Nos preguntamos, cabe hacerlo, si algo como lo descripto en la columna de ayer se produjera en nuestro medio. Es un caso de situación «virtual», como si fueran los útiles programas que instrumentan desde el Mercado de Valores con el PRO.DI.BUR, pero con otros fines y en las antípodas de los cursos para procurar inversores bursátiles más formados. El tema se puso de manifiesto en el centro de las finanzas, en Estados Unidos, donde se utiliza la enorme posibilidad positiva que ofrece la comunicación por Internet, nada más que para montar una estafa de tipo intelectual. Sabe el lector, que nos leyera ayer, sobre el hecho de una organización que se cansó de enviar mensajes por la red a cuanta víctima potencial encontraran -fueron millones-y con recomendaciones y pronósticos de alza, para una serie de títulos accionarios. La SEC desbarató la maniobra y, primero, lo que hizo fue suspender la cotización de 35 papeles listados en el Nyse, los que estaban mencionados en los falsos informes con bondades virtuales de esos títulos.
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No por casualidad, los papeles elegidos resultaban todos de menor porte, los de segunda, tercera línea en lo que hace a liquidez de mercado. El motivo, es sencillo deducirlo: porque allí, donde se junta una razonable demanda -de los que picaban el anzuelo-los precios van saltando de modo notable. Lo demás, tan sencillo como salir a cosechar, vender posiciones con muy buenos rendimientos y dejando a los incautos compradores «pegados» (como se dice en nuestra jerga). No sabemos cómo está siguiendo el proceso, pero es casi seguro que aquí habrá gente que asuma fuertes sanciones en lo económico y, además, un buen rato a la «sombra». Porque allá se considera, con toda razón, que resulta un delito de mucha gravedad atentar contra la oferta pública y la credibilidad y confianza del inversor. Que es, en definitiva, de lo que viven todos los que tengan que ver con un sistema bursátil.
Ahora bien, entrando en honduras, imagine el lector una organización similar -salvando cantidades y penetración, por dimensión de mercados distintos- que monte algo parecido en nuestro medio, con las mismas metas: encontrar gente crédula, penetrarla desde la pantalla -o desde algún boletín- y sacar partido del juego. ¿Qué haría, por caso, nuestra CNV? ¿Se estarían suspendiendo acciones involucradas? Difícil, seguramente se alzarían voces reclamando que ello perjudica al inversor -o la empresa- que no tienen nada que ver. ¿Se seguiría el rastro, actuando sobre los infractores y cayendo sobre ellos con penas duras? Casi imposible, porque las normas que nos siguen rigiendo contemplan penas ridículas en casi todos los casos, inclusive para desvíos de calibre mayor. Y esto es una exposición a la inseguridad, tan alta como la que debe soportarse hoy en día en las calles.
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