3 de abril 2003 - 00:00

Derrota previsible para el "que se vayan todos" en UIA

No sólo los humanos padecen problemas de identidad.También las organizaciones.Casos freudianos, sin duda, como el de la inanimada UIA que no reconoce su propio nombre: dudan sus empresas miembro sobre su actividad industrial, también su pertenencia al país y, ahora, por la ferocidad de los comicios que se avecinan -el próximo martes vence la presentación de listas- hasta han vulnerado su sentido de unidad. Cuesta entender la voluntad y el empeño por hacerse cargo del sello, los duros entretelones de las disputas, salvo que la prioridad sea la influencia económica, la figuración y la exaltación del ego personal que anida en todos los participantes.

Dos listas irán a la competencia a pesar de un pacto vigente desde hace doce años que suponía la alternancia en el poder de los dos grupos que integran la UIA (MIA y MIN). Obvio: como no son los juramentados de la Mesa Redonda, ningún empresario puede equipararse a Sir Galahad o a Lancelot, aunque se pelean como ellos y entre ellos también, y nunca por una dama. Sí, quizá, por el bendito Grial. Que, en algunos casos, significa en lo personal convertirse en diputado, ministro o director de un banco oficial ( destino de ex titulares como Claudio Sebastiani, Osvaldo Rial o José Ignacio de Mendiguren) y, en lo institucional, mejorar posiciones de aranceles o subsidios para unos (azúcar) u otros obtener protección a los insumos (chapa, plástico, aluminio) y cobrarlos más caros en el país que el valor internacional. Por no hablar de la devaluación, la pesificación o ventajas particulares por las cuales al agricultor le aplican retenciones y los que procesan el producto de la tierra son beneficiados por el Estado. Una escuela del lobby, y con gente diplomada por supuesto.

Quienes decidieron sortear el compromiso de la alternancia aducen, tal vez con alguna razón, que el documento vence en mayo y como las elecciones son a fines de abril, ya caducaron la palabra y la firma. Los otros, más tercos y formales, sostienen que es una burla a lo establecido. Pero, en verdad, no se discute por esa razón entre las cámaras y regionales que integran la UIA.

• Gente nueva

Después de controlar los últimos presidentes del cuerpo y la propia asociación, el grupo Techint -más exactamente Paolo Rocca, su máximo directivo- se opuso a la nominación de Alberto Alvarez Gaiani, proveniente del sector alimentario, como futuro titular. A pesar de que éste era y es sostenido por las principales empresas. Su argumento: «Que se vayan todos». Casi un Luis Zamora del empresariado, aunque tal vez cueste asociar al socialista con el conductor de un megagrupo de esas características. Expuso que los últimos diez años de la UIA habían sido penosos, casi una desgracia y que, por lo tanto, era necesario designar gente nueva, que no hubiera tenido participación en ejercicios anteriores. Consideraba lo de Alvarez Gaiani como una suerte de «gattopardismo» -no se lo suponía al ingeniero milanés lector del drama siciliano de Lampedusa-y que, además del fin «vecchia» burguesía, del cuerpo estable de los Nicholson, el propio Alvarez Gaiani y Héctor Massuh (con el que, parece, menos simpatiza) también ofrecía el apartamiento del propio y eterno hombre del grupo en la UIA, Sergio Einaudi. Nadie observó esto como un sacrificio.

El resto, mayoritario, se sintió ofendido por la discriminación y se opuso al veto. A pesar de que, en el juego de negociación, Rocca admitía cualquier otro candidato y los de Alvarez Gaiani le entregaban un puesto clave en la conducción para que se mantuviera la unidad. No hubo acuerdo y la diplomacia de fuerza de Techint operó para bloquear la lista ya decidida. Hubo una división en el MIN con suspicacias políticas y de otro tipo: el actual secretario de las Py-MEs, Julio Massara, hombre de Lomas de Zamora y de Eduardo Duhalde, suspendió un viaje oficial a Centroamérica y hasta revocó el poder que ya había concedido a favor de Alvarez Gaiani. Fue un cambio repentino y un voto decisivo para empatar posiciones y evitar pronunciamientos. Raro lo de Massara, sobre cuya nueva posición se tejen historias de todo pelaje: desde que recibió la orden «de arriba» y él es un obediente funcionario hasta que procedió por tentaciones superiores a la verticalidad. Ya la operación de Rocca -conocidocomo el «brigadista» por un pasado tumultuoso en su país o simpáticamente «bigote colorado» por su piloso aditamentotomaba un cariz político: duhaldistas por un lado (con las PyMEs de la provincia de Buenos Aires más Adimra, vinculada a Techint) contra el presunto menemista Alvarez Gaiani. Pugna bastante inútil y poco feliz aunque se cruzaron fotografías del candidato con Carlos Menem y se respondía que Rocca reaccionaba mal porque estaba ofendido ya que no lo habían consultado para la nominación. Parecen sandeces aunque prominentes titulares de empresas le atribuyen haber dicho al de Techint que «a mí nadie me impone un presidente» y que su enojo provenía de que Alvarez Gaiani no le fue a besar el anillo.

Siguió Rocca en su ofensiva, esta vez menos politizada y de carácter más íntimo: habló con Amalia Lacroze de Fortabat (al parecer habría recogido la adhesión cementera), también imposible de convencer. Y se reunió en privado con pesos pesado cercanos a su categoría, Luis Pagani (Arcor), Luis María Blaquier (Ledesma) y el lopezmurphista Javier Madanes (Aluar): cumbre de importancia en la que confesó su teoría del «que se vayan todos». Hizo dudar al trío en principio y, luego de una reflexión de 48 horas, los tres empresarios siguieron con Alvarez Gaiani (se afirma, entre el mundo de miserias, que Pagani alienta al candidato porque quiere poner a un cuñado en su reemplazo, al frente de la Copal). También, se afirma, Madanes se habría expresado críticamente sobre empresas que pagan impuestos y otras que no en odioso diálogo con Rocca. Lo cierto es que el desenlace fue una carta del propio Blaquier, hombre dedicado a la pluma en todo momento libre, quien meditando a sus tres interlocutores exclusivos insistió en que se debía respetar el acuerdo inicial de la alternancia y la lista única, que esa era la actitud mínima de los caballeros y que, en el caso de que no existiera ese compromiso, habría que inventarlo para que no se rompiera la UIA.

Pasó la política, también se disiparon las actitudes personales, empezaron a actuar los abogados (para precisar requisitos que nunca fueron respetados; por ejemplo, que los miembros directivos de la UIA deben ser empresarios). También llegaron escuadrones de responsables de prensa para que nadie saque ventaja en los medios. Las dos partes invierten, al menos en la disuasión. Rocca, empecinado en su presunta actitud principista, desestimó todos los rechazos a sus propósitos e impulsó su propia lista captando porciones de algunas regionales y promoviendo PyMEs (algo así como una CGT combativa contra la CGT de los gordos). Tan condenado al fracaso estaba que, recién anoche, encontró un aspirante para competir en los comicios (ver aparte). Si le va bien, se conjetura, con suerte sacará la minoría (o sea, 7 sobre 24). Para sus rivales, convencidos ganadores, tal vez a Rocca no le venga mal morder el polvo, aunque sea por una vez. Zarandeados, deslucidos, se amparan en el sistema democrático que ejercieron y hasta deben preguntarse por la conveniencia de dormir con un oso durante tantos años. Tanta voracidad y denuedo competitivo para conducir la UIA no se entiende: aunque tiene reservas, la asociación operativamente pierde plata. Pero tiene seguramente otros secretos ya que, en menos de 2 meses, todos volverán a estar juntos. Al menos, los más reputados que, en La Torcaza de Blaquier, habrán de compartir mesa con Paolo Rocca. Finalmente, estos empresarios son dirigentes como los sindicalistas o los políticos.

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