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Su PBI era 70% más alto que España y estaba fundando un sistema político basado en el voto universal y secreto, y un sistema educativo gratuito y obligatorio que alcanzaba los tres niveles (primario, secundario y terciario) y a la mayoría de la población, integrando transversalmente a los 6 millones de inmigrantes con los 4 millones de criollos preexistentes.
Este impulso civilizador se sostuvo por cerca de 50 años atravesando la democracia restringida conservadora, el radicalismo, el fraude patriótico y el peronismo fundacional. Entra en crisis al inicio de los '50 y nunca se recupera.
Un fenómeno de tal profundidad y permanencia en el tiempo cuestiona las bases mismas de la existencia de la Nación y exige un replanteo acorde con la gravedad de los acontecimientos históricos vividos.
Los responsables, todos: peronistas, radicales, militares, conservadores, liberales y marxistas.
Pero el más responsable de todos: el peronismo. Fuerza política hegemónica desde el gobierno, la oposición o la resistencia. Si el país hubiera marchado para adelante, seríamos (yo, peronista) artífices a 90%, pero no fue así. Y como cruel burla del destino, hoy detentamos la presidencia de la República, la mayoría en ambas cámaras y 75% de los gobiernos provinciales y municipales.
El partido de gobierno tiene cerrada su sede nacional por no pagar la luz y el teléfono, ha postergado hasta el año que viene su normalización, no ha generado la menor autocrítica (lo más fácil es echarle toda la culpa al golfista retirado) y no puede explicarles a propios ni a extraños cuál es su ideología, su programa de gobierno o -a los otros partidos de la región y el mundo- si ratifica o no su membresía a la internacional demócrata-cristiana de la cual es nominalmente miembro pleno.
El Estado, el peronismo y el radicalismo en quiebra. La Nación en quiebra. Sin equilibrio de poderes (Parlamento sumiso, Corte Suprema en juicio, prensa adicta) y con un velado y confuso «proyecto transversal», hijo y nieto del vetusto movimientismo peronista y del tercer movimiento histórico alfonsinista.
El precio de la soja, el no pago de la deuda y el rebote de la economía y la recaudación garantizan por un buen tiempo el tránsito coyuntural.
Pese al deterioro cívico y cultural, tenemos una oportunidad de oro.
Si la Argentina refunda sus instituciones, recupera credibilidad interna y externa, estrecha sus vínculos con Chile, Brasil y los vecinos sudamericanos, y moviliza en la dirección correcta las ganas de crecer que la mayoría del pueblo profesa, los 50 años de retroceso pueden compensarse con 15 años (nunca menos) de trabajo fecundo y voluntad política de poner en práctica el imperio de la ley.
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