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28 de septiembre 2007 - 00:00

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Hay una lucha desigual, entre los empleados del INDEC y el aparato oficial que dio carta libre a Guillermo Moreno y su grupo, para manejar los indicadores a gusto y placer. Ya con lo de Mendoza no pueden quedar dudas a nadie, sobre lo que constituye una total falta de respeto al ciudadano argentino: que le mientan en la cara, con datos que deberían ser pulcro reflejo de una administración pública. Pero, justamente, no se ha visto que ese conjunto de empleados de la entidad cuente con el apoyo ciudadano. Ni que se vean densas manifestaciones de protesta, al menos mostrándose ofendidas por lo que le hacen a la sociedad. Y en apoyo de un pequeño foco de resistencia, sitiado por todas partes y debiendo soportar que los más encumbrados funcionarios nacionales hagan causa común en defender lo que ellos denuncian. No parece interesar a la gente, salvo en las críticas boca a boca, o en ruedas familiares, que los índices oficiales se sigan llevando a las patadas con la realidad. Tampoco levantó nada de espuma que se desmienta desde una provincia, aquello que le adjudican a dedo y que borra los verdaderos datos enviados.

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Realmente que somos una sociedad de extrañas reacciones en la Argentina, capaces de salir a cortar calles, o mostrar los enojos por causales hasta bastante menores que esto, una falta grave y señal negativa para un gobierno. Porque si se miente, o se manipula, en unos aspectos, es para sospechar que puede hacerlo en cualquier cuestión, que no responda a sus deseos. Sin embargo, las manifestaciones aparecen y hasta de los que son aliados del gobierno. ¿De qué otra manera la CGT y sus gremios se podrían movilizar periódicamente reclamando subas salariales, si no es porque convalidan que la inflación es mucho más alta que lo que se oficializa? Si Moyano y Cía. consintieran en que lo que se difunde es verdad, los aumentos solicitados resultarían una enorme exageración, casi sin fundamentos. Días atrás, el propio titular de la central obrera hablando de «las armas que nos dio Perón» (por las paritarias) hacía expresa alusión a la inflación que se está sufriendo.

Todo el mundo está en autos de lo que sucede, pero nadie de manera mancomunada va en protesta ante el poder. Y esto habilita a que se pueda colocar cualquier número, en todo tipo de referencia oficial que se realice. Puede haber menos pobres, de los que en realidad hay. Puede haber más ocupación, de lo que en verdad se percibe. Mañana, en función de la crisis energética, también podría difundirse un dato de temperatura más alto, como para que la gente utilice menos calefacción.

Toda intervención, por grotesca que parezca, podría darse en virtud de que la sociedad esté dispuesta a admitir -en conjunto-lo que critica individualmente. Ciertamente extraño comportamiento, el dejar solos en una lucha desigual a los que defienden lo de todos.

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