Cupones bursátiles

Economía

«Marcha un nuevo canje de bonos» (título de un recuadro en «Clarín», del fin de semana). Solamente faltó que le agregaran: «y sale con fritas...» (los ingenios que han seguido creyendo en la redención de un emisor, que no lo fue por necesidad -en el canje-sino por vocación). Y como la viveza de esas artimañas le ha costado al país lo más valioso que puede poseer una nación, o un individuo, que es el crédito, ahora el asunto que se complica ya ha puesto sobre la mesa un inaudito «Canje II» y -seguramente-se hablará de «negociación» con los bonistas actuales, cuando se les presentará una simple receta unilateral. Ya a los que tengan la osadía de rechazarlo se los tildará puntualmente de «buitres», que quieren hacer estragos en nuestra economía.

La idea, tal se dice en la nota que no lleva firma, es la de « patear para adelante» los pagos de los próximos tres años. Y la seducción intentada, aunque no hará falta seducir cuando se deciden a imponer, pasa por ofrecer a cada inversor indulgente y manso (de lo contrario mutará a la categoría «buitre», antes mencionada) que tiene en cartera un bono argentino: un nuevo bono que le resulte más atractivo, como que no capitalice parte de los intereses. Es un menú que se servirá con la debida frialdad, de los que están convencidos de que un deudor es una víctima. Y un acreedor un ser despreciable sumamente codicioso.

Justamente, sin saberse de esto, habíamos remarcado en la columna diaria que, en un medio como el nuestro, se da casi el absurdo de que el riesgo empresario (acciones o papeles de deuda) sea mucho más seguro -y confiable-que el riesgo soberano (los títulos públicos). Allí está un tramo reciente de la historia para demostrarlo. Más el presente de los bonos indexados que deben asumir una inflación irreal, la oficial, donde se concreta una nueva estafa contra los acreedores. Y si ahora va hacia adelante un canje del canje, se completa una trilogía más lúgubre que el «Señor de los Anillos».  

Así están las cosas en nuestro mercado interior, que se quiere objetar menos que lo que llega de afuera. Y hay una resignación y comodidad en tomar todo lo malo que hay que digerir, pasándole la cuenta a lo que hacen el Dow y la economía foránea. Es muy posible, casi un hecho, que si la iniciativa se concreta contará con las debidas adhesiones. No solamente de obsecuentes, sino de los que invocan que ser «nacionalistas» permite embromar a quienes le han otorgado un crédito al país, con la compra de papeles públicos. (Y los que interpretan correctamente de qué se trata, pero se adhieren con su silencio.)

Alguna vez también decíamos que si después del canje se volvían a tomar bonos del mismo emisor ya no habría derecho a quejarse. O como dicen los rusos: «Si se tiene miedo al lobo, no se va al bosque».

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