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14 de marzo 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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Por dos días consecutivos abordamos la madeja que deshizo la SEC estadounidense y que se trató casi literalmente de un «virus», echado a rodar por las pantallas a través de Internet. Pero esta vez los «hackers» no se conformaban con hacer maldades en cuanto al funcionamiento de la red, sino que ya pasaban a la fase siguiente: invadir con «virus» de informaciones falsas y toda clase de material. Que pudiera servir de estímulo para que en los hogares de millones de personas surgiera una pequeña porción que, tentada por los datos que llegaban sobre acciones cotizantes, completaran el juego yendo a comprar esos papeles. Y ellos, venderlos.

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Decíamos ayer que la esencia de la estafa es de larga data en los mercados, lo único que varía es el método, la tecnología. La utilidad que puede tener en nuestro medio difundir y hacer hincapié en estos temas de desvíos y delitos la vemos como de doble faz. Por una parte, que los lectores-inversores locales estén siempre con las alarmas encendidas. Y si bien es difícil que aquí les llegue una maniobra similar, puede que siempre estén acechando bajo otras formas y donde, algunas veces, también el periodismo es cómplice. Y a sabiendas de que aquí el riesgo es mucho mayor, porque -sinceramente- parece que nadie rastrea, investiga, penaliza a nadie. Casi es como para agradecer el que nuestro mercado sea tan chico, tan apartado del gran público, al que lo podrán tentar mucho menos porque la Bolsa no les interesa. (Es llegar a un lado positivo, partiendo de una felicidad absurda).  


Pero, a diferencia de la conclusión que muchos arman al hablarse de estos casos, también los acentuamos no para remarcar que en otros mercados hay más desvíos. Sino para exponer el grado de indefensión en que nos movemos, a diferencia de los que sí tienen organismos protectores del ahorro público. Que delitos habrá y hubo siempre, en todo mercado donde los intereses entren en pugna, lo que hace la diferencia es cómo se los combate y de qué manera se los penaliza. Recordemos los directivos de la ENRON, para tocar el más resonante caso de estos años, de qué modo terminaron pagando sus desvíos. Los acomodaticios de siempre procuran plantear la cuestión a la inversa y siempre toman hacia el otro ángulo: justamente, el de pretender que «en todas partes se cometen delitos» y siendo mayores que los de aquí (hablando ya de lo económico, en general). Y la tranquilidad aparente que les queda es saber que en otras partes se delinque en mayor magnitud. El asunto es que allá el que arriesga, y lo atrapan, recibe un castigo apropiado. Y por aquí, ya sabemos en qué terminan los casos que se refieren a lo económico, o financiero. (Obsérvese, en la actualidad, de qué modo deriva el caso Greco).

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