasco de la guerra lo impide en el Golfo. El presidente Trump presiona a las compañías emblemáticas de EUU – como Exxon y Chevron – para que aumenten su producción. Repite como en campaña – “Drill, baby, drill” – pero, aunque ahora los precios son otros, la respuesta es la misma. Se le hace caso omiso. Que los Emiratos Árabes anuncien a los cuatro vientos que se retiran de la Opep hoy no significa nada. No se pueden escapar del Golfo y continúan rehenes de Ormuz. Pero hacia delante es un mensaje de mayor producción, y más barata que la proveniente de las formaciones estadounidenses. Lo que se presenta como un espaldarazo a Trump es también lo que arruina el atractivo de su prédica.
Por fortuna, China flexibilizó las limitaciones que impedían la exportación de derivados a sus vecinos, impuestas ni bien comenzó la guerra. Tampoco hay señales de que Irán haya recortado muy drásticamente su producción, la cual a pesar del bloqueo naval de EEUU, todavía fluye a los mercados navegando por sus aguas territoriales, o por vía terrestre, con la ayuda de Pakistán (a quien Trump acepta gustoso como mediador). En ese marco precario, la crisis de la energía no se soluciona, se agrava. Aunque, sin estridencias ni que se provoque un estallido.
Las cotizaciones escalan. Sin prisa, pero sin pausa. A veces, como el jueves, el contrato más cercano del Brent fluctúa en un rango de 13 dólares, sube y baja sin que existan noticias relevantes. La brecha de precios con el barril físico, con las cargas ya asignadas a refinerías y con fecha específica de entrega, volvió a empinarse. La tregua sacó a los misiles de la escena, aunque Israel retomó los bombardeos a Hezbolá. Lo cierto es que no se observan las explosiones que aturdieron en marzo. Pero sería necio ignorar que el cese del fuego – acoplado al cierre de Ormuz - incuba una bomba de tiempo.
Trump piensa que le estallará primero a Irán cuando se agote su capacidad de atesoramiento de combustibles. Lo estima en días, pero si no clausura las filtraciones de su bloqueo, el dilema drástico de llegar a un acuerdo urgente o cerrar los pozos de producción, puede llevar meses (¿dos?). Teherán piensa lo contrario, que los tiempos lo favorecen. La guerra es impopular en EEUU. Los precios de la nafta se dispararon casi 50% - de 2,80 dólares el galón a 4,40 - y seguirán en ascenso. Y quién si no Trump es el responsable. Con una campaña en ciernes y elecciones en noviembre su umbral de tolerancia no debiera estar muy lejos.
La voluntad beligerante decayó en ambos, y por eso la tregua se eterniza a pesar de la falta de avances en la negociación. Si el enemigo se debilita, lo mejor es que pase el tiempo. Y así el lanzamiento de misiles se reemplaza con el intercambio de propuestas que se rechazan sin siquiera pretender que se hace el esfuerzo de analizarlas. No hay tampoco reuniones de compromiso en Islamabad que sirvan de cobertura. En la ambigüedad del status quo actual, sin sobresaltos mayores, los contendientes toman respiro pensando que es suya la carta ganadora.
La guerra que iba a durar semanas entró ya en su tercer mes de vigencia. Transcurridos 60 días, Trump debía asistir al Congreso para obtener su autorización para continuar las operaciones militares. La guerra terminó, les dijo el presidente a los legisladores. No hace falta gestionar ningún permiso, dictaminó por su cuenta y dio vuelta la página. Pero Ormuz permanece bajo firme control iraní, y esa página no se puede fraguar. Hay tres portaaviones de EEUU en la región y se envían más fuerzas y pertrechos. La factura de la guerra ya excede los 25 mil millones de dólares y crece. La inflación aumenta. El deflactor del consumo personal, la medida que usa la Fed, trepó 0,7% en marzo y registra una variación interanual de 3,5%, cada vez más lejos de la meta de 2%. La inflación núcleo, que en su cálculo sustrae alimentos y energía, dio 3,2%. Las tasas de interés se incrementan. Las de 2 años, 50 puntos base desde que comenzó la guerra. La de 10 años, 40. La FED de Powell se despidió votando 11 a 1 a favor de mantener sus tasas sin cambio. El resultado final 8 a 4 sumó tres disensos en contra de sostener el sesgo bajista de la política monetaria, una gentileza que le dejó Jerome Powel a su sucesor, Kevin Warsh. El mensaje es claro: no hay espacio para que recorte las tasas cuando asuma al timón. No importa lo que le haya prometido a Trump. Como mínimo, la incertidumbre de la guerra deberá despejarse. Urge, pues, una definición que desarme la bomba de tiempo.
La Bolsa tiene ya su propia definición. Y es tajante desde que se abrochó la tregua el 7 de abril. Ni crisis severa ni recesión. Ni siquiera la aprehensión por el Sell in May. ¿De dónde saca las fuerzas que la empujan con tanta vehemencia? No son, por cierto, las fuentes habituales del optimismo. La energía se encarece y escasea, las tasas de interés trepan, la Fed no acudirá a ningún rescate. Lidia con un shock adverso de oferta, que trae lo peor de los dos mundos: menos producción y más inflación. Y, para embarrarla más, estrenará conducción. No vendrá el alivio por ahí.
Y, sin embargo, la Bolsa no se agazapa al borde de un ataque de nervios. El VIX hizo máximos arriba de 30 a fines de marzo y ahora tensiona la mitad, que es lo normal. La ambición prevalece. Y derriba récords todas las semanas. Volvió la fe en la tecnología, las siete magníficas y la inteligencia artificial (IA). No es la macro, es la micro lo que la moviliza con suma convicción en la penumbra. La temporada de balances es excepcional. Se estimaba a fin de marzo que las ganancias por acción del S&P 500 del primer trimestre iban a crecer 13% interanual y la semana pasada la cifra se estiró a 15%. De ahí, la fuerte embestida a contramano durante todo abril. Tres balances magníficos – los de Alphabet (Google), Amazon y Meta (Facebook) – esta semana catapultaron la estimación a 27%. Pero es solo la frutilla del postre. Nueve de los once sectores del S&P500 mejoraron sus utilidades, y siete a un ritmo de dos dígitos. No se trata de un callejón estrecho. No se limita tampoco al boom de la IA. Es una bonanza llamativamente amplia.
Los datos de la economía confirmaron estos indicios. El PBI creció 2% en el primer trimestre (y 2,8% las ventas finales internas). En abril, el sector manufacturero registró los mayores avances en producción y en órdenes de compra de los últimos cuatro años, según el informe PMI, a pesar de los fuertes incrementos de precios. ¿Es una fortaleza genuina de la demanda? ¿O los fabricantes se apresuran a hacerse de inventarios de producto temiendo problemas de abastecimiento y mayores costos de los insumos por la crisis de la energía en incubación? Nobleza obliga, parece más lo segundo.
Los balances del primer trimestre no dejan de ser historia. La Bolsa los pondera porque los toma en conjunto con la visión (“guidance”) que las empresas despliegan sobre el futuro de sus negocios. De poco servirían si las compañías se prodigaran en advertencias. Lo que Wall Street rescata es el tono constructivo que se mantiene incólume. Una aerolínea de bajo costo – Spirit – ya dejó de volar por la crisis. Y de seguro habrá más víctimas. Pero, los balances y la orientación corporativa sostienen que serán la excepción y no la regla. Para todo 2026, las expectativas de crecimiento de ganancias orillan 20% (con el sólido respaldo de un aumento de 9,8% en los ingresos). Ese norte pujante la excita. ¿Estamos todavía en La La Land, como reza la portada de The Economist? ¿No se engañan las empresas con la curva invertida de los mercados de energía que auguran una solución rápida y poco cruenta del conflicto? Es arduo pensar que la realidad no hará un daño profundo. Y es imposible descartarlo. O no imaginar que se pondrá a prueba. Pero es lo que Bolsa cree desde hace un mes sin titubeos. Y es, muy claramente, dónde pone su dinero.
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