Después de tres años de sequía asociados a La Niña, las lluvias recompusieron los perfiles hídricos y permitieron rindes excepcionales. Ese volumen, además, coincidió con un contexto externo favorable. La oferta global de granos quedó tensionada por la sequía en Estados Unidos, el clima seco en Brasil y la guerra entre Irán y Estados Unidos, que al mantener interrumpido el tráfico por el Estrecho de Ormuz sostiene elevados los precios del petróleo y los fertilizantes.
Esa combinación empujó al alza los precios de los commodities agrícolas, reforzó el valor del flujo exportador local y le dio al Banco Central divisas clave para recomponer reservas. En lo que va de 2026, la autoridad monetaria compró más de u$s10.000 millones y llevó las reservas brutas a la zona de u$s48.500 millones, su nivel más alto en años.
La contracara fue un tipo de cambio que, lejos de acelerar, se apreció en términos reales: el dólar oficial avanzó por debajo de la inflación, sostenido por la liquidación del agro y una coyuntura externa que también jugó a favor.
El agro sostuvo las reservas, pero el clima ya marca el próximo riesgo
El aporte se sintió con fuerza en mayo, cuando el complejo agroexportador liquidó u$s2.677 millones, el mayor monto mensual del año y un 7% más que en abril. Según PPI, el ingreso diario del sector pasó de promediar u$s125 millones en abril a u$s141 millones en mayo, en línea con el tramo más intenso de la cosecha gruesa.
Ese flujo fue decisivo para la capacidad de compra del Banco Central. Desde PPI señalaron que, "en términos absolutos, el sector liquidó u$s2.677 millones durante el mes según CIARA, en línea con los u$s2.601 millones que compró el BCRA". En la práctica, agregaron, "prácticamente la totalidad de las divisas aportadas por el agro terminó siendo absorbida por la autoridad monetaria".
Aun así, la comparación interanual todavía refleja el impacto de los precios internacionales. Aunque el volumen exportado fue mayor, el acumulado anual de liquidaciones, de u$s10.343 millones, se ubica 12% por debajo del año pasado.
De todos modos, la Bolsa de Comercio de Rosario proyectó para 2026 una liquidación de divisas del sector por u$s36.100 millones, uno de los niveles más altos en dieciséis años, con el mayor ingreso de dólares entre mayo y septiembre.
La BCR marcó que la cosecha de soja está llegando a su fin, con un avance cercano al 90%, mientras que en maíz recién se avanzó sobre la mitad de la recolección y todavía resta el ingreso fuerte del maíz de segunda o tardío.
Ese flujo, según la entidad, ya se tradujo en un récord de exportaciones de los principales productos agroindustriales en lo que va de 2026 hasta mayo.
La dependencia de ese canal sigue siendo elevada
Gonzalo Augusto, economista de la Bolsa de Cereales de Córdoba, señaló que la agroindustria conserva un peso decisivo en la estructura exportadora argentina, aun cuando en los últimos años crecieron otros complejos como petróleo, litio y minería.
"Hace unos cuatro o cinco años, siete de cada diez dólares provenían de la agroindustria. Hoy estamos en 6,5 dólares. O sea, el 65% sigue proviniendo de la agroindustria", sostuvo.
Según Augusto, la expansión de otros sectores aporta mayor estabilidad a lo largo del año porque se trata de flujos menos estacionales. Pero esa diversificación todavía no desplaza el rol central de la cosecha: "Ahora es el momento clave, cuando se comercializa la mayor parte, y después van ingresando dólares a lo largo del año a medida que se van haciendo los embarques", explicó.
De cara a la campaña 2026/27, el foco empieza a correrse del volumen hacia los costos y el clima. La BCR señaló que sus primeras proyecciones para el trigo marcan un área de 6,6 millones de hectáreas, menor a la del año pasado, por el aumento de los costos de producción, especialmente energía y fertilizantes.
Pero ese no es el único factor que puede condicionar la próxima campaña: el clima también empieza a ganar peso en el mapa de riesgos.
A ese interrogante se suma el riesgo climático
Desde la Bolsa de Comercio de Rosario, Cristian Russo, jefe de Estimaciones Agrícolas, advirtió que las señales actuales ya apuntan a la consolidación de El Niño, un fenómeno que suele traer lluvias por encima de lo normal en la región agrícola argentina.
"El calentamiento que se está viendo ya no tiene vuelta atrás, en el sentido de que va a ser Niño", indicó Russo, refiriéndose a las condiciones de las aguas del Pacífico ecuatorial, y agregó que ya "no hay probabilidades" de pensar en un escenario neutral o de Niña.
Para el agro argentino, aclaró, ese diagnóstico inicial no necesariamente es negativo: "Siempre hablar de Niño en el agro es una buena noticia, porque significa tener lluvias por encima de lo normal".
El punto, sin embargo, está en la intensidad. Russo alertó que "seguramente vamos a estar teniendo un Niño que al menos va a ser moderado", aunque todavía faltan algunos meses para determinar si será intenso o muy intenso.
Ese matiz es clave para la macro: el mismo factor que este año ayudó a sostener las reservas y la calma cambiaria —el flujo de dólares del agro— podría convertirse en una fuente de vulnerabilidad si un evento extremo altera la próxima campaña.
Qué es el "Súper Niño" y cómo golpea al mundo
Un "Súper Niño" es una versión extraordinariamente intensa del fenómeno El Niño, caracterizada por un calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial capaz de alterar con más fuerza los patrones de lluvia, sequía y temperatura a escala global.
La NOAA estima en 82% la probabilidad de que "El Niño" se consolide entre mayo y julio, con un 25% de chances de alcanzar esa categoría extrema.
Se trata de un evento excepcional, registrado solo tres veces desde mediados del siglo XX: en 1982-83, 1997-98 y 2015-16. En Argentina, esos antecedentes dejaron señales concretas de vulnerabilidad, aunque no todos tuvieron el mismo comportamiento.
Según José Luis Stella, climatólogo del Servicio Meteorológico Nacional, los eventos de 1982-83 y 1997-98 fueron más parecidos entre sí por sus impactos asociados a lluvias e inundaciones, mientras que el de 2015-16 mostró una dinámica distinta.
El episodio de 1997-98 fue el más recordado por su impacto en el Litoral, con más de 120.000 evacuados. Pero Stella advirtió que el antecedente de 2015-16 obliga a evitar lecturas automáticas: aunque también fue un Niño fuerte, otros factores climáticos contribuyeron a períodos secos y olas de calor, en un contexto de aumento general de las temperaturas.
"No todo es Niño o Niña", expresó el especialista, al remarcar que factores regionales o de menor escala pueden alterar los patrones esperados de lluvia y temperatura.
La gravedad de estos eventos no se limita al plano climático
Un estudio de Dartmouth estimó que los episodios de 1982-83 y 1997-98 provocaron pérdidas globales de ingresos por u$s4,1 billones y u$s5,7 billones, respectivamente, durante los cinco años posteriores a cada evento. La amenaza combina daños productivos, presión sobre alimentos, disrupciones logísticas y efectos persistentes sobre la actividad económica.
Desde el SMN, Stella comentó que "El Niño" está prácticamente asegurado, con "una muy alta probabilidad" de que termine de desarrollarse durante el invierno, entre junio, julio y agosto.
Sobre la posibilidad de un "Súper Niño", pidió prudencia: algunos centros internacionales asignan chances relevantes a que el evento alcance una intensidad fuerte o muy fuerte entre noviembre y enero, cuando suele darse el pico de calentamiento del Pacífico, pero aclaró que "esto se va a ir ajustando una vez que se declare el fenómeno".
En Argentina, el último Pronóstico Climático Trimestral del SMN muestra que el invierno llega con señales mixtas: para junio, julio y agosto prevé lluvias superiores a lo normal en Buenos Aires, La Pampa, el sur de Cuyo y el norte del Litoral, pero mantiene sin una categoría dominante a Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, tres provincias clave para la producción agrícola.
Ese matiz es central: el principal riesgo no está puesto en el invierno, sino en lo que pueda ocurrir entre la primavera de 2026 y el verano de 2027. Por eso, los especialistas piden diferenciar entre un evento "Niño" y un escenario extremo.
Stella sostuvo que "no hay que entrar en pánico ni ser alarmistas de que si se viene un ´Niño´ fuerte va a ser un desastre", aunque remarcó que el país debe prepararse porque el fenómeno aumenta la probabilidad de lluvias intensas e inundaciones.
El riesgo para la economía argentina
El impacto final dependerá de la intensidad. Si "El Niño" se mantiene en niveles moderados, podría repetir parte del efecto positivo observado en 2023/24, cuando la producción de soja pasó de 20 a 50 millones de toneladas y contribuyó a recomponer reservas. Pero un Súper Niño cambiaría el escenario.
Excesos hídricos en la zona núcleo durante el verano podrían demorar la siembra, complicar la cosecha 2026/27, deteriorar la calidad del grano y elevar los costos logísticos.
El golpe llegaría por dos vías: menor volumen exportable —que una eventual suba de precios internacionales no necesariamente alcanzaría a compensar— y un mayor incentivo a retener mercadería.
La sensibilidad macro es alta porque el agro sigue siendo uno de los principales canales de ingreso de divisas. Augusto advirtió en este sentido que cualquier evento climático extremo que afecte al sector tendría impacto directo sobre el frente externo, porque "eso se traslada inmediatamente a menores exportaciones".
En otras palabras, el problema no sería solo productivo: también alcanzaría a la oferta de dólares, la dinámica cambiaria y las expectativas de mercado.
Ese último punto se ve reforzado por el cronograma de baja de retenciones anunciado por el Gobierno, que recién alcanzará de manera plena a la soja en 2027. Para los productores, la expectativa de una menor carga tributaria futura puede convertirse en un motivo adicional para postergar ventas. Para la macro, en cambio, implica un riesgo sobre el flujo de dólares disponible en el corto plazo.
Menos oferta de divisas presionaría sobre el sendero cambiario y podría reavivar la inflación, tanto por el eventual traslado del tipo de cambio como por el encarecimiento global de los alimentos. La amenaza aparece, además, en un año electoral, donde la estabilidad del dólar es uno de los principales activos políticos del Gobierno.
El programa económico llegó al segundo semestre apoyado en una base más sólida: cosecha récord, ingreso de dólares, compras del Banco Central y reservas en recuperación. Pero esa base tiene un componente que no depende de la política económica. Depende del clima.