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30 de enero 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Siguen saliendo. No queda nadie atado a sus escritorios. Economistas de todas las categorías, hasta premios Nobel. Los consabidos «analistas». Sin olvidar a los muchos pronosticadores de mercado (volviendo a pronosticar lo que vaya a suceder -ya arriesgan tiempos precisos para la salida de la crisis-, pero sin explicar por qué no pronosticaron lo que sucedió).

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Están todos. Las páginas de los medios ya tienen material como para llenar unos meses y tapar cualquier «agujero» que quede en la redacción. Gente que surge desde casas de inversión recomendando que «ahora hay que invertir en lo seguro». (Bien podría Perogrullo pertenecer a alguna de esas compañías, que con sus mensajes tan obvios no quedaría fuera de foco.) Unos, que se sale rápido. Otros, que esto va durar mucho tiempo. En medio de los grupos de ambas posiciones, los que dejan la jugada a dos bandas y para caer bien, no importa qué dirá el tiempo en todo esto.

De toda la parva de comentarios, de la selección que cada lector debe realizar -o se verá apabullado de tanta opinión distinta-, nosotros nos quedamos con los que se anotan en lo mismo que nos inscribimos de hace unos días a esta parte: a) Distinguir y personalizar a los hacedores del desastre. b) Aplicar regulaciones de una vez por todas, evitando que los audaces y aventureros se apropien de los mercados y los hieran seriamente.  

No pertenece esto a nuestro medio, está claro que el mal vino esta vez de afuera, pero si el sistema mundial bursátil, o financiero, se ve atacado por los virus del escándalo y la ruina donde cae mucha gente indefensa, es asunto que comprende a todos. Aquí, revisando de unos años a esta parte, se pueden hallar ciertas «joyitas» importadas de los grandes mercados y no -justamente-de las que mejoran el ambiente anterior. Ya había tentaciones de armar algún sistema peligroso, seguramente tomado de lo que se veía en otras partes. Baste recordar lo que se anunció con profusión de fanfarrias desde el gobierno, referido a aquellos créditos que irían a solucionar la vivienda para los que eran inquilinos. ¿Cómo se podía sostener? No se pudo llegar a saber. Y el asunto quedó cajoneado. Faltó poco para que alguien propusiera la hipoteca convertida en bonos. (Quizá la debilidad de financiamiento externo nos puso a salvo por esta vez.) Regulación no es represión. Regulación no es castración. División de servicios y funciones no es coartar libertades. Rigidez extrema en los controles, penalización inmediata de los desvíos no es perjudicial para los mercados y los inversores. Puede serlo para los que ven sus garras podadas y para los que juegan con el dinero de los demás de una manera negligente, por pedir poco. Y demoníaca, en su máxima expresión. Ahora, los demonios nos llevaron a esto. Y piensan en otra.

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